Otras miradas

Sefardíes: Limpieza de sangre a la inversa

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

EFE
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La reparación moral con carácter retroactivo implica riesgos, pero también oportunidades políticas, como la ley de nacionalidad española para los sefardíes, impulsada por Gallardón y Margallo en el año 2012, y aprobada por el gobierno de Rajoy en el año 2015.

Esta ley otorga la nacionalidad española a los sefardíes expulsados de un país que no existía aún. Porque los judíos sefardíes vivieron bajo diferentes jurisdicciones, y la igualdad antes las leyes es lo que conforma  un Estado-Nación. Sin embargo, hay algo de justicia poética en todo esto.

El movimiento pro-sefardita surge a comienzos del siglo XX, y fue promovido por Ángel Pulido FernándezSe produjo tras una crisis social enorme, años después de la mutilación de los territorios americanos. En 1909 se abren las primeras sinagogas, y en 1924 se promulga un real decreto para el retorno de los sefardíes, pero costaba una fortuna pagar las tasas, y solo unas 3000 personas lo solicitaron. Casi un siglo después, y en medio también de una crisis humillante (2012), los principales partidos impulsaron una ley que tiene un valor simbólico fascinante.

Pulido Fernández y otros consideraban la expulsión de 1492 como una "pérdida intelectual". Además, aquellos sefarditas del XIX eran buenos comerciantes en el Mediterráneo oriental, aunque Pulido no conoció la pobreza que sufrían en otros países orientales. Tal vez la ley del 2015 busque ganar en calidad y cualificación, después de la sangría de ingenieros rumbo a Germania, o bien trata de neutralizar las falsas maldiciones hebreas, como la atribuida al financiero y exégeta Isaac Abravanel, padre de León el Hebreo. El financiero de los reyes, en respuesta al edicto de expulsión, despreciaba a "España" y auguraba una inminente catástrofe. En realidad, esa respuesta fue una invención contemporánea que merece su análisis. La Historia para algunos no es el estudio de la complejidad del pasado, sino la interpretación que se hace desde el tiempo presente.

En definitiva 127.000 sefardíes han solicitado la nacionalidad, la mayoría americanos y facilita otras regularizaciones más polémicas y traumáticas.

Si antaño los sefardíes ocultaban "su sangre", hoy necesitan demostrar la pureza de su linaje para ser reconocidos como auténticos españoles.

La realidad es que los sefardíes son hermanos étnicos y culturales de los hispanos, aunque algunos se