Opinion · Otras miradas

La avalancha

La casa un piso en un bloque de nueve plantas. El bloque en una ciudad de la periferia. La hora esa en la que llega el butano, las jubiladas toman café en el bar y los niños andan al borde de acabar su primera clase.

Él se despereza entre las sábanas, como viniendo de un lugar muy alejado. Las habitaciones están en silencio animadas por los ruidos que se filtran por los tabiques, por el ascensor que de vez en cuando se mueve pesado, por los pajarillos que se oyen a través de las ventanas. El tiempo es más amable, parece primavera.

Coge el móvil y mira su reloj, en números grandes, digitales, casi ya de una tipografía retro. Un aviso en la pantalla: alarma perdida. Se echa las dos manos a la cara y se la frota, quitándose en vano un sueño que empezó demasiado tarde y que apenas le ha servido para descansar. Cuando las cosas no salen dormir también es un lujo.

Todo empezó hace unos meses. Sin previo aviso. Esto funciona así. Un día todo está y al día siguiente deja de estar.

Mentira.

No hay aviso porque no se quiere ver. Pero siempre antes del derrumbe, del bosque desolación, hay una multitud de pequeños detalles que van anticipando el desastre. Un árbol que pierde pie en la ladera. Unas rocas que se desprenden. Unos animales que parten lejos. Sólo es cuestión de atender, de saber escuchar, de pararse un minuto a observar los síntomas.

El problema es que no había un minuto donde pararse. Su vida, realmente la vida de otros muchos, es como un carrusel infantil de feria. Un permanente movimiento detenido tan sólo unos instantes para que los niños bajen y suban. Y así es difícil darse cuenta de las cosas, mirarse las primeras arrugas en el espejo, atender a sus ojos, saber si le estaban pidiendo algo.

Se hace el café, uno soluble, de marca indefinida. Mientras que gira la cucharilla mira las espirales que se forman en la superficie, lo más parecido que verá nunca a la atmósfera de Júpiter. Enciende la tele, enciende el cigarro. Pone a esa tía con cara de superintendente francés del Segundo Imperio que parece estar buscando siempre un culpable, rastreando la mesa de tertulianos requiriendo, más que opiniones, sentencias: es fácil intuir su desprecio por todos los que no sean ella en la tensión de la comisura de sus labios. Colocarse delante de alguien así, aun mediando una pantalla, es una forma de entrar en acción como otra cualquiera.

Unas imágenes de una huelga, posiblemente; la tele está baja, él apenas atiende. Unos empleados parecen protestar a las afueras de su empresa en algún polígono. Han cortado una calle. Un calle de esas de las que los ayuntamientos se olvidan, de esas en las que crecen hierbajos en las grietas de las aceras y donde las mujeres se apostan por las noches esperando que alguien las compre. Una calle por la que sólo pasan ellos.

El reportero, que habla abriendo mucho la boca frente a la cámara, es arrollado por unos cuerpos que envisten. Azul de porras y cascos, botas de suela dura de estampida de caballos. Los trabajadores levantan las manos como cuando un bandido del oeste atracaba una diligencia, no les vale de nada. Algunos caen, otros huyen, a una chica de unos veintipocos con una camiseta roja se la llevan a rastras.

No es por la calle, ni siquiera por la huelga –los cuatro duros que piden y que les han quitado–, es por humillación. Cada porra que impacta en las costillas –crack–, cada bota negra que hace la zancadilla –pum–, cada hostia que se reparte –zas–, es para recordar a esas personas que están solas, que no son nadie, que son hojitas a merced de un temporal y que no se les ocurra juntarse con las que tienen al lado. Los lobos sin manada van siempre con la cabeza gacha.

Toca hacer la compra, porque la nevera es más aire y aluminio que alimento. Lo primero que hace es mirar la cuenta del banco, por si acaso –por si acaso, ¿qué?–. Luego, ante la negación, coge el billete que guardaba y escarba del montoncito de monedas del canastillo de las llaves. Las cuenta. Nunca importan tanto las matemáticas como cuando eres pobre.

