Opinion · Otras miradas

Valparaíso: la pena del Pacífico

Pedro Santander

Profesor titular Universidad Católica de Valparaíso Chile

Pedro Santander
Profesor titular Universidad Católica de Valparaíso Chile

Valparaíso –la ciudad chilena arrasada por el fuego en estos días- es un puerto que tiene cosas únicas en el mundo, no por casualidad el 2003 la Unesco lo declaró Ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad. En la parte baja está el mar, luego siguen no más de 500 metros de un sector plano donde encontramos el centro cívico e inmediatamente después comienzan los cerros donde vive la inmensa mayoría de la población.

Es la única ciudad importante de Chile que no tiene “barrio alto”, expresión que usamos acá para describir sectores de la ciudad donde viven los ricos. Esos exclusivos barrios fueron inmortalizados por Víctor Jara en su famosa canción “Las casitas del barrio alto”. Por el contrario, mi ciudad está poblada por clase media y, sobre todo, por la popular. Aun existe aquí la vida de barrio y cada cerro (de los 40 que forman la ciudad) tiene su identidad, sus clubes deportivos, sus canciones.

Y si bien no hay barrio alto, lo que sí hay es pobreza y mientras más arriba se vive, más pobre se es. Son esos sectores justamente los más afectados por este apocalíptico incendio. Al igual que en tantas otras tragedias, una vez más los mas pobres son los más golpeados.

Valparaíso ha ido creciendo sin control alguno en los últimos 40 años. La población se ha ido asentando en las quebradas y en las laderas de los cerros, es decir, en los lugares menos indicados desde el punto de vista de la seguridad, por la falta de una política de vivienda que les proporcione el derecho a una casa. Calles estrechas, de difícil acceso y muchas curvas, con escasa cantidad de grifos, con muchas escaleras y angostos callejones caracterizan a la mayoría de los barrios porteños. Además, con precarios servicios de recogida de basura, lo que ente otros explica la gran cantidad de deshechos en las quebradas que en esta ocasión ha sido un combustible potente y mortal para las llamas. En estas décadas no se ha mejorado ni la calidad ni  el ancho de los caminos y mucho menos el espacio público. Por eso aquí no falló la planificación urbana, pues no la hay. Han sido 40 años de abandono estatal, tiempo durante el cual toda iniciativa se ha sometido a la racionalidad del costo-beneficio, racionalidad que ha reemplazado y desplazado las políticas de planificación urbana…

Y como suele ocurrir en el neoliberalismo, la preocupación por los pobres es la mínima, decorativa, pues el beneficio es poco y el costo es alto. Así las cosas los pobres han optado por la autoconstrucción, reemplazando la ausente planificación estatal por iniciativas propias, algunas organizadas, otras improvisadas. Los cerros se han poblado de casas de material ligero, generalmente madera, y de trabajadores y trabajadoras de las que el capitalismo sólo de tarde en tarde se acuerda. Por eso, cuando llegaron los bomberos se encontraron con calles sin acceso, sin presión de agua, con pocos grifos, etc.

Desde que comenzó el fuego los periodistas recorren esa realidad mostrando las crudas condiciones de vida de la mayoría de la población de una de las principales ciudades del país. Una conocida periodista de televisión le preguntó a una dueña de casa que  veía cómo las llamas se acercaban a su casa, “¿Por qué se vienen a vivir a un lugar tan peligroso?” a lo que la mujer le respondió “Los pobres no elegimos donde vivir”. La pobreza está en el corazón del problema, y es bueno relativizar la dimensión «natural» de la tragedia.

Una alumna mía que vivía en casa de su compañero en el Cerro Las Cañas, el más afectado, lo perdió todo, pero lo que más le dolió y la llenó de rabia fue la muerte del tío, Raúl Retamales Godoy, de 50 años. Murió quemado, sin poder huir debido a una lesión en su pierna que le impedía caminar: llevaba 3 años en lista de espera para ser operado en el sistema público, operación que nunca ocurrió porque el sistema de salud nuestro está tan colapsado como Valparaíso y Raúl no tenía el dinero para pedir la atención médica en el sistema privado, donde lo hubieran operado en la misma semana en que pagara.

Pero como suele ocurrir, las tragedias están cerquita de momentos luminosos: los estudiantes de Valparaíso, por miles, han optado por la autogestión y auto-organización;  como hormigas, pala al hombro, han subido a los cerros a limpiar escombros,  rescatar animales, llevar agua y comida recolectado por ellos mismos en las universidades que se han convertido en centros de acopio. Sólo en un día mil seiscientos estudiantes de la Universidad Católica de Valparaíso, las más grande de la zona, se inscribieron como voluntarios para las tareas de reconstrucción y están recibiendo cursos de capacitación en una actividad que como muchas se organiza fuera de la institucionalidad del Estado.

Un Estado que mostró su cara clasista y su rostro se grabó a fuego en la conciencia de miles.