Opinion · Otras miradas

El turbante electoral de Trudeau

Trudeau es un hombre sensible y simpático. Es el rostro feliz de una democracia tolerante. Lo mismo atiende las peticiones del colectivo LGTBI, como las de los musulmanes canadienses. Y parece que lo hace con sinceridad.

Es un presidente simpático, guapo, y sin bolsas en los ojos. Es inimaginable que personajes así formen parte de las cloacas, o Estados paralelos.

Hay un punto de fatalismo en la política. El poder contiene todas las pasiones, traiciones y problemas casi irresolubles, que están en su propia naturaleza. Sin embargo, Trudeau es un  personaje de Disney que debería de estar al frente de un gobierno global, dirigido por gentes justas y alegres.

Pero una foto del año 2001 ha ensuciado la imagen de este político de diseño ideal. Aparece pintado de negro, con un turbante oriental. El Consejo Nacional de Musulmanes Canadienses ha denunciado el acto “reprobable y recuerda una historia de racismo y una mitología orientalista que es inaceptable». El primer ministro canadiense se disfrazó de Aladino-rey, lo que debe de ser muy exótico en América, el extremo Occidente del mundo conocido. En la fotografía aparecen varias mujeres, en una fiesta llamada “Noches árabes”, lo que nos da una idea aproximada del cariz intercultural de este evento en uno de los institutos privados más elitistas de Vancouver.

Información de 'Time' sobre la fiesta de 2001 en la que Justin Trudeau, ahora primer ministro de Canadá, participó con la cara pintada de negro y vestido de árabe.
Información de ‘Time’ sobre la fiesta de 2001 en la que Justin Trudeau, ahora primer ministro de Canadá, participó con la cara pintada de negro y vestido de árabe.

El primer ministro ha pedido perdón a sus ciudadanos/as y a los que están a punto de serlo, algunos/as procedentes de las guerras sirias y orientales.

Desde aquí, el revuelo parece hiperbólico. Sería interesante que los dirigentes del Consejo Nacional de Musulmanes visitaran España para observar el estado de la cuestión: fiestas patronales donde moros y cristianos se disparan a quemarropa, santos pisando con sus caballos cráneos sarracenos, y una prolífica iconografía dedicada a mostrar la superioridad de la radiante cruz sobre la pálida luna.

Según el primer ministro se vistió de Aladino, pero más bien parece un rey Baltasar. La comunidad cristiana oriental estaría en su derecho de sentirse agraviada, pero guardan silencio. ¿Por qué se sienten concernidos los musulmanes cuando se habla de Oriente o de los árabes?

En efecto, el orientalismo del XIX hizo un daño formidable a esas sociedades. Existía un fin: el explotador debe de ser radicalmente diferente del explotado, de tal manera que facilite la tarea del expolio.

Pero el conquistador cultural también dejó su visión sobre Oriente, lo que en las últimas décadas ha configurado su propia imagen. Incluso a día de hoy, existen reyes caprichosos y sanguinarios, que derrochan espuertas de oro en millonarios yates y burdeles. “Oriente” ha devuelto lo que se esperaba de ellos, pero de un modo grotesco, en un acto reflejo, de tal manera que se interpretan los papeles por consenso.

Trudeau era un chiquillo elitista cuando decidió colorearse de negro, lo que en realidad es extraño, porque a pocas personas de raza negra se les ocurriría teñirse la tez de blanco.

El tema de las noches árabes, a esa edad, es comprensible. En definitiva, el 21 de octubre son las elecciones en Canadá.