Otras miradas

Orgullo en las márgenes

Adrián García Seijas

Responsable del área del colectivo LGTBIQ de Podemos Galicia

Este año se conmemoran los 50 años de los disturbios de Stonewall en la ciudad de New York. Y en una fecha como esta debemos señalar la importancia de la memoria. Los derechos que hoy disfrutamos son el legado de la lucha de las que vinieron antes que nosotros. Conmemorar  Stonewall, por tanto, es un ejercicio de responsabilidad con ese legado. Continuarlo y ampliarlo es la única forma de ser consecuentes con él. Más cuando un miedo antiguo nos sobrevuela, la amenaza de un retroceso a un pasado oscuro, o, más bien, de la imposición de ese pasado oscuro como futuro posible. Ese miedo nos alerta de lo precario de las libertades y derechos conseguidos. Lo que, en cierto modo, nos reactiva.

Sin duda, la aprobación del matrimonio igualitario en el 2005 fue un punto de inflexión de la lucha del movimiento  LGTBIQ en España. Un gran éxito del colectivo que, a la larga, implicó una cierta moderación del discurso y de las reivindicaciones. Esa figura nos permitía entrar de lleno en una institución claramente heteronormativa cuya contrapartida supuso, en cierto modo, aceptar un estilo de vida determinado.

Comenzamos a ser "normales" para muchos sectores reaccionarios de la sociedad y, poco a poco, no solo nos casábamos, sino que también nos adaptábamos a una serie de exigencias que venían impuestas por un modelo heterocentrista. Esto tuvo una consecuencia inmediata, muchas personas ya no se veían representadas en el discurso. Se caminaba cara un movimiento cada vez menos inclusivo que dejó de lado elementos tan importantes como la raza, la clase social, la diversidad funcional... Desnudando el discurso de transversalidad y solidaridad.

Es incuestionable a importancia de tener un marco normativo que garantice jurídicamente nuestras libertades y derechos, pero más trascendental es conseguir un modelo de sociedad que los reproduzca. Estos cambios legislativos consiguieron rebajar la tensión en las calles, haciendo que nos preocupáramos más por alcanzar los estándares sociales que por romper con ese modelo que nos impide ser doñas de nuestros cuerpos y nuestras vidas.

Tenemos que estar muy atentas, corremos el grave riesgo de homogeneizar nuestro discurso dejando fuera a muchas personas que se mueven en las márgenes de este modelo y que, por otra parte, desean seguir haciéndolo. De pronto priorizamos dar una "buena imagen" o no resultar incómodas para quien nunca se esforzó en aceptarnos como realmente somos, sino que buscan asimilarnos a su concepción monolítica de la sociedad.

Percibimos cómo cada día está más extendida una homofobia  interiorizada que puede encaminarnos en contra de lo que originariamente defendíamos. No es casualidad la "plumofobía" o ese temor a que nos tachen de "mariquitas locas", renunciando a muchas cosas con el único fin de alcanzar ese anhelado título de normalidad. Estamos más preocupadas por ser aceptadas por los otros que por nosotras mismas, cuando precisamente el orgullo va de eso, de poder expresar lo que sientes sin necesidad de aprobación por parte de un modelo social que maltrató siempre a los cuerpos disidentes.

Personalmente, me niego la que ese sea el camino. Me niego a  descafeinar un discurso que debe escribirse en plural. No nos relajemos, escapemos de las tentativas de homogeneidad dentro del propio colectivo,  reapropiémonos de todo  aquello que emplean para avergonzarnos o excluirnos: ser maricones,  bolleras,  trans*… Nos apodera, permitiéndonos construir un sujeto político propio. Evitemos la tentación de acomodarnos en unas reivindicaciones pactadas.

Una misma persona puede estar atravesada por varias discriminaciones simultáneas al ser precaria, migrante o racializada. Olvidar esta realidad los pueden hacer pasar de oprimidos a  opresores dentro del propio colectivo. Tengamos esto muy presente.

Reivindiquemos la memoria como punto de partida para avanzar en un futuro diverso, inclusivo y solidario. Sin una transformación profunda y global, siempre estaremos en una posición precaria que dependerá de plegarse a los estándares de una nueva  normatividad. La nuestra no es una lucha aislada, sino en alianza entre todas aquellas que buscamos acabar con el odio, recordando que el músculo que  propulsa el movimiento  LGTBIQ está en las márgenes, tal y como nos demostró  Stonewall.