Se pone los vaqueros y una camisa de cuadros que le disimula un poco la barriga que le ha salido de andar poco y pensar mucho. Unas zapatillas de cuero gastado. Se peina con la mano un corte de pelo que ya no es el suyo. Es raro porque uno de los primeros síntomas cuando las cosas dejan de salir es que todo te deja de pertenecer. No ya los objetos, sino pequeñeces que antes pasabas por alto. Un día te miras en un escaparate en la calle y has dejado de ser tú.

El súper es uno de esos sitios donde hay carteles amarillos cortados en forma de estrella, con grandes precios pintados con rotulador de punta gruesa. Las palabras oferta y barato se muestran sin pudor, a diferencia de otros lugares donde las más resaltadas son exclusivo y premium. Aunque hay carritos, él prefiere una de las cestas verdes con ruedas, porque como son más pequeñas se nota menos lo poco que se lleva.

Primero empieza por las frutas y verduras, que ahora pesan en caja porque los clientes sisaban con la báscula. La lechuga entera antes que envasada, dura más. Apuntada en la calculadora del móvil. Dos tomates. Calculadora. Cuatro mandarinas. Calculadora. Una cebolla. Calculadora. Pan, yogures, huevos, cerveza alemana de importación a veinte céntimos. Calculadora. Un pack de latas de atún. Calculadora. Leche. Calculadora. Un sobrecito de queso en loncha, otro de salchichón, unas cintas de lomo. Calculadora. Mira la pantallita y, de nuevo, números que esta vez le dicen que le llega. Va hacia la caja, satisfecho; hoy él ha sido más listo, hoy ha ganado la batalla.

Pone las cosas sobre la cinta y van sonando al pasar por el lector con un pitidito repelente. Contesta que no al ofrecimiento de bolsa de plástico, lleva la suya de tela. La suya. Realmente era de ella. Al menos la costumbre de utilizarlas. Creemos que dejamos en los demás grandes frases y momentos épicos cuando pasamos por su vida, pero en realidad luego quedamos reducidos a hechos más o menos intrascendentes, a gestos mecánicos e incluso inflexiones de la lengua, sobre todo diminutivos.

Cuando casi ha metido la mitad de los productos –le agobia ser demasiado lento, sobre todo si hay cola– el cajero le dice el precio, con ese tono mecánico de algo que se hace muchas veces. A él se le quedan las latas de atún en la mano, estáticas, mira a los ojos de un hombre algo más joven que él que espera su respuesta. ¿Efectivo o tarjeta? Le dice. Efectivo, responde. Pero…

Pero no lleva suficiente dinero. ¿Qué diablos ha fallado? ¿Ha sido él al introducir algún precio o ha sido algún etiquetado mal puesto? Al fin y al cabo hay muchos productos juntos y puede que, al coger el queso que creía de tal precio realmente se haya confundido con el de al lado. O con el de arriba. O los yogures o… qué más da.

Eh, dice él y extiende la interjección un momento mientras piensa cómo explicarlo. Mira, quita los yogures –y rebusca en la bolsa y los saca, al menos lleva leche–. Pitidito. Nuevo precio. Sigue sin cuadrar. Quita las cervezas y las aparta de la cinta como a una mascota querida que rechazas por haberse portado mal. Pitidito. Nuevo precio. Sigue sin cuadrar. La señora que está esperando para que la atiendan carraspea. Lleva el pelo cardado como una folclórica de los noventa y se da un aire a un bulldog. A lo mejor hay que quitar algo más, dice, mientras que el cajero parece que toca el piano muy rápido sobre la cinta. Ten el salchichón –¿quién necesita salchichón para ser feliz?–. Pitidito. Nuevo precio. Ahora sí. ¿Ahora? preguntan, ahora, responde. Eso sí, y hace una pausa mientras que vuelve a mirar a la señora inquieta con el pelo de Rocío Jurado en Paloma brava, vuelve a poner las cervezas, por favor, aunque sea una, que para eso sí me da.

Sale de allí con el estómago revuelto y, aunque no se da cuenta, camina cabizbajo. El peso, como de fantasma japonés subido a la espalda, no perdona.

