Opinion · Otras miradas

El Laberinto de la Academia. La tesis doctoral: un viaje de ida y vuelta

Esther Velázquez Alonso

Profesora Titular de Universidad (Universidad Pablo de Olavide), Terapeuta Gestalt. esthervelazquez.wordpress.com ; laberintoacademia.com

El Laberinto de la Academia no es más que la loca idea de humanizar la universidad y devolver la salud mental a la institución a través de su eslabón más joven, los estudiantes de doctorado.

La Universidad, ese espacio reservado a la creación de pensamiento libre, se ha ido deshumanizando con los años y todos los que vivimos por y para la institución lo sabemos, aunque nos lo neguemos a nosotros mismos. Los pasillos universitarios están rebosantes de egos y vanidades de las que ninguno escapamos y con las que tapamos todos nuestros miedos, inseguridades, bloqueos, ansiedades, soledades… Nada de esto conoce el profano que solo intuye la institución por su cara amable y por el prestigio y reconocimiento social que se nos supone a los académicos.

Pero esto no es más que la sintomatología de una enfermedad más profunda arraigada en el alma de la propia institución, en nuestra propia alma. Una enfermedad que hace de la malsana competitividad y de la mal entendida «excelencia» su bandera. Una enfermedad que, a fuerza de no ser vista ni reconocida, se va extendiendo de manera silenciosa por los oscuros y húmedos recovecos de este laberinto.

Desde el conocimiento profundo de estos pasillos académicos y del dolor de mi propia alma, me propuse llevar algo de salud a la institución, comenzando por mi misma (como no puede ser de otra forma) y después ofrecerlo a los doctorandos, aquellos jóvenes que un día ilusionados comienzan su tesis doctoral, sin conocimiento previo de las vueltas y revueltas de este laberinto. Así creé el Laberinto de la Academia como un grupo de acompañamiento académico y terapéutico a estudiantes de doctorado. Nos reunimos una vez al mes, de manera presencial en Sevilla (en Espacio Búho Blanco), para tratar en un ambiente de confianza y seguridad todos estos miedos, ansiedades, bloqueos, soledades… Cuando un estudiante se ve reflejado en la soledad del otro, cuando se da cuenta que su miedo es el mismo miedo del compañero o compañera; cuando puede ser él o ella misma, puede quitarse la careta y compartir sin miedo a ser juzgado; cuando puede expresarse, llorar, reír, balbucear… y darse cuenta que no pasa nada; cuando en definitiva le dan espacio a sus miedos más recónditos, solo entonces es cuando pueden tomar esa fuerza que un día, a base de esconderla tras la impostura, olvidaron. Trabajamos la parte más creativa e intuitiva que todos y todas llevamos dentro para recuperar nuestra esencia, esa que nos va a permitir llegar al centro del Laberinto y dar muerte al Minotauro para conseguir, no solo el ansiado título de doctor o doctora, sino conseguirlo sin enfermar. Este viaje es de ida y vuelta; es importante no quedarse en el centro del Laberinto una vez ya doctorado, porque en ese centro solo hay enfermedad y podredumbre. Hay que salir del laberinto (metafóricamente hablando) y regresar a la Vida.

A partir de estos grupos me animé a difundir la necesidad de sanar la universidad escribiendo el libro del Laberinto de la Academia. Me di cuenta que si ellos, ese eslabón más joven, enferman (y mi propia experiencia como doctoranda y la que ahora tengo como profesora universitaria y terapeuta así lo confirma) es porque la propia institución lo está. Por esto, el libro es también un reclamo para que los dirigentes políticos y académicos se tomen en serio la salud mental de la Academia y pongan los recursos y medios necesarios para abordar este tema con la seriedad y rigurosidad que merece.

La competitividad y la falsa excelencia no pueden ser el sello de calidad de los trabajos académicos y mucho menos del día a día universitario. Ya lo decía Margulis, en la Naturaleza se avanza más cooperando que compitiendo; y desde el convencimiento profundo de que somos parte de esta «Naturaleza», propongo la cooperación, la ayuda, el acompañamiento… la humanización en definitiva de la Universidad. Reclamo el Amor con mayúsculas para la institución, esta palabra tan maltraída y tan mal entendida. La idea es ir «sanando», humanizando con amor, desde la base para que el árbol pueda florecer en todo su esplendor la próxima primavera.