Opinion · Otras miradas

El zasquismo

Durante este mes de junio, el Tribunal Supremo me ha proporcionado dos grandes alegrías. La primera y más importante, el fallo contra La Manada. Qué duda cabe de que esa sentencia ha cambiado, de un día para otro, la historia del derecho en España, además de dejar a la altura del betún a esa camorrista mediática que responde al nombre de Cayetana Álvarez de Toledo. La tipa llegó a ridiculizar en televisión el derecho de una mujer a exigir el consentimiento hasta el final. Pues sí, señora marquesa, es hasta el final. No se trata de que la mujer tenga que decir sí, sí, sí, todo el tiempo, que era de lo que Vd. se mofaba. De lo que hablamos es (y esto es esencial en la violencia machista) de que si en medio del acto sexual (y por cualquier razón imaginable, por ejemplo, que él ha puesto música de Pitingo de fondo) una mujer dice no quiero seguir, se acabó el acto. En ese mismo instante.

Es igual que si un cliente le dice al taxista me bajo aquí mismo, he decidido abortar el trayecto. Recuerdo, siendo yo niño, haber visto a veces al gran Rafael Sánchez Ferlosio, apearse conmigo de un taxi en mitad de la carrera, simplemente porque el taxista había vejado a una anciana que se demoraba más de la cuenta en un paso de cebra.

Es como si para la Marquesa, el sexo fuera una especie de contrato inmodificable por el que, una vez que la chica sube al apartamento, el hombre tuviera derecho a comportarse como un energúmeno y obligarla llegar hasta el final:  Ah, no, me dijo Vd. hasta Cibeles, y hasta Cibeles la pienso llevar.

Cayetana utilizó un argumento ridiculizador y falaz, porque como decenas de tertulianos y tuiteros que apestan hoy con su mera presencia las radios y teles de nuestro solar patrio, padece la enfermedad del zasquismo: una compulsión patológica por cerrarle la boca al otro, por decir siempre la última palabra, por quedar por encima del adversario a cualquier precio. Aunque no  lleves razón. ¿Qué digo? Sobre todo, si no llevas razón.

La otra gran alegría que me he llevado esta semana también tiene que ver con el zasquismo. El Tribunal Supremo ha condenado al tertuliano Antonio Naranjo, sentenciado por inventarse en redes que yo le había dado una paliza  en Onda Cero y haberme llamado maltratador, a 7.000 euros de costas, por demanda temeraria. La mórbida compulsión de este infeliz por cerrarme la boca hasta el último minuto le ha supuesto que la cantidad que me tiene que pagar en costas judiciales es superior a la indemnización a la que le obligó la Audiencia Provincial para reparar mi honor dañado. Que es lo mismo que decir, que por culpa de su propio zasquismo, este querulante compulsivo, se ha quedado sin vacaciones este año.

En las tertulias, Naranjo hacía lo mismo. Una vez llegó a confesarme que para repartir zascas entre sus rivales, llevaba siempre dos tablas de estadísticas, una creciente y otra decreciente. Creo recordar que ambas eran de evolución del mercado de ventas de motos. Si Naranjo quería defender por ejemplo el deterioro de la enseñanza universitaria en España, mostraba fugazmente a cámara la tabla decreciente, pero solo el tiempo necesario para que se viera que algo bajaba, sin que se llegara a apreciar que eran las ventas de motos. La otra tabla, la ascendente, solía emplearla para jalear el imparable ascenso de Esperanza Aguirre, que le financiaba por entonces su sórdido tenderete mediático.

La última exhibición de zasquismo que me ha revuelto las tripas se la he escuchado a Inés Arrimadas. Ante las más que sensatas críticas de Toni Roldán sobre la ya imparable falangización de Ciudadanos, lo único que ha acertado a decir esta señora ha sido: tan mal no lo estaremos haciendo, cuando en pocos meses hemos pasado de 31 a 57 escaños. Inmediatamente me la imaginé desnuda ante el espejo, como Rivera en aquella famosa foto publicitaria, contorsionando el cuerpo como hacen las culturistas para exhibir su nueva y grimosa apariencia física. Tras usar como anabolizantes el antipedrismo, el antipablismo, el proabascalismo y el procasadismo, Arrimadas lleva una semana contemplando arrobada como ha doblado su masa muscular, sin darse cuenta de que las letales consecuencias de haber crecido tan rápido y con tan peligrosos suplementos, ya están conduciendo a la veleta naranja a la apoptosis celular. Cada día se las pira un dirigente, cada semana una llamada inventada de Macron.

Cualquier día de estos se me hinchan los kinotos ante semejante epidemia de zasquismo y me largo del país. Pero sin dar portazo, al contrario, canturreando con sorna aquella vieja canción de lobos de mar con la que el capitán Quint se mofaba de Richard Dreyfuss en Tiburón.

Ya me marcho de aquí, linda dama española
Ya me marcho de aquí, oh preciosa mujer
Porque estoy de tus zascas mucho más que hasta el gorro
Y más vergüenza ajena no me harás padecer.