Opinion · Otras miradas

Rojo come rojo

José Ángel Hidalgo

Funcionario de prisiones, escritor y periodista

Foto de archivo de 2014, del líder de Podemos, Pablo Iglesias, con algunos de los miembros del Consejo Estatal Ciudadano elegido en la asamblea conocida como Vistalegre I. EFE/Chema Moya
Foto de archivo de 2014, del líder de Podemos, Pablo Iglesias, con algunos de los miembros del Consejo Estatal Ciudadano elegido en la asamblea conocida como Vistalegre I. EFE/Chema Moya

Cartas rebosantes de dignidad propia, tuits feroces, literatura en fin, ¡y no es mala! Sí, hemos pasado del piolet de Mercader clavado en la cabeza de Trotski, a la fulminación del oponente a través de la palabra escrita, lo cual no deja de ser un avance civilizatorio. Clara Serra, por mencionar la última peripecia de esta guerra cruenta que se desató entre rojos ya en tiempos de Espartaco, denuncia por carta la insoportable situación que vive en Más Madrid: acuciada por las más elevadas razones morales, no le ha quedado otra salida que la de dimitir.

No puede uno sino admirarse ante la terca demostración de cómo la cadena infinita de querellas de la izquierda, perdidas en lo oscuro de los tiempos como un relato de terror mítico cuajado de odio y vinagres, no terminará nunca de culminar en un estado de compromiso eficaz por sereno (aunque no sea plácido) en la defensa de los más humildes.

Esta masacre inacabable nos revela que aquellos que han tomado la noble decisión hacer suya la causa de los menesterosos nunca se han puesto entre sí de acuerdo, por un lado; y por otro, que nunca les ha temblado la mano a la hora de exterminarse política y personalmente.

No deja de ser una certeza histórica estremecedora, ¡y aún más en Madrid! ¡Qué tendrá esta ciudad! En la historia más reciente, casi quemándonos en su recuerdo, grandes nombres como Tomás Gómez, o Tania Sánchez, por poner dos ejemplos de los miles que hay, jalonan con detalles patéticos, insultos y hasta desahucios lo que es la guerra entre aquellos que un día llegan y se postulan en política con los más nobles propósitos.

En las páginas recientes de los periódicos, los nombres en liza feroz son Juan Carlos, Íñigo, Pablo o Rita, y ayer mismo Isa y su hermana Clara, rojas ambas que parecen querer infligir un daño a otro rojo, Errejón, que a su vez ha decidido chinchar las expectativas electorales de otro ex camarada y ex amigo del alma, porque éste le chinchó a su vez ya no me acuerdo en qué plaza; y todos juntos parecen empeñados en un objetivo común, no obstante, y es poner en riesgo las expectativas de triunfo que hubiera ante las elecciones del 10 de noviembre, más que nada por el ruido malsano y el desánimo que generan sus odiosas trifulcas.

¡Menudo panorama!

Si paseas a la noche por las calles de Lavapiés, por mencionar un barrio donde residen incondicionales y detractores de la docena larga de partidos, bandas o corrientes que habrá, se pueden escuchar las piedras de afilar a pleno rendimiento. Saltan chispas de los balcones abiertos por las altas temperaturas de este otoño, pero no para acometer de madrugada a la derecha que todo lo tiene y aun así no deja de oprimir, vejar y robar a manos llenas, qué va: unos rojos y otros afilan las armas para rebanar (políticamente) el pescuezo del camarada hostil que toque en suerte. ¡Y nunca falta donde elegir!

Quizás haya que buscar la explicación a esta guerra cruenta e interminable en la raigambre de los centros de dolor y placer que, instalados en lo más profundo del cerebro, condicionan desde tiempos prehistóricos todo comportamiento humano: es la búsqueda del recurso inmediato y la repugnancia a perder el propio para que otro ajeno lo gane, aunque el motivo de esta cesión sea de interés general.

Aunque no inexacta, a mí esta teoría ‘reptiliana’ me parece desprovista de ambición. Pienso que lo que la izquierda se merece para explicar su constante fratricidio es una buena sátira, una que sea de partirse la espalda de la risa, pero que también nos ponga (por mero patetismo) los vellos en punta.

La que le viene al pelo es la peripecia de la Trampa de la Espuela Torcida. Pyckal, el Barón y Ciumkala, tres socios polacos emigrados a la Argentina, poseen una empresa Equino-Canina en Buenos Aires: a lo largo del tiempo se han dedicado a agredirse, insultarse y despreciarse, lo que les ha granjeado un pandemónium de querellas judiciales y el resquemor eterno de los desaires sin cuento.

Siguen juntos no obstante el daño mutuo infligido, defendiendo el mismo interés empresarial que no es otro que el de vender sus perros y caballos; hasta que un día, hartos, deciden medirse en duelo para saldar cuentas; se batirán los tres, más el Contable de la empresa y el protagonista de la historia, Witold, trasunto del propio autor, el polaco Witold Gombrowicz. Nos lo cuenta en su novela Transatlántico.

El arma elegida para agredirse inhumanamente es la espuela, pero para hacerlas más terribles les tuercen las puntas, un verdadero horror: todos se las calzan, no obstante, y casi de inmediato y con cualquier excusa, disenso o razón, comienzan a clavárselas a patadas en muslos, costados y pantorrillas. Las heridas espeluznan porque, tras cada incisión, quedan enganchados entre sí como en una pesadilla de El Bosco.

(…) el Barón le clavó la espuela a Pyckal, y éste al Barón, y así fue como cayeron en la Trampa, sin poder hacer ya ningún movimiento” nos cuenta el escritor.

Es un gran momento literario: el sufrimiento que sienten es insoportable y, no obstante, son incapaces de huir y dejar de vigilarse los unos a los otros: en efecto, han caído en la Trampa.

El Contable, con los ojos salidos de las órbitas al observar el dolor de los otros, se calza su propia espuela lanzándose como un poseso contra Pyckal y el Barón, “los Punzó, los Pateó, los desangró tan despiadadamente que aullaban como Perros”.

Este personaje intelectualiza la carnicería: mientras inserta su arma en carne ajena, exclama casi en trance, como poseído, “¡para que nadie se aproveche de nuestra Bondad hemos de ser Terribles! (…) si (os) diera algo de Libertad me descuartizaríais..!”. Vaya con el Contable, menudo tipo…

Es Transatlántico una portentosa sátira de Gombrowicz que retrata lo más absurdo de nuestro comportamiento. Aunque no sé si para mi estado de ánimo político, en virtud del cual quizás querría infligir a los líderes que me representan un castigo aún mayor que el de la espuela, igual se queda un pelín corta.

¡No os la perdáis en todo caso!