Mientra que vuelve a casa a dejar las cosas piensa que andar por la calle no está tan mal, al menos hay gente y es gratis. Tiene que obligarse a salir más de casa, vive en una ciudad que no es precisamente bonita –que es lo que se entiende cuando hablamos de Versalles– pero a él le gusta. La arquitectura de urgencia y tiralíneas, los bloques de pisos como caídos del cielo al azar dan a todo una simetría que le resulta agradable, segura. Además a esa hora las coladas cuelgan de los tendederos y, en los parquecitos que suele haber entre los pisos, hay un olor a limpio, a suavizante, mezclado según la racha del aire con los guisos. Un barrio huele a lo que las personas que viven en él estén haciendo.

Más adelante hay unos chavalillos en un banco. Las mochilas tiradas en el suelo. Se pasan un porro, tontean entre ellos y una de las crías, con el pelo a lo skin, lleva una sudadera con capucha con una esvástica tachada. Se le quedan mirando, intentando distinguir si ese adulto con pintas raras supone una amenaza o es tan sólo un pobre diablo más, tan inofensivo como ellos, a pesar de su aspecto de desafío y dureza. Les guiña un ojo y sigue su camino. Estos por lo menos tienen ideas, piensa. Pero de qué les va a valer.

En este mundo todo lo que merecía la pena, desde los discos de los Kinks hasta poner la cabeza en el hombro de alguien que quieres, se ha ido a la mierda. Las ideas también. Ahora basta con tener objetivos, como si todos formáramos parte de un comando de los putos Boinas Verdes. A él nadie le contó eso, nadie le advirtió que el futuro iba a ser este páramo inmoral animado con ritmos dominicanos hechos en Miami y donde las aspiraciones iban a quedar reducidas a pasearse en taxis negros con pinta de coches de mafiosos.

Lo que más le molesta, de lejos –ya dando por descontado la deriva parafascista del país y no tener para una botella de escocés– es el terrible desprecio al siglo XX desde la cresta de la ola del presente. Al pasado ya sólo se va para animar la industria de la nostalgia, para coger cerezas pintorescas y simpáticas. El resto son vídeos de ordenador donde la gente que sale gesticula mucho, concursos de talentos y drogas de efectos poco deseables como comerle la cara al que tienes al lado. No a besos, literal, darle bocados como si fuera un pincho moruno.

No es que la heroína fuera mejor, por otro lado.

Tampoco se puede decir que sienta melancolía. Cómo echar de menos algo que, en su mayor parte, no viviste. Se trata más bien de haber sido los habitantes de la cúspide de toda la cultura del siglo más vibrante de la historia, el de la revoluciones, los astronautas y el rocanrol, cuando todo parecía posible, cuando todo se podía cambiar. Cómo no echar de menos a Mina Loy y Emmy Hennings, cómo no a Buñuel y Lorca. Cómo no añorar la escena de El Cazador donde unos obreros metalúrgicos se abrazan borrachos cantando a Frankie Valli. Cómo no seguir enamorado de los ojos de ciervo de la Cardinale o de la chica de la Escopeta de caza de Romero de Torres. Qué posibilidades tendrían hoy King Kong y Drácula, cuántas el alien de Giger, frente a un mundo en el que existe el ISIS, Macron y los asesores de bolsa. Lo peor, como dijo un escritor una vez, no es que pase todo esto, es que te llaman antiguo cuando lo dices.

Se siente demasiado joven para permitirse contar su biografía, pero demasiado viejo y desplazado para tener esperanzas. Hacerse mayor es aceptar esta brecha, asumir que la vida es una colección de derrotas tamizadas por algún momento brillante en un páramo que se pierde hasta el horizonte. Como un viaje en autobús por largas horas a través de Castilla. Un día estás en el banco, con los chavales, pasándote un fly. Te acuestas pensando en cómo será todo, que te deparará el mañana. Y a la mañana siguiente, cuando te levantas, has cruzado ya el ecuador de tu vida y llevas una bolsa de la compra con cuatro yogures naturales bajos en azúcar que te ha costado pagar. Esa es la realidad y no otra, no la que nos contaron en las películas de los ochenta: no hay Meg Ryan ni Harrison Ford, no hay Ferrari Testarossa, no hay ordenador personal con el que desencadenar la tercera guerra mundial cuando estás harto de todo.

