Opinion · Otras miradas

Plácido Domingo y el relativismo moral

Gloria Elizo

Diputada de Podemos en el Congreso

Nadie debiera sorprenderse del espeso silencio del sindicato mediático de la derecha ante las graves acusaciones sobre Plácido Domingo, pero sorprende un poco más la sordina general sobre una noticia que -ojalá me equivoque- tiene toda la pinta de acabar convirtiendo al tenor español en una especie de Jimmy Savile global.

Personajes intocables, simbióticos con los más altos poderes, con las mejores agendas y los más reputados expertos de comunicación, siempre caritativos y socialmente implicados, acunados por unos medios frágiles que los necesitan, acostumbrados a la omnipotencia de la fama y la impunidad del poder absoluto, incapaces -en suma- de aceptar el NO de nadie y menos de una mujer.

Tal vez por eso resulta imposible dudar de una mujer –una, seis, decenas, cientos- que un día decide alzar la voz desde su dignidad para decir simplemente la verdad. Eso es #MeToo y esa es la raíz del odio y el miedo que produce. Porque a las víctimas acalladas bajo la losa del sistema solo les queda la verdad.

Tiene desgraciadamente razón Plácido Domingo cuando afirma que su comportamiento se «midió» por «reglas y valores» muy diferentes a los actuales. Que no hace tanto que el acoso sexual, el chantaje o la coacción eran algo aceptable para la sociedad machista, con el único requisito de un poco de discreción. Pero no. Esos no eran los “valores” por los que debió regirse y eso, por tanto, no le va a exculpar.

Hay -para el machismo- un requisito fundamental: la aceptación moral de que con las mujeres -especialmente aquellas mujeres que se encuentran social, cultural o profesionalmente por debajo del hombre- no se exigen los mismos «altos estándares» de justicia que para la sociedad de sus iguales. Ya se sabe: no se exige ser justo, honesto y respetuoso. Ni siquiera se exige ser elegante y gentil. No se exige considerar su punto de vista. Eso no es para ellas.

Este criterio –con algunos (léase negros, pobres, campesinos, mujeres, indios, migrantes, jóvenes…) no necesito aplicar en privado mis estándares de justicia públicos– es aún fundamental para entender el mundo y la política. Desde la pequeña empresa a la cumbre de Jefes de Estado. Aún es perfectamente aceptable abusar de “los otros”, manteniendo ante “los míos” esos estándares de los que tanto me enorgullezco, siempre –claro está- con un poco de discreción… por la cosa esa de la democracia y tal.

Por eso es tan importante recordar que el abuso precisa -para existir- de la eliminación de la palabra de la víctima, de la imposición de la falsa moral propia sobre el dolor silente, de la amputación a esos otros de su capacidad de sentir, querer y –también- de juzgar públicamente. Y por eso las batallas políticas y sociales se juegan en los medios de comunicación: quién habla y –sobre todo- quién no.

Qué duda cabe de que, en sus discretas y encantadoras cenas de gala, Plácido no encontró jamás reparo alguno a sus hazañas sexuales, a sus ingeniosos métodos de cortejo y a sus andanzas mujeriegas entre sus selectos invitados. Pero no por ello va a poder justificarse en un supuesto relativismo moral. Puede que la élite de sus amigos –y amigas- nunca le juzgara, puede que la sociedad no quisiera saber, puede que fuera “comprensible” o hasta “bien visto”… pero para esas mujeres el acoso, el chantaje y la coacción nunca fueron algo aceptable. Y –afortunadamente- el punto de vista de vista de la víctima –la verdad- no siempre se puede acallar.

Puede que el gran tenor consiguiera olvidar, ignorar o justificar el dolor, la humillación y el sufrimiento de esas mujeres. Pero ellas no pudieron. Y somos muchas las que estamos dispuestas –al menos- a escuchar.