Opinion · Otras miradas

El hombre que susurraba a los micrófonos

El pasado sábado 6 de julio falleció en un sórdido apartamento de Río de Janeiro el llamado padre de la bossa nova: João Gilberto. ¿Merece realmente ese título? Sí y no. Al igual que la Constitución Española tuvo varios padres (siete, para ser exactos), la bossa también tuvo unos cuantos: a mi juicio, al menos tres. También tuvo dos madres: las dos famosas playas de Río, Ipanema y Copacabana. Por la mañana, los renovadores de la música brasileña jugaban allí al fútbol (y ligaban con las garotas) y al caer la tarde regresaban a la orilla del mar, para improvisar canciones con sus guitarras.

La bossa nova (es decir la nueva ola) tuvo tres padres: João Gilberto, Antonio Carlos Jobim y Vinícius de Moraes. Antes de recrearnos en lo que aportó  el primero, veamos lo que hicieron los otros dos. Tom Jobim contribuyó con unas sinuosas melodías que no se habían escuchado nunca antes en la samba (de donde procede la bossa nova), apoyadas en las vaporosas armonías del jazz. Los brasileños llevaban años fascinados por el llamado cool jazz, en el que los músicos emplean acordes muy sofisticados, de 4, 5, o 6 notas (lo normal en el pop son 3). Un acorde menor de tres notas suena decididamente triste. Tú escuchas el re menor con el que empieza la Chacona de Bach y lo mínimo que se te ocurre preguntar es ¿quién se ha muerto? En cambio, si al mismo acorde le añades una novena (apenas uma nota mais), la sensación es bien distinta. No te deja alegre, pero tampoco son noticias funestas : la pregunta es más bien ¿qué o a quién echamos de menos?

Vinicius, que era ya un poeta muy apreciado antes de convertirse en letrista, aportó a la bossa la magia de su insinuante verbo. Es cierto que hay bossa nova memorables, como Desafinado, que fueron obra de otros letristas, pero podemos afirmar que las más famosas llevan la firma de Vinícius y rebosan de su talento para evocar imágenes, en vez de imponerlas de modo fotográfico al oyente. Cuando los yanquis, liderados por Frank Sinatra, se enamoraron de La Chica de Ipanema y decidieron plantificarle una letra en inglés para que la canción fuera más comercial en los Estados Unidos, a Jobim se lo llevaron los demonios. La chica llena de gracia de la que habla Vinícius se transformó, en la torpes zarpas del letrista americano, en una especie de Miss California: alta, rubia y bronceada. Rasgos físicos de concurso de belleza, en vez de cualidades etéreas y espirituales, como la gracia. Otro de los grandes aciertos de Vinicius fue huir de la ansiedad, la angustia y la desesperación del género que reinaba en Río antes de la  llegada de la bossa: la samba–canção, un híbrido de fado y de bolero, en el que el chico o la chica siempre se estaban lamentando de lo infelices que eran y amenazaban al otro con el clásico  te arrepentirás de haberle puesto fin a un año de amor. Vinícius escribió el himno fundacional de la bossa, Chega de Saudade (Basta de Melancolía) y le dio a la canción brasileña un tono más optimista, más vital y decididamente,  mucho menos quejica.

João, por su parte, se encargó de estilizar los complicados ritmos de la samba para que pudieran ser tocables con un solo instrumento: la guitarra o violão, como la llaman en Brasil. No era tarea fácil: hay que tener en cuenta que en la samba tradicional intervienen muchos instrumentos –cavaquinho, guitarra, pandeiro, surdo, tamborim – y que Gilberto tuvo que decidir qué era lo más reseñable, rítmicamente hablando, de lo que hacía cada uno. Redujo el groove (el patrón rítmico de la canción) a dos compases y con las músicas de Jobim y las letras de Vinícius, empezó a cantar de un modo que nadie había puesto en práctica hasta entonces: sin vibrato (para descargar de melodrama barato la interpretación) y susurrando los textos a un centímetro escaso del micrófono. Con sus endiabladas sincopas guitarrísticas y su arrulladora forma de entonar llegó hasta el Carnegie Hall de Nueva York y lo llenó hasta las trancas. E impuso de tal forma el violão como el instrumento rey de la bossa, que cuando Jobim, que solo era pianista, fue invitado por Sinatra a grabar con él un disco entero, el pobre tuvo que aprender a tocar la guitarra a toda prisa, porque no era concebible aparecer en Los Ángeles subido a un Steinway gran cola.

El sábado pasado se nos fue un genio: el hombre que susurraba a los micrófonos, pero nos ha dejado un género musical que no existía hasta su llegada, un montón de grabaciones inmortales y una hija, Bebel, que es digna sucesora de su progenitor.

¡Muito obrigado, João!