Y ahí va, meciendo la bolsa en una mano cuando se encuentra con el otro. Los imbéciles deberían llevar sirena, como las ambulancias.

Cuando él le extiende la mano le asalta dándole un abrazo como si se hubieran visto ayer, como sí la amistad que una vez tuvieron permaneciera en una cajita al margen de todo. Lo peor es que nunca supo si aquella actitud de perro labrador simpatiquísimo era sincera o impostada, si era imbécil o malo:

 

  • Pero, pero, cuánto tiempo hombre, ¿cómo estás, figura? – dice Labrador simpatiquísimo.
  • Pues ya ves, de hacer la compra – responde él señalado a la bolsa con la mirada.
  • Ya, ya… – Y Labrador se calla. Le asalta, le saluda, le abraza, comienza una conversación y lo único que se le ocurre decir es “ya, ya”.
  • ¿Y tú, qué haces por el barrio?
  • Pues nada, que hoy he venido a acompañar a mi madre al médico.
  • Espero que no sea nada – dice él sinceramente. Las madres de los imbéciles por lo general no tienen culpa de su estado.
  • No, no. Cosas de la edad, ya sabes. Pero oye, y tú, ¿qué tal Marta? ¿cómo a estas horas por aquí? – todo, en una sola frase, como un estratega maestro de la jodienda.
  • Pues Marta supongo que bien, hace un año que no está conmigo. Y por aquí porque hace un año que me echaron del trabajo. Más o menos por las mismas fechas. Además.
  • Ah, vaya, no sabía nada.
  • Unos cojones no vas a saber nada, falso de mierda. Si tu madre y la mía se conocen desde hace cuarenta y cinco años. Lo que pasa es que no sabías cómo restregarme que, a pesar de ser un cretino, a ti las cosas te van fantásticamente bien – Pero él no se lo dice así, sino que simplemente dice “bueno”.
  • Pues cuánto lo siento.
  • Y tú, qué.
  • Pues ya sabes, con Clara y los críos, que a poco que te despistas se hacen unos hombrecitos. Y nada, con la empresa ahí, tirando. Mucho trabajo, chico, ahora mismo iba de vuelta, que como no estés tú encima…
  • ¿Mucho trabajo? Pero si eres un estafador situado entre quien hace las cosas de verdad y quien las compra, una lamprea especuladora que lo único que sabe es aumentar los precios y vivir del esfuerzo ajeno – tampoco se lo dice así, claro. Tan sólo suelta un “ya imagino”.
  • Oye, pues me alegra muchísimo verte. Perdona que me vaya así pero es que de verdad que tengo mucha prisa, ¿sabes?. –Y Labrador simpatiquísimo le da dos toquecitos en el hombro y comienza a andar hablando– Llámame un finde y te pasas por casa, y montamos una barbacoa o algo. Que ahora con el tiempito este tan bueno que hace no veas cómo se está en el jardín. Tienes mi teléfono, ¿no? –Y hace una paradita y levanta la mano fingiendo sujetar un auricular, sonriendo. Se gira y se pierde por la esquina.

 

Él se queda de pie, parado, con la bolsa en la mano. Quiere pensar que se ha comportado como un lacónico lord inglés que, con sus silencios y brevedades, ha puesto a Labrador simpatiquísimo en su sitio. Lo peor es que sabe, cuando da el primer paso hacia casa, que es mentira. Que el tipo no sería capaz de darse cuenta de su odio aunque le clavara un puñal en la barriga. Lo peor de la estupidez es que es como el plumaje de un pato: uno repele el agua, la otra la mala hostia.

Llega a casa y coloca la comida dentro de la nevera. Cuelga la bolsa. Se sienta en el sofá sin quitarse la chupa y se queda mirando a la pantalla apagada de la tele. Es ese momento de la mañana en el que el sol ilumina las motas de polvo, en el que los ancianos se quedan traspuestos en sus sillones, en el que los críos no atienden a la profesora porque saben que les queda poco para volver a recuperar la libertad. Y a él se le hace una especie de nudo en la garganta, pero le parece feísimo ponerse a llorar, ahí solo, como el protagonista sensible de una película indie.

