Opinion · Otras miradas

Otra ciudad es posible

El otro día estuve con unas amigas por Lavapiés, en Madrid. Íbamos a ver una obra de teatro de diversidad funcional, algo que me pareció una buena idea, algo que seguro me gustaría y aportaría. Una vez llegamos a donde se celebraba, en la plaza del mismo nombre del barrio madrileño, nos encontramos con que no había dónde sentarse. Estaba la opción de sentarse en el suelo, pero entonces poco o nada podría ver, con todo el mundo de pie. Me encontré, una vez más, con una de las barreras con las que me encuentro diariamente. Curioso que fuera en una obra de diversidad funcional, pensé. Pero claro, ellas no tenían culpa, al fin y al cabo no deciden sobre el urbanismo de nuestra ciudad y su accesibilidad. Es posible que de eso mismo fuera la obra, aunque no pude quedarme a comprobarlo.

Las ciudades que habitamos no están pensadas para actividades más allá de la producción, el consumo y la circulación entre ambas; no tienen en cuenta la enfermedad o la discapacidad; las necesidades de las personas que portan carritos o van en silla; y ya no digamos de las personas sin hogar, a quienes les dificultan o impiden dormir en los bancos. El urbanismo que conocemos no tiene en cuenta la diversidad de la vecindad. Para descansar es muchas veces necesario sentarse en un bar y consumir; ¿dónde quedaron los bancos o lugares púbicos para parar un rato? Y es que aquí no hay quien pare, no hay tiempo que perder.

Ciudad accesible.
Ciudad accesible.

Los ritmos frenéticos de vida hacen que algunas no lleguemos a tiempo. Los cruces de paso de cebra (cuidado con no pasarlo a tiempo y quedarse a la mitad, especialmente ancianos); el transporte público colapsado (con poco espacio o ninguno para sentarse, barreras de accesibilidad múltiples); aceras estrechas o pavimento dañado, son entre otras las barreras con las que nos encontramos diariamente en ciudades grandes, como Madrid. También se echan en falta las zonas verdes, las fuentes públicas, el aire respirable (la OMS ya ha advertido sobre el grave riesgo de eliminar Madrid Central), todo lo que nos pueda hacer más vivibles los espacios, en definitiva.

Tal y como explicaba en este texto Laura Alzola Kirschgens  “el mobiliario urbano está diseñado de modo que nadie se encuentre en él demasiado cómodo, para impedir que se permanezca en él más tiempo del considerado oportuno”. Y añade “los bancos de uso individual que miran a cualquier lado no ayudan a que los desconocidos se hablen, los individuales o redondeados impiden que alguien duerma en ellos. Las plazas duras, de cemento, no invitan a jugar, ni a detenerse en ellas, sino a cruzar, a caminar, a seguir produciendo o consumiendo. La falta de árboles es útil sólo para la vigilancia de la plaza desde cualquier ángulo”. Ahora, añado, gracias a las redes sociales, tampoco parece importarnos demasiado el no relacionarnos.

La pérdida de espacio público a manos de terrazas de bares es otro ejemplo más de cómo prima el consumo y este tipo de ocio por encima de cualquier otro tipo de uso. Somos espectadores pasivos de la privatización del espacio público, en detrimento de nuestras necesidades. Cada vez podemos ver a menos niños jugando en las calles; a menos personas charlando en bancos; apenas gente que se pare para relacionarse entre sí especialmente si no dispone de economía para ello. ¿Dónde están las personas más ancianas?, ¿salen de sus casas?; ¿qué hay de las personas con enfermedades?, ¿alguien se para a pensar cómo pueden ser sus vidas? Son preguntas que yo misma me hago, y que quizá no me haría si no fuera afectada yo misma. Lo que mucha gente no se plantea (yo no lo hacía) es que cualquiera se puede encontrar en esta situación, y aunque sólo fuera por eso, debería ser necesario plantearse otros lugares habitables que no dejen a nadie de lado. No sólo el urbanismo al servicio del sistema capitalista, sino el tipo de relaciones que construimos, también fruto de éste, debieran hacernos reflexionar sobre si es lo que realmente queremos o necesitamos.

La ciudad accesible es aquella en la que los derechos de las personas con discapacidad y personas mayores se aseguran y respetan. En ella no hay discriminación, ni barreras, y sus diseños permiten a todas las personas, independientemente de sus características y situaciones, manejarse e interactuar con seguridad, dignidad y autonomía. Para que esto se consiga, es necesario que hagamos las ciudades nuestras y sepamos qué tipo de lugares queremos construir y habitar. Y poner la vida en el centro. Casi nada.