Otras miradas

¿Y para cuándo los niños?

Pixabay.
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Hace poco le organizamos una fiesta sorpresa a una de mis mejores amigas. Compramos globos con forma de los números 3 y 5 y todo lo necesario para picotear durante la noche. Una vez dada la sorpresa, salimos a la terraza y hablamos largo y tendido sobre cómo nos iba todo. El trabajo ocupaba gran parte de la conversación hasta que una persona dijo: Bueno, ¿y para cuándo los niños?

Hubo un silencio generalizado y alguna risa. Mis amigas y yo solemos hablar abiertamente de la maternidad, lo que siempre me ha hecho sentir bien porque nos ha permitido compartir inquietudes con total franqueza. Ya no recuerdo cómo, pero empezamos a hablar sobre la congelación de óvulos. "Ahora no voy ser madre, pero quiero guardar algunos óvulos por si acaso", dijo una.

Esa frase me marcó. Entendí que el cuerpo humano tiene su propia hoja de ruta y no entiende que los treinta sean los nuevos veinte. Que aunque comamos pizza, vayamos de festivales y vivamos de alquiler, nos hacemos mayores y dejamos pasar trenes o, sencillamente, los trenes se nos escapan. Eso me generó desasosiego.

Semanas después encontré refugio en El vientre vacío de la periodista Noemí López Trujillo, que aborda de forma valiente y sincera el miedo a ser madre pero también el miedo a no poder serlo nunca. En su libro recorre las historias de varias mujeres que explican cómo sus vidas y sus cuerpos han sido "atravesados por la precariedad".

Cuando quiera y pueda tener un hijo, ¿será demasiado tarde? Me pregunto al conocer una de estas historias. En su recién publicado relato, la periodista habla de la ansiedad que genera pensar que no eres dueña de tus propias decisiones, algunas tan importantes como ser madre. También apunta al cortoplacismo en el que vivimos: "Compra lo que vas a cenar hoy, ya veremos qué comes mañana; quizá en un mes no tengas trabajo; recuerda que en un año acaba el alquiler de tu piso". ¿Cómo voy a plantearme tener un bebé si no puedo planificar nada en mi vida de aquí a los próximos tres meses? Cuando la inmediatez ha conquistado cada parte de tu vida, el largo plazo da vértigo.

Cuando quiera y pueda tener un hijo, ¿será demasiado tarde? Me repito de nuevo. Uso los verbos querer y poder porque ambos son relevantes. En primer lugar, por desgracia ser mujer sigue asociado a querer ser madre. Que tengamos ese poder no implica que queramos y debamos usarlo. Hay que dejar de presionar y juzgar sistemáticamente a las mujeres que han decidido libremente no querer tener hijos, como también a aquellas que desean serlo cómo y cuándo ellas quieren.

En segundo lugar, y no por ello menos complejo, está el poder ser madre. La periodista Noemí López Trujillo desmitifica en su libro que vivamos en una sociedad simplemente posmaterialista y pone de manifiesto la falta de seguridad y estabilidad (personal, laboral y económica) como eje central en la toma de decisiones de las mujeres de nuestra generación.

Cuando la precariedad marchita el sueño de ser madre

No es fácil admitir que viviremos peor que nuestros padres. A la mente me vienen las palabras frustración y miedo. Nuestra generación se enfrenta a un contexto nuevo para el que no hay mapas ni indicadores. Noemí López Trujillo se adentra en la precarización generalizada de la vida de las mujeres jóvenes y en cómo la crisis económica ha marchitado su sueño de ser madre.

Tal y como refleja en El vientre vacío, los problemas laborales y de conciliación están entre las principales razones para retrasar la maternidad: "Según el INE, más de tres millones de mujeres de entre 18 y 50 años –todas las edades comprendidas en la muestra– aseguran que han tenido los hijos más tarde de lo que hubieran querido". Nuestro país encabeza el retraso de la maternidad en Europa y tiene la edad de tener el primer hijo más elevada del mundo, según la Encuesta de Fecundidad.

A la ecuación hay que sumar la imposibilidad para la gran mayoría de mujeres de conciliar la vida personal y profesional. Ante la imprevisibilidad del mercado laboral y el empeoramiento de las condiciones de trabajo, muchas jóvenes tienen miedo a ser despedidas y a quedarse embarazadas en el paro.