No es por la conversación con Labrador, ni por la escenita del supermercado. No es por no tener dinero, ni trabajo. No es por Marta, que se fue porque así no se podía vivir y, aunque le joda y le duela y le destroce, sabe que tenía razón. No es por la chica de la tele a la que los maderos arrastraron por los suelos, por su cara de miedo y estupefacción. O sí. Es por todo eso, pero porque todo eso es a diario, no da tregua, da igual festivo que laboral, mañana, tarde o noche. Permanece como un martillo neumático machacándole el alma.

Pero sobre todo es por el miedo a que nunca vaya a haber nada más. Por si eso es todo lo que queda. Por si sólo resta el epílogo, uno larguísimo pero a la vez muy breve de contenido.

Claro que sabe que algo de trabajo le saldrá, más tarde que pronto. Y sí, a alguien conocerá y será maja y verán series por las noches. Incluso algún día pedirán una pizza y él le dirá al repartidor que se quede con las vueltas. Habrá buenos polvos los sábados por la mañana. Besos en la frente del que parte a trabajar de madrugada al que aún duerme. Pero no es eso.

¿Cuántas veces se puede reconstruir una persona? Si con lo demás tenía la sensación de que el futuro fue ayer con su vida le empezaba a ocurrir algo parecido.

Quizá es por sus padres, por la generación de sus padres. Esa gente que a los veintipocos ya tenía su casa, su familia y un trabajo que, a los más afortunados, les duró hasta que se jubilaron. Los que hoy andan en el principio de la veintena, sospecha, nunca sufrirán de este dolor de estómago. Porque, para bien o para mal, desde que son unos críos ya saben de qué va la cosa y juguetean con el cinismo y la oportunidad como con la plastilina. Pero ellos, los que se comieron las dos o tres últimas décadas del pasado siglo, les tocó educarse en un mundo que se iba a desvanecer. Y lo más jodido es que no se dieron cuenta hasta que fue demasiado tarde. Vete ahora tú a reclamar a la ventanilla. Cerrado. Vuelva usted mañana.

Y ella también le dejó por eso. Porque, al final, cuando las razones son sombrías da igual que estén en lo cierto. ¿Quién necesita a Le Corbusier cuando existe Minecraft?¿Quién se acuerda de Carver pudiendo usar Tinder? ¿Quien quiere a Chris Marker teniendo Youtube? Se prepararon para ser personas, no para ser selfies. Y así les ha ido, claro.

Le llega un mensaje. «Ey, capullo, te acuerdas que hoy habíamos quedado, no? ;)», pues no, no se acordaba. «A las siete y media. Ya.», responde, afirmando para resolver la duda. «Vente mejor a las siete y así hablamos un rato, anda, antes de que lleguen estos, que nos tienes abandonados. Bien, o qué», «Bien, sí. Luego te cuento».

Quien le habla es Emilio, una de las escasas personas a las que puede llamar amigo, ese tipo de gente que sabe dejar espacio cuando hace falta sin perder el contacto, escuchar pero sacar el látigo si la actitud se vuelve plañidera. Algo más centrado, algo más adaptado, pero igual de escéptico ante los espejos y la cotidianidad.

Una de las peores cosas de estar como está es que, aún queriendo –y no siempre quiere–, quedar con los amigos se hace duro incluso contando con su generosidad. Ya no es que un día te paguen los vicios –que, de vez en cuando, son tan necesarios como comer–, sino que no puedes permitir que lo hagan siempre, aunque quieran y les salga de buen grado. Lo peor de no tener dinero es que incluso la bondad de los demás acaba por doler.

