Opinion · Otras miradas

(… Y el planeta colapsó), entre auto-organizados y auto-confundidos

Joaquín Ivars

Profesor titular de la Universidad de Málaga y autor de El rizoma y la esponja

En un artículo anterior en Diario Público titulado “Capitalismo auto-organizado; multitudes auto-confundidas” apelaba a un momento de transitoria calma postelectoral para poder abordar cuestiones políticas distintas de las que genera el día a día. Pero esa especie de preludio necesitaba de una segunda parte que indicase con mayor claridad hacia dónde se dirigía el argumento. Puse ejemplos de hormigas y hormigueros, neuronas y cerebros, multitudes y gobiernos (y aquí mencionaba los casos de Occupy Wall Street, las primaveras árabes, el 15 M, etc. Y comentaba cómo en todos ellos se produce un curioso fenómeno: a partir de elementos muy sencillos que toman decisiones más o menos simples de manera aparentemente autónoma se llega a resultados bastante complejos y singulares; y esto es así hasta el punto de que algunos científicos han llamado a estos procesos y al conjunto de sus micro-protagonistas ‘multitudes auto-organizadas o inteligentes’. Sin duda el fenómeno de la auto-organización tiene matices de muchos tipos, no pretendo simplificar algo que innumerables investigaciones vienen desvelando desde hace tantos años. Y hay que decir por otro lado que existen estudiosos de la auto-organización que no la conciben como un fenómeno puro sino que por un lado, o en algunos casos, la atribuyen a inteligencias o programas más o menos emboscados que fingen o aparentan ser auto-organizados; y en otros casos, la auto-organización es más bien una reorganización debido a que los sistemas entran en crisis a causa de perturbaciones internas o externas y entonces, para reajustarse, deben elegir nuevas opciones, reestructurarse o transformarse, si no quieren desaparecer. Y si no tienen éxito en estas tareas, los sistemas simplemente desaparecen porque no han sabido reorganizarse frente a cambios exteriores excesivamente perturbadores o crisis internas de grandes dimensiones; algo que les ocurre y les ha ocurrido a distintos sistemas y especies naturales pero también a no pocos partidos políticos o movimientos sociales. No es cuestión de señalar ni de vaticinar.

Dejo esto aquí para dirigirme rápidamente desde este lecho de inquietantes arenas movedizas a otros fangos, porque además en ese artículo arriba mencionado hablaba de la necesidad de una cierta confrontación un tanto vertical desde las posiciones de izquierda frente a las políticas de hechos consumados del capitalismo más voraz a las que se suele responder con medidas de escaso peso teórico que nos dejan bastante inermes en la práctica. Es decir, desde la izquierda actual se cuidan mucho las cuestiones teóricas acerca de biopolíticas y de asuntos de proximidad, algo a lo que sin duda hay que dedicar enormes energías y esfuerzos, pero es probable que se haya dejado un tanto de lado la producción de conceptos fuertes y convincentes, llamémosles ‘verticales’ de momento, que hagan frente al bombardeo publicitario del capitalismo-financiero-cognitivo e hipnótico y al utilitarismo más ramplón y enajenante. Me propongo en estas breves líneas hacer un somero repaso sobre cuestiones que solemos arrinconar o dejar fuera de nuestras agendas mentales.