Ahondando sobre la situación del mercado laboral descubro que más de un cuarto de las mujeres jóvenes en España (25,7%, según Eurostat) está en paro. Esta tasa de paro juvenil es más de 14 puntos superior a la de la media de la UE-28. Por otro lado, las jóvenes en España que han conseguido meter la cabeza en el mercado laboral, llevan encadenando becas, prácticas y trabajos temporales desde que terminaron de estudiar y en estos momentos malviven con sueldos que apenas superan el salario mínimo, que se sitúa en los 900 euros mensuales.

Con estos mimbres no sorprende la última cifra publicada por en la Encuesta de Condiciones de Vida del INE: un 31,2% de las mujeres en España, de entre 16 y 29 años, vive en riesgo de pobreza. Ese dato retumbó en mi cabeza. Es una cifra escalofriante que no solo pone de manifiesto la situación de precariedad de una generación, sino también el riesgo que supone tener un hijo o hija en esas condiciones.

Actualmente la pobreza y la exclusión afectan a un 26,8% de los menores en España; es decir, a 2,1 millones de niños y niñas, según el INE. "Me aterra la posibilidad de formar una familia que, algún día, pase a engrosar esa estadística", señala Noemí López Trujillo.

La periodista hace un sencillo cálculo en su libro: cuánto dinero tengo y cuánto cuesta tener un hijo. El resultado tampoco es esperanzador. Las jóvenes entre 20 y 24 años, ganan de media 10.171 euros al año, según la Encuesta de Estructura Salarial del INE, y las mujeres entre 25 y 29 años, 15.129 euros anuales. Por otro lado, se estima que el coste mínimo para criar a un niño o niña cubriendo sus necesidades más básicas oscila de entre 480 euros y 590 euros mensuales, según cifras de Save the Children. A ello habría que sumar, además, el precio de la vivienda.

En este contexto, es de suponer que el Estado debería apostar no solo proteger a la población joven que se encuentra en situación de vulnerabilidad, sino en facilitar que las jóvenes que quieren ser madres puedan tener hijos. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: España solo invierte el 1,3% del PIB en prestaciones familiares, frente al 2,4% de media de los países de la OCDE. Somos el séptimo país de la UE que destina menos proporción del gasto en protección social a las familias, según Eurostat.

Noemí López Trujillo señala sabiamente que la única solución, el único chaleco salvavidas que se ofrece a las mujeres jóvenes que desean ser madres y no pueden, es la congelación de óvulos. "Muchas de nosotras acabaremos pagando para poder ser madres a destiempo, lo cual es perfecto en la lógica capitalista: obedeces los tiempos del mercado laboral para luego verte obligada a invertir dinero en tu propia maternidad", denuncia en su libro.

La congelación de óvulos, esa idea que para nuestros padres y madres es sin duda ciencia ficción, ha calado entre las jóvenes, también entre mis amigas. El miedo a no poder ser madre nos está haciendo pagar precios desorbitados por servicios que, como señala la periodista en su libro, no sabemos hasta qué punto son efectivos.

Es cierto que estamos expuestas a roles de género, discriminación social, laboral y económica, y muchas vivimos inmersas en un contexto de incertidumbre y precariedad. Sin embargo, también somos la generación con más información sobre la maternidad: sabemos cómo es un parto, que consecuencias tiene y que responsabilidades conlleva dar el paso. ¿Quizás sea esto lo que nos frene en comparación a la generación anterior, además del contexto de precariedad? ¿Se planteaban nuestras madres todo lo que nos planteamos nosotras? Yo creo que no.

Soy consciente de que aunque leemos y hablamos del empoderamiento de la mujer y cada año en el 8M gritamos en la calle "Mi cuerpo es mío y yo decido" o "Nosotras parimos, nosotras decidimos", en realidad esto no es así. Como señala Noemí López Trujillo en su libro, ¿acaso no están "nuestros cuerpos atravesados por la precariedad"?

Las jóvenes que comenzaron su vida adulta durante la crisis piensan más en las consecuencias de ser madre frente a un futuro incierto y un mercado laboral que las penaliza. La precariedad amenaza y acecha a las mujeres y condiciona las decisiones que toman sobre su cuerpo.

Las mujeres no debemos caer en el error de normalizar la precariedad. No debemos renunciar a poder decidir sobre nuestro cuerpo, a poder decidir cómo y cuándo ser madres –si es que deseamos serlo–. Pero sobre todo, y tal y como apunta Noemí López Trujillo, las mujeres debemos acuerparnos y "conjurar una resistencia conjunta al vacío".