Las siguientes horas empiezan en las páginas de un libro y terminan haciendo el muerto en el sofá. No dormir bien por las noches le lleva a que la siesta sea, más que una opción, una necesidad. Luego, en la noche, el sueño de tarde le vuelve a pasar factura. Y así se entra en ese círculo vicioso de la inactividad. Además, no sabe por qué, lo onírico tras comer resulta siempre agitadísimo. En esa jornada sueña que trabaja en unos grandes almacenes, en un lugar parecido a esos edificios de Blade Runner, un gótico metropolitano hecho añicos e inundado por una lluvia incesante. En uno de los pasajes, cuando camina por larguísimos corredores y toma escaleras y ascensores que no le conducen a ninguna parte, una persona le pregunta que cuál es su puesto, a lo que no sabe qué responder. Ya no es que no recuerde exactamente cómo se denomina su ocupación en aquel negocio, pese a tenerlo en la punta de la lengua, es que no acaba de saber bien en qué consiste su trabajo, por qué le han contratado, para qué vale. Y eso le hace sentirse horriblemente mal, en el sueño y cuando despierta.

Se arregla lo que puede y, a pesar de llevar barba, se echa un after–shave de señor que le recuerda a su padre, por parecer alguien más íntegro, supone. Le queda una hora y pico de camino hasta llegar al centro, tren de cercanías mediante. Calcula bien el dinero de ida y vuelta y el resto para tomarse dos. Quizá incluso se tome alguna más y vuelva mañana; no le vendría mal que alguno de estos le dejara un sofá o, mejor aún, que alguna desconocida le metiera entre sus sábanas.

Saca el billete, un cartoncito con raya negra. Podría colarse pero, ni siquiera cuando era adolescente, lo intentó. Odia el orden pero a su vez respeta las reglas más triviales, en una especie de conservadurismo que va unido a esa urbanidad que le enseñaron de pequeño en su casa. Los que ganan, los que están arriba, son los que nunca necesitaron comprar billete, no porque se colaran, si no porque tenían de antemano las puertas abiertas.

De nuevo pitidito. Como de grillo afónico que se pega un susto. Mira el indicador de tiempo de los trenes y apenas quedan un par de minutos para que parta. El siguiente tardará un cuarto de hora.

Prueba en otro torno. Pitidito. Me cagüen la hostia, no me jodas, dice en alto. Va al siguiente, lo mismo. Respira hondo y busca a algún responsable en la estación. No hay nadie. Sólo las máquinas y su zumbido de androides de película de ciencia ficción.

Salta los tornos con torpeza. Echa a correr por las escaleras mecánicas, saltando los escalones de dos en dos. Y justo cuando llega a su boca escucha el sonido de advertencia de cierre de puertas. Corre y toca el botón, hace gestos hacia el retrovisor de la cabina. Pero el tren parte impertérrito.

Y entonces le pasa. Llega primero como el rumor de una avalancha que se escucha muy lejos pero que sabes, al vuelo del primer pájaro posado sobre los pinos, que te acabará alcanzando cuando su ruido se torne ensordecedor. Las piernas le tiemblan, le sudan las manos, la vista se le ensombrece y tiene que ir a apoyarse a una columna. Le cuesta respirar pero a la vez hiperventila.

Da unas hostias con toda su fuerza a la papelera de metal. Una, dos, tres, cuatro, fuera de sí, y se caga en todo lo más fuerte que puede. Como un animal herido, como alguien que ya no puede más.

Y luego estático, inmóvil, cierra los ojos y está así unos segundos, enterrado en la nieve, en la desesperación que se torna serenidad y frío. No le importaría quedarse allí y morir congelado, como Walser.

No es una metáfora. Lo dice en serio. No le importaría morirse.

Aunque al rato de nuevo tenga que empezar a vivir, porque aún no siente que sea el momento. Saca la cabeza de la nieve, toma una bocanada de aire, vuelven los sonidos, la estación, su entorno.

Una mujer y su hija pequeña le están mirando asustadas desde un banco, no sabiendo muy bien si huir o prestarle su ayuda. Cuando sus miradas se cruzan ambos se sienten avergonzados.

Él empieza a caminar hacia el final del andén. Intentando perderlas de vista.

La niña mira a su madre, como preguntando qué ha pasado. La madre mira a la niña: hay gente muy violenta, hija. Y la acaricia, apartándole un poco el pelo de la cara.