Opinion · Otras miradas

“Trabajo sexual” ¿debate universitario?

Pilar Aguilar Carrasco

Analista y crítica de cine

Ante la noticia de que la Universidad de A Coruña organiza una jornada sobre “Trabajo sexual” el movimiento feminista se ha movilizado oponiéndose a que esa institución la promueva, acoja y financie.

Rápidamente quienes consideran que la prostitución es un trabajo como otro cualquiera (e incluso mejor que otros) han replicado acusándonos de dictatoriales.

También ha replicado la propia universidad declarándose espacio libre para la “circulación de ideas” y “foro apropiado para debatir”.

Cabe preguntarse, pues, ¿está bien debatir? ¿todo debe debatirse en todos los espacios? ¿Hay diferencia entre debatir y bendecir?

Antes que nada (y para quienes nos acusan de ponernos a los debates) aclaremos: el debate sobre prostitución existe porque lo ha promovido el feminismo.

En efecto, durante siglos, no hubo debate porque nadie con autoridad de palabra en el espacio público cuestionaba la prostitución. La iglesia la consideraba “un mal necesario” cuyos efectos positivos eran mayores que los negativos (además, estos últimos quedaban “neutralizados” gracias a la confesión).

Por el contrario, el feminismo, desde sus orígenes, señaló la prostitución como esclavitud intolerable, incompatible con la igualdad.

Pero ¿por qué este debate solo ha adquirido magnitud en los últimos tiempos? En primer lugar porque el movimiento feminista tenía sus energías muy acaparadas por una agenda reivindicativa muy perentoria y urgente (derechos civiles, políticos, reproductivos, igualdad legal, violencia contra las mujeres, etc.). En segundo lugar, porque hasta hace unos años la prostitución no era este negocio multinacional de hoy que trafica miles y miles de mujeres por todo el planeta. Y, en tercer lugar, porque el feminismo actual, si bien sigue tendiendo múltiples frentes abiertos (violencia, igualdad laboral y salarial, explotación dentro del hogar, etc. etc.) ha marcado como lucha perentoria la no sumisión de nuestro cuerpo al deseo ajeno.

Es decir, el joven movimiento feminista afirma que es necesario acabar con la imposición patriarcal de que nuestro cuerpo esté a disposición de los varones. Varones que, si son un poco “brutotes”, lo cogen a la fuerza y si son más “finos” pagan (pagan de diversas maneras: o con dinero o, si tienen poder e influencia, con “favores”).

Repito y afirmo: hoy en día, la prostitución se debate gracias al feminismo ¿o alguien tiene la desvergüenza de negarlo?

¿Entonces? ¿Por qué no en la universidad? Pues porque ciertas posiciones y proposiciones deben debatirse, sí, pero no financiarse, ni promocionarse desde las instituciones.

Porque ya, a estas alturas de siglo, aceptar que la prostitución pueda ser un trabajo (“Trabajo sexual”, lo llaman) supone aceptar barbaries en cadena, tales como:

– Si un profesor le propone a una alumna sodomizarla, le está proponiendo un trabajito extra ¿no?

– Si se legaliza la prostitución ¿podremos escandalizarnos de que se incluya como un quehacer más en los contratos? ¿Y en los contratos de quién? Pues, en primer lugar, de las mujeres más precarizadas: “Limpiar el baño y dejarse sodomizar por el señorito”. “Cuidar al anciano y chuparle los genitales dos veces por semana”. ¿O alguien lo duda?

– La violación ya no sería un grave delito sino un simple hurto o robo. Si los cuerpos son susceptibles de trato comercial, cogerlos sin pagar está mal y quebranta la ley, por supuesto. La chica violada (prostituta o no) “no quería”. Bueno, quizá tampoco quiera vender su móvil. Y quienes se lo lleven deben ser penalizados. Ahora bien, seamos sensatos: por poco que valga el móvil, en el 90% de los casos, su robo se deberá penar más que una violación porque, en cualquier esquina, el cuerpo de las mujeres “vale” 20 o 30€ ¿hay móviles por menos de 100?

– Si la universidad acoge y financia una jornada que propone la prostitución como trabajo ¿por qué no otra que defienda la compra-venta de órganos? Seguro que en ciertos países (no digamos ya en campos de refugiados o en zonas siniestradas donde comer es una proeza) habría más personas dispuestas a vender un riñón o una córnea que a ser traficadas en burdeles, polígonos o rotondas… Y este comercio se puede justificar con los mismos argumentos que se usan para promover la legalización de la prostitución: “Es innegable que esta realidad existe. Miremos las cosas de frente. No seamos obtusos ni pacatos. Además, redundaría en beneficio de los vendedores porque así podrían ser operados con garantías sanitarias”.

Son solo unos ejemplillos básicos para quienes no entienden la gravedad de lo que se dirime detrás de la legalización de la prostitución: la imposibilidad de alcanzar la igualdad mientras se siga cosificando el cuerpo de las mujeres y normalizando su uso al servicio del placer masculino.

Acabemos con ironía: apoyo las propuestas de Laura de Lázaro. A saber, no debemos continuar ignorando ciertas realidades que se dan en la universidad. Promovamos jornadas sobre cómo montar “Másteres ficticios para altos cargos”, o sobre “Universidad y endogamia: elaboración de árboles genealógicos para no perderse en el entramado familiar”, etc. etc. ¿Son o no son temas atractivos?