Otras miradas

La pornografía es al mercado, como las armas a la guerra

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

Teen (adolescente) es la palabra que más se busca por Internet.

En diciembre de 2012,  Kartika Liotard, del grupo confederal de la Izquierda Unitaria Europea, propuso en Estrasburgo algo que parecía inverosímil: prohibir la pornografía en la UE, con el fin de evitar la sexualización de la mujer en los medios. Consideraba que la difusión del sexismo degrada a la mujer. La propuesta fue rechazada por 159 votos a favor, y 368 en contra. Antes, en el año 1997, Finlandia e Islandia también lo intentaron.

Detener el consumo del porno (hoy) es como tratar de controlar un tsunami. La realidad es que la industria se adapta a una demanda que busca chicas adolescentes, algunas todavía con acné. Y no solo eso. Dentro de este segmento juvenil, hay un auge de la pornoviolencia, donde las mujeres son sometidas a todo tipo de humillaciones.

Se estima que el 25% de las búsquedas en internet tienen que ver con esta actividad cultual del cuerpo y el sexo femenino. Una multitud de descargas de vídeo están relacionadas con el placer sexual, al servicio del hombre especialmente.

La antigua propuesta de Finlandia e Islandia se hizo en un contexto muy preciso, hace casi un cuarto de siglo, cuando casi todos leíamos en papel. Pero la percepción sobre el porno está cambiando, porque no solo se hace por dinero. Hay otras variables, como el deseo de experimentar, y  la búsqueda de reconocimiento o poder. En Hot Girls Wanted, película producida por Rashida Jones y dirigida por Ronna Graduss y Jill Bauer, la popularización del porno se vive como experiencia personal, que suele durar unos pocos meses. Las chicas hacen un trabajo intensivo, y vuelven a casa por decisión propia. El caudal de jóvenes es incesante. Llegan nerviosas, asustadas y emocionadas, aunque maduran rápido. "¿Se enterarán mis padres? ¿Lo sabrá mi novio? Sí, responde el chuloagente de craigslist, un chico tan joven como ellas, actor y prostituto que se define como "técnicamente perfecto".

"Estoy hablando con una chica de 18 años, pero parece que tiene 12...cada día alguien cumple 18, y cada día una de ellas quiere hacer porno", señala el técnico del amor, mientras lleva a una chica "que quiere ser famosa" a su casa de acogida en Miami. En el Estado de Florida pueden grabar sin condón, y es el centro del sexo amateur. Las escenas suelen estar interpretadas por recién llegadas, lo que hace que los consumidores piensen que las películas son reales. Es así como pagan las suscripciones.

En  el documental producido por Jones, hay chicas que pelean por un estatus mejor, y los derechos de las trabajadoras en esta industria. "Quiero romper barreras, no vivir apartada de la sociedad. Ser aceptada", dice Belle Knox, una célebre joven de origen indio-canadiense. Se considera feminista, libertaria y apoya al partido republicano. La joven no  sabía cómo pagar los 60.000$ al año que cuesta estudiar en la Universidad de Duke. Y así empezó todo. ¿Eres una feminazi?, le pregunta un prostituto a Knox en su primera escena. "No, soy feminista". ¿Y qué hace una puta feminista haciendo porno violencia?, grita un hombre sin rostro. Luego interpretan una violación.

Twitter es clave para el éxito de un aspirante al porno, porque la censura es mínima. Cuando las chicas no convencen a los productores, las proponen trabajos especiales, de alto riesgo, a cambio de unos 900€. "Hoy dos tipos lo han hecho dentro, y me han dado un extra de 100 dólares", dice Michelle, una chica de 19 años que acaba de entrar en el negocio. "He ido a la farmacia y he tomado la del día después. Ha costado 40 €. He ganado 60 pavos", dice mirando a la cámara con los ojos muy abiertos, mientras sus compañeras asienten.

"Hola, zorra, ¿hablas español?", pregunta un gringo a "una latina". "Creía que a las mexicanas se os daba mejor limpiar". El porno abuso tiene un sesgo muy "latino", según los especialistas.

Se puede argumentar que lo hacen porque quieren, pero hay algo destructivo en todo esto, porque después de unos meses, la mayoría de las chicas acaban en el Monte Testaccio de las ánforas rotas.

La propuesta de prohibir el porno parece un atentado al libre albedrio, aunque la reproducción digital de los vídeos transgrede las fronteras del mundo adulto, y se presenta ante los ojos infantiles con una crudeza inflamable. Además, el lugar común de la industria del deseo es el cuerpo de la mujer/adolescente, que está hipersexualizado, por eso Disney y el porno de vez en cuando copulan.

El sexo en Internet es el sancta sanctórum de un sistema ausente de regulación, con una circunstancia agravante: las meretrices de la antigüedad podían cambiar de vida con más facilidad. La popularización de la porno violencia también tiene efectos nocivos sobre los hombres onanistas, y recipiendarios de las imágenes o imaginaciones.

La clave está en el determinismo de un archivo digital. Está diseñado para perdurar, como una inmensa máquina de registros de actividades y conductas, proyectadas sobre los tres tiempos conocidos. No sé qué tiene eso de liberal.

Hay dos soluciones posibles. O bien se normaliza la pornografía y la prostitución se profesionaliza totalmente, siguiendo un orden regulatorio preciso vía impuestos, o bien se prohíbe, se persigue, y se criminaliza a los adictos.