Opinion · Otras miradas

Cambrils y las Ramblas, la ira de un dios huero

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

Las investigaciones de Público sobre los atentados de las Ramblas y Cambrils han dejado en evidencia fallos graves del CNI, y también la inseguridad de las personas que habitamos en sociedades más o menos pacíficas.

El hecho de que las fuerzas de seguridad no puedan controlarlo todo, hace que la mente desconecte, porque el perímetro de paz y seguridad personal es transgredido. El resultado es el miedo y la incredulidad ante lo que pasa.

Algunos supremacistas religiosos (musulmanes) conocen perfectamente esto, y lo celebran en privado. Es tal su odio, que consideran que el tráfico de drogas es legítimo en tierra infiel. Por eso detuvieron en el año 2010 a Abdelbaki Es Satty con 136 kilos de hachís. Fue encarcelado durante cuatro años en Castellón. Sin embargo, el terrorista dijo que fue coaccionado por otros de la misma camarilla, y eso despertó el interés en el CNI.

Es Satty estaba relacionado con otros milicianos como Mrabet, con quien se reunía en una carnicería de Vilanova i la Geltrú, e incluso con Bilal Belgacem, el suicida de Nasiriyya (2003), quien mató a 19 militares italianos y a 9 civiles iraquíes.

Cuando salió de la cárcel (2014) aceptó colaborar, a cambio de no ser deportado. Olía tal vez la herrumbre y la humedad de las infectadas cárceles marroquíes.

Todos esperaban que volviera al magreb, pero de pronto se convierte en un individuo con arraigo en nuestro país, mientras su abogado mostraba un contrato de seis años y medio. Así que se preparó para predicar el salafismo, culto a los primeros tiempos del islam, caracterizado por el rechazo al significado interno de la revelación coránica, y a su interpretación contextualizada. Y todo mientras era confidente.

En definitiva Es Satty no parecía un buen ejemplo de integración: traficante de drogas a lo grande, predicador del verdadero Islam, e integrado en la redes internacionales de los guerreros de Dios. Con estos antecedentes, muchos inmigrantes merecerían la nacionalidad automática, y la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil, pero tal vez el servicio de Abdelbaki Es Satty estaba justificado, tal y como sugiere Carlos Enrique Bayo a propósito de la operación chacal.

Pero algo debió ir mal. El terrorista acabó despedazado por sus propios fuegos en Alcanar, y poco después los servicios secretos borraron sus datos y negaron su captación. Parece que vigilar, y colaborar al mismo tiempo con personas con un pasado e incluso un presente terrorista, es arriesgado.

Los archivos internos están sujetos a la verticalidad del poder. Y estos en concreto son puro vértigo. Sin embargo la memoria es horizontal y oral, y perdura tanto como el papel de los burócratas.

La orgía de sangre del salafismo violento suele practicar sus aquelarres sin una dirección concreta, por eso todo lo que hacen es causa de confusión. Para ellos, esta tierra y sus habitantes “occidentales” merecen la ira y la devastación de su dios huero y furioso.

Es una enmienda a la totalidad sin definición alguna. Todos son enemigos,  por eso los lugares concurridos y festivos son los espacios donde expresan una reacción, que niega radicalmente a los otros. Perderse en los detalles va en contra del culto a los primeros tiempos, como si no hubiera más brillo que ese periodo fundacional.

Entonces el corte es radical. Para ellos el advenimiento del Islam fue un fenómeno traumático y original, lo que es falso. A los fanatizados de uno y otro bando les interesa este discurso. Incluso entre los imames moderados existe cierta impresión de que esos inicios se deben al genio árabe, cuando en realidad es una síntesis de otras muchas tradiciones, pueblos, razas y culturas. ¿Lo han estudiado acaso?

Pero ese orgullo contrasta con la postración ética de la élite en muchos de los antiguos espacios califales o emirales. Y para complicar más las cosas, los jóvenes europeos de ascendencia magrebí, viven tres mundos diferentes y a la vez, en sus casas, en las calles, y finalmente en los centros educativos.

Las declaraciones de Mohamed Houali, superviviente de la voladura de Alcanar, son muy relevantes. Se trata de un joven que reconoció “no saber el árabe ni nada de religión”. ¿Tuvo alguna formación reglada para aprender su culto, en un marco europeo? El resultado es que un caudillo carismático puede ser un clérigo respetable, en alguno de los miles de oratorios que hay Europa. Como los estados han abandonado la gestión de estos asuntos formativos, ya lo hacen otros. Es sencilla la ecuación.

Pero no todos los supremacistas religiosos practican la violencia. Algunos ni tan siquiera se dan cuenta de ello. Se creen investidos con el pedigrí de la sabiduría y la superioridad moral ante su comunidad local. Disfrazan de ortodoxia un orgullo étnico-religioso que es real, aunque a los europeos les cueste observarlo. Miles de jóvenes aún no han generado anti cuerpos contra este veneno.

Hay algo que se debe de tener en consideración; la combinación peligrosa de exclusión social que sufren los magrebíes, es peor que la pobreza y el fracaso escolar, aunque son eslabones de la misma cadena.

Los terroristas sonreían en las imágenes captadas, mientras alzaban el dedo índice apuntando al cielo, en vez de al inframundo. Tal vez estaban emocionados por una aventura suicida que les desbordaba, de ahí su frivolidad y chulería insultante cuando les grababan.

Otros supremacistas se muestran en público con un halo de trascendencia. No importa que culto profesen. También hay yihadistas de la cruz, como jinetes barbados y piadosos guerreros, tipos endurecidos en la oscuridad de los bosques europeos, capaces de practicar el canibalismo en Maarat, cocer a sus víctimas en Hervencias, o pisar la tumba de Saladino, mientras anuncian su nueva llegada. Son casos excepcionales, pero significativos.

Hubo fallos importantes en lo sucedido en Cataluña, pero si la nueva guerra es la del terrorismo de masas, es muy difícil de controlar a estos guerreros fascinados por un culto a la violencia digitalizado y conductas imprevisibles.