Opinion · Otras miradas

La libertad y el debate

Pilar Aguilar Carrasco

Analista y crítica de cine

Anotaciones al artículo de Clara Serra, titulado ‘Prohibido debatir

Clara Serra empieza su artículo defendiendo que los ciudadanos podamos criticar a los poderes e instituciones del estado (no sé si existe alguien que lo cuestione…) y hablando de la necesidad de “desmasculinizar” (¿?) la política. Elude, sin embargo, el verdadero problema que plantea la libertad de expresión, a saber: cómo armonizarla con otras libertades y derechos. En todos los países democráticos existen leyes que acotan la libertad de expresión porque, por encima de esta, sitúan los derechos humanos y la dignidad de las personas ya que, ni los primeros ni las segundas deben ser denigradas impunemente. Así, en Francia, por ejemplo, no está permitido negar la Shoah, ni hacer propaganda de las bondades del exterminio de los judíos, ni propagar odio racista.

A nadie se le escapa, por supuesto que, incluso cuando los principios están claros, en la práctica, puede resultar complejo delimitar y armonizar en su justa medida unas y otras exigencias.

Parece que Serra sí lo tiene clarísimo: la libertad de expresión prima siempre. Por eso, aprueba, sin reservas, la jornada sobre “Trabajo sexual” que iba a celebrarse en la universidad de A Coruña. Aduce que, al igual que los diputados de VOX pueden expresarse en el parlamento, el sindicato OTRAS puede hacerlo en la universidad. Sorprende que Serra –que es diputada- confunda legitimidades tan absolutamente disímiles: los diputados son representantes democráticamente elegidos y OTRAS no solo no representa a nadie (aunque aseguren lo contrario), sino que ha sido inhabilitado por la Audiencia Nacional. Y, sorprende que Serra confunda, además, foros y ámbitos de expresión tan diferentes. Así, Vox puede defender en el parlamento propuestas xenófobas. Pero ¿eso implica que la universidad deba acoger y financiar un encuentro sobre, por ejemplo: “Método eficaz para impedir la entrada de indocumentados en Ceuta y Melilla: electrificar las vallas con mil voltios”?

Serra alega, además, que el debate sobre la prostitución está en la actualidad social y la universidad no debe ignorarlo.

¿Basta, pues, con que un tema sea controvertido y esté respaldado por parte de la opinión pública para que la universidad lo ampare y acoja? Si aplicamos exclusivamente tales criterios, podrían celebrarse jornadas sobre otros muchos asuntos que también son muy discutidos en la sociedad. Por ejemplo: “Las chicas jóvenes que salen por la noche solas y, encima, beben, no pueden quejarse si luego pasa lo que pasa” o “Los musulmanes que viven en España, que se conviertan, o se vayan” o “Solución para el problema nacionalista: que el ejército ocupe Cataluña”. Podría haber, incluso, encuentros sobre quién debe ganar este o aquel otro concurso televisivo … Temas no faltarían, no.

Las abolicionistas, por el contrario, decimos que no todo vale y que concretamente, en el caso que nos ocupa, la universidad no debe promover ni financiar la defensa de la prostitución como “Trabajo sexual”.

Lo que no significa, ni mucho menos, que prohibamos a nadie debatir.

Es más, tal y como señalé el otro día en estas páginas ¿quién si no las abolicionistas han hecho que la prostitución se debata? ¿Quién ha agitado las aguas patriarcales, tan tranquilas durante siglos? ¿Los proxenetas, los traficantes, la iglesia, los puteros, las regulacionistas? No, ha sido el feminismo el que, desde sus orígenes, señaló la prostitución como lacra, como privilegio y abuso masculino.

Y como ya dije en el artículo al que acabo de referirme, si el feminismo actual ha puesto en primera línea de su agenda el abolicionismo es porque ha comprendido que es imposible avanzar eficazmente en la lucha contra las violencias sexuales mientras siga estando normalizado el hecho de que, por una determinada cantidad de dinero, cualquier hombre puede tener acceso a cualquier mujer que necesite esa cantidad (y digo que necesite aún a sabiendas de que algunos sostienen que “las prostitutas lo son porque les gusta”).

No, nadie puede acusar a las abolicionistas de rehuir el debate. Pero, por el contrario, nosotras, las abolicionistas, sí podemos afirmar que, en múltiples ocasiones, cuando hemos querido introducirlo, las regulacionistas se han negado, aduciendo que no se debía discutir para no “dividir al movimiento feminista”. Esto exactamente es lo que las alegaron una y otra vez en las reuniones preparatorias del 8 de marzo.

Espero que, después de la encendida campaña que están haciendo en defensa de la libertad de expresión, no obstaculicen ni entorpezcan nunca más este debate.

Clara Serra, a pesar de que en su artículo nos ha llamado intolerantes, dogmáticas, censoras, totalitarias, soberbias, burguesas y sectarias… termina diciendo: “consideramos que tenemos compañeras al otro lado de este debate y que tenemos mucho que hablar con ellas”. Suena casi enternecedor… La ternura se nos hiela cuando comprobamos, una vez más, que Serra no escucha lo que plantea el abolicionismo y por eso, en vez de rebatir nuestras propuestas, se limita a acusarnos de estigmatizar a las prostitutas, de negarles derechos, de ser insensibles a los problemas que padecen… Y se empeña en que hay mujeres que solo pueden ser “o putas o nada”.