Opinion · Otras miradas

Unos privilegiados

En Sevilla existía una sala asociada al hospital Macarena en el que mientras realizaban investigaciones con los pacientes, también llevaban a cabo rehabilitación con ellos. Había máquinas de lo más variopintas, cachivaches extraños en los que las afectadas pasaban horas mientras sonreían, compartían, hablaban de lo que a cada una le iba mejor o peor. De todo ello, la sonrisa y el compartir parecía la mejor medicina. No obstante, comentaban la importancia de esos espacios para el colectivo de enfermedades neurodegenerativas. Al final, se mantenían en forma, recuperaban musculatura, equilibrio. Muchas comentaban la diferencia que habían notado desde que se encontraban allí.

Me quedé bastante alucinada porque no había conocido una experiencia similar. Es más, yo nunca había tenido rehabilitación por parte de la sanidad pública después de ningún brote. Por su parte, las fundaciones y asociaciones hacen lo que debería hacer la sanidad pública. Con precios más asequibles, ponen a disposición de los pacientes algo más de calidad de vida. Desde mi punto de vista, insuficiente, pero no creo que les corresponda a ellos suplir las carencias que deben cubrirse por otro lado. Es más, creo que con una sanidad pública de calidad no deberían ser necesarias, más allá de la puesta en común entre pacientes con situaciones similares.

Algún día escuché o leí al genial Bob Pop –afectado por Esclerosis Múltiple- hablar sobre sus privilegios a la hora de poder ir a rehabilitación, denunciando que otros no podían hacerlo. No recuerdo dónde lo vi –y que me perdone si me equivoco-, pero recuerdo que me conmovió enormemente, por su empatía con otras personas y por visibilizar lo que es una realidad. Sin embargo, es curioso que podamos llamar privilegios a algo tan básico como sanar nuestros cuerpos. Yo también me considero una privilegiada, puedo hacer deporte, tengo a mi familia como apoyo si tengo un problema de salud, pero ¿no debería ser universal algo como poder ir a rehabilitación cuando fuera necesario? Existen muchas personas olvidadas en sus casas, abandonadas como juguetes viejos que no quieren ser reparados. No cuentan, no existen, no funcionan. Se acabaron las pilas.

Aceptamos que las cosas son así porque “es lo que hay” o porque hay demasiados frentes abiertos. Mientras el Estado de bienestar se ha desmantelado, llevamos como podemos nuestras propias tragedias. Y algo tan básico como la fisioterapia o la rehabilitación se convierten en privilegios o en gastos excesivos para los que tenemos que hacer un gran esfuerzo, quitándonos de otras muchas cosas también necesarias. Y me pregunto, ¿cómo hemos llegado hasta aquí, en general? Y también sé, y no puedo ni debo olvidarme, que otros muchos ya estuvieron aquí, en otros lugares, mientras nosotros supuestamente gozábamos de ese Estado de bienestar, que no era más que algo más de justicia social, educación y sanidad pagado por todos, nuestros padres y nuestros abuelos con todo el sudor y el esfuerzo de sus vidas.

He visto a gente que apenas podía moverse. Una joven en una piscina con su madre. Ella con una enfermedad de las que llaman raras. La madre contándome que todo el dinero iba a su hija, a ayudar a su rehabilitación, a su vida. Una madre trabajando a destajo, con su hija y en el bar con su marido. “No sabemos lo que son unas vacaciones”, me dijo. Y aún así sonriendo, viendo a su hija en la piscina haciendo movimientos en el agua, sonriente también. Y un poco esta es la política neoliberal y la vida en la que nos encontramos, unas peor otras mejor, pero al final sorteando cada obstáculo como podemos, sin demasiada o ninguna certeza de si seremos capaces de hacerlo.

Esa unidad de Sevilla en la que pacientes mejoraban sus vidas gracias a profesionales valientes que llevaron a cabo la iniciativa y, en concreto, el doctor ya jubilado Guillermo Izquierdo. Esa unidad es lo que debiera existir en cada uno de nuestros hospitales. Que es mucho pedir, me consta, pero es que hablamos de derechos que conquistaron en algún momento personas valientes y luchadoras. Derechos que nos pertenecen.

Sin embargo, el deterioro y el expolio de la sanidad siguen siendo imparables. Este verano, nos quedaremos con 12.000 camas menos de hospital, según SATSE (Sindicato de Enfermería) y es que debe ser que por eso de las vacaciones, las enfermedades ponen freno a su curso. Además, amanecíamos con la noticia del fin de la sanidad universal por parte del PP y C´s en la Comunidad de Madrid. Si es que eso de universal existió en algún momento. Como si las personas, en función de su origen o su dinero tuvieran más derecho a ser y a estar.

Y así, poco a poco, van cerrando puertas y nosotros somos los espectadores que, vulnerables y maniatados pareciera que poco pudiéramos hacer para frenar el Estado del malestar.  Debe ser que somos unos privilegiados…