Así, podemos preguntarnos sobre algunas actualizaciones de nociones que tenemos asumidas como inamovibles desde hace mucho tiempo, sobre todo desde cierta izquierda teórica un tanto conformista y ensimismada. Algunos de esos conceptos provienen de lo que llamamos sentido común, o del derecho romano, o de la ilustración y las revoluciones burguesas y del proletariado o de las luchas por los derechos civiles… Cuando en ese artículo anterior que menciono hablo de capitalismo auto-organizado a partir de La mano invisible del mercado de Adam Smith o de las multitudes auto-confundidas, que probablemente se estén enquistando en las prácticas locales del ‘cuidado mutuo’, es porque probablemente la lucha está siendo tremendamente asimétrica, y entonces parece necesario, y urgente, un importante rearme teórico como en su tiempo hicieron o intentaron los revolucionarios franceses a través de sus declaraciones de derechos (del hombre y dos años más tarde de la mujer), los marxistas (con sus múltiples ediciones de libros y panfletos), los sesentayochistas (a través de múltiples publicaciones y manifiestos), etc. Hablo de muchas personas que dedicaron su vida a no tragarse con naturalidad las doctrinas, eslóganes, justificaciones y mentiras al uso y que adoptaron con sosiego o vehemencia, pero siempre con enorme determinación, posiciones sobre asuntos que había que revisar y reajustar si se pretendía construir un mundo menos mezquino. De ahí que haya hablado coloquialmente de verticalidad, pensando no en el desarrollo autoritario o paternalista, sino en la necesidad de pensar mejor y de manera un tanto pragmática qué cosas podemos permitirnos tolerar y cuáles son intolerables, y qué otras necesitamos revisar para revertir lo que parece un camino sin retorno hacia la ruina global. Aunque solo sea porque podamos decir un día que al menos lo intentamos, me atrevo a hacer una mínima lista que espero que pensadores de fuste estén desarrollando más concienzudamente y que multitudes inteligentes contribuyan a poner en marcha. Si ni siquiera hacemos este esfuerzo penúltimo, o último, las generaciones sucesivas, si es que tienen alguna oportunidad, tendrán todo el derecho de llamarnos absurdos miserables y mezquinos, seres abominables y egoístas que les dejamos un planeta, si es que sobrevive, en las peores condiciones que podíamos hacerlo.

Los enemigos son grandes, no pequeños; y pocos. Lo que se necesita para superar la miseria psicológica y física que se vive es encontrar aliados entre aquellos que comprenden que la humillación y la injusticia es lo peor que se puede hacer a un ser humano;  y eso, humillación e injusticia, es lo que nos han traído hasta ahora estos modos violentamente competitivos y falaces de gobernar el mundo. Por tanto, más allá de ideologías y creencias debemos acrecentar la fuerza con el número de implicados en unos procesos que no deben tener vuelta atrás. Los enemigos, los grandes, lo saben bien, es antiguo: divide et impera, divide y vencerás. Si no percibimos lo que nos une por debajo de lo que nos separa, no tendremos remedio. Y para esto los aliados son imprescindibles, todos los posibles, el máximo de cuerpos y mentes que puedan alinearse con estas causas. No valen las exclusiones de los que podrían pensarse como pequeños enemigos; son sólo enemigos en apariencia y en la mayoría de los casos (no en todos) se trata de enemigos inconscientes, aturdidos, engañados. Decíamos, e insitimos: los verdaderos enemigos son grandes, muy potentes y muy conscientes, y pocos.

En forma de pregunta, el listado puede enriquecerse o rectificarse… Entonces… ¿No resulta evidente que es urgente renovar de cabo a rabo la filosofía del derecho o incluso inventar una materia o forma de estudio que no insista en las mismas metodologías de siempre? ¿Es preciso, para no andar como zombis en la noche de los muertos vivientes, alentar a los pensadores políticos, jurídicos y sociales a que piensen y redefinan qué significa hoy la misma idea de derecho, de ciudadano, de ley, de estado, de patria, etc.? Parece que no nos valen ya definiciones antiguas, es posible que haya que buscar, más que esclarecimientos o reinterpretaciones, nuevos conceptos que sustituyan a los mencionados. ¿Se necesita señalar de nuevo responsabilidades y culpas personales más allá de esa simpleza casi literaria de que es el Estado, esa entelequia espiritual descarnada, el responsable de todo lo que nos pase? En otro orden de cosas… ¿no es posible releer o reinventar el concepto de territorio y de frontera, de asilo, de migrante, de preso político, etc.? Ante las estúpidas caras de fascinación que se nos quedan con los nuevos artilugios y dispositivos mediales ¿no necesitamos repensar la tecnología y tomar medidas frente a sus abusos? ¿Resultaría quizás idóneo un absoluto o relativo parón energético? ¿Estamos locos por pensar eso, o lo estamos por no pensarlo? Sobre el saber y la salud, dos ámbitos fundamentales que se han convertido en ejemplos arquetípicos de las fechorías del interés privado por un lado y de la precariedad pública por otro ¿tendremos que repensar la salud y la educación en términos mucho más complejos y globales que lo que ahora se nos ofrece cuando nos descuartizan la mente y el cuerpo en hiperespecialidades? ¿O es que no sabemos, por muchas motos que nos vendan, que los conocimientos interdisciplinares son castigados en el mundo real mientras se continúa recompensando social y económicamente el poder de un saber superespecífico e hiperproductivo? O, incluso yendo un poco más lejos, ¿podríamos reflexionar acerca de la amputación que sufre un ser humano cuando se somete a la ‘división’ meramente productiva de sus facultades? Y ese descuartizamiento ¿no da lugar, por muy sofisticados que parezcan sus saberes, más que a mentes egoístas, infantilizadas y colaboracionistas? ¿Podemos volver a revisar también la división del trabajo y la del ocio? Quizás no estaría de más redefinir en qué consiste la riqueza y cuáles han de ser sus límites, porque es posible que necesitemos determinar qué es un criminal de guerra o un genocida en estos tiempos en los que la simple acumulación brutal de capital tiene como consecuencia la (evitable) muerte de numerosas poblaciones (humanas y de fauna y flora). Se acaba de producir la noticia de que unos cuantos de los más ricos de los EE.UU. proponen al fisco elevar un 1% más de impuestos de sus propias ganancias para ayudar a los demás (el chocolate del loro); no me extrañaría que ellos mismos también vean su acumulación de capital, tontos no parecen,  como crimen de lesa humanidad y que algún día esto se pueda interpretar así y les pase factura. ¿Deberíamos revisar y ampliar las causas que se detallan en esa figura legal cuando la economía hace tiempo que se convirtió en la continuación de la guerra por otros medios y genera tanto sufrimiento? ¿No es hora de limitar de manera radical el poder de las grandes corporaciones? ¿No se están buscando una suerte de confiscación, una expropiación por engaño y abuso de poder? ¿Necesitamos también dar otro sentido a la vida que la de Ser-para-el-consumo? ¿No constituye uno de los principales problemas que tanto los estados como las grandes corporaciones, además de endeudarnos, nos suelan hacer cómplices de sus fechorías y así nos silencien haciendo imposible moralmente reconocer y neutralizar nuestras grandes o pequeñas corrupciones? ¿Conseguiríamos darle otra vuelta de tuerca a la ecuación libertad/seguridad por si se trata de un binomio un tanto simplista y muy útil para aquellos que insisten en amedrentarnos las fuerzas de emancipación? ¿Podríamos pensar en suprimir y prohibir los lobbies de interés que funcionan descaradamente a campo abierto y delante de nuestras narices? ¿Tenemos que dejar en manos privadas sectores altamente estratégicos que nos chantajean la organización social porque nos tienen cogidos por salva sea la parte? ¿De qué carajo sirven los organismos internacionales, cargados de vetos e incapaces de resolver conflictos, sino para gastar más dinero en agencias y ejecutivos que solo nos complican la existencia? Quizás sea tarde para repasar estas y otras infinitas cuestiones que todos podemos tener en la cabeza desde hace tiempo, pero no deberíamos dejar de hacerlo, aunque solo sea por si acaso tenemos una última oportunidad de no sentirnos como las generaciones más necias e irresponsables de la historia. Haría falta, por tanto, todo eso y mucho más a lo que diariamente renuncian nuestros políticos y sistemas directivos al uso porque el cortoplacismo les ciega las entendederas o les rellena el ego y los maletines, y si te he visto no me acuerdo.

Y si comprobamos que nos posee una cierta pereza mental, hagámoslo evidente y no dejemos pasar el día a día como si aquí nada ocurriese dejándonos entretener por selfies, postureos decadentes, series de TV, influencers, gamificaciones de la vida y la muerte y otras imbecilidades semejantes que nos obligan a ceder tiempo, dinero y energías a los que se han empeñado en degradar nuestra vida y en aniquilar la posibilidad de un más justo contrato social (que igual también debería cambiar su conceptualización e incluso su nombre). Es imprescindible que algunos paren máquinas y se dediquen a eso de construir pensamiento en lugar de historiarlo o resucitarlo a base de electroshocks (todos esos profesores y estudiosos que no hacen más que repasar los mantras aprendidos en su juventud y que son incapaces de pelearse con el mañana). Y es preciso que aquellos que se encaminan honestamente a la política como servidores públicos no sean consumidos o corrompidos antes de llegar a sus puestos de dirección por el fragor de los pequeños procesos electorales y las patéticas batallas ministeriales. Necesitamos de aquellos que, una vez bien pertrechados de ideas y determinación, alcen la voz y nos convenzan sin paternalismos ni autoritarismos, con la cabeza bien alta, del uso de nuestras auto-organizadas consciencias. Movamos algo inconmensurable, de manera vertical u horizontal (a veces esto no son más que trucos o aberraciones ópticas), o probablemente oblicua, antes de que todo sea ya demasiado tarde. Que nadie se vaya cada anochecer a casa con la conciencia absolutamente tranquila porque ha echado una mano al vecino; hay que hacer más en todos los frentes. Que nadie sienta que su cuota de colaboración y su solidaridad se ha saldado con evitar un desahucio, llevar una pancarta, participar en un escrache o en una batucada. Siempre hay más. La batalla se libra y sigue más allá de esos dolorosos frentes, y con consecuencias más numerosas, mayores y aún más cruentas. Se solicita dinero para la investigación pero no nos solemos plantear para qué tipo de investigación es más urgente destinar recursos. ¿Seguimos diciendo ‘que piensen otros’ como ya se dijo ‘que inventen ellos’?

Si como multitudes estamos auto-confundidos, o, lo que viene a ser lo mismo, auto-engañados, no esperemos ni dejemos que vengan los también “auto-organizados” capitalistas de colmillos retorcidos y tramposos a explicarnos cómo ha de organizarse el mundo. Si los de siempre al mando les han preguntado con cierta sorna a los llamados izquierdistas de toda la vida cuáles son sus propuestas frente a este mundo injusto e insolidario, igual esa maliciosa pregunta, a pesar de su origen, pone el dedo en la llaga y no se la ha sabido responder con una alternativa al capitalismo que nos devora y nos conduce al suicidio. Saquemos nuestras dotes de imaginación y produzcamos novedades; sí, ideas verdaderamente sorprendentes y transversales. Debemos seguir creyendo en nosotros mismos y en nuestra capacidad de reacción. No podemos seguir toda la vida viviendo de detritus del marxismo o del postmarxismo; por muy buenas y legítimas que fuesen sus aportaciones probablemente solo fueron puntos de partida que ahora mismo se encuentran desbordados por los acontecimientos. Aquellas fueron unas contribuciones que el mismo capitalismo terminó convirtiendo, como si de un alter ego se tratase, en socialdemócratas y de las que, a pesar de la manipulación, se han seguido no pocas transformaciones sociales. Necesitamos mucha más apertura de mente y más energía vital, algo que solo encontraremos si nuestras razones van más lejos y de manera más amplia. Y sobre todo, no juguemos el juego de la pequeña corruptela porque eso nos empantana y desactiva.

Estamos entre auto-organizados y auto-confundidos, y de seguir así simplemente se nos escaparán las posibilidades de darle la vuelta a lo que haya de ocurrir, que ciertamente pinta muy mal. O quizás nos quede como auto-solución final, como auto-Endlosung, la narcisista y asquerosa posibilidad del anarcocapitalismo (esa que avanza por todos lados aullando sus bravuconadas), la de mecernos en el porche de casa con las piernas estiradas apoyando las botas de cowboy sobre la mesa, el rifle bajo el sobaco, el vaso de whisky en la mano y el cigarrillo en la comisura de los labios mientras el mundo se derrumba ante nuestros ojos entornados y el agua del mar o el desierto inunda nuestros dormitorios y las gargantas de nuestros hijos… (Sí, esos a los que ni siquiera les dará tiempo de decir… Y el planeta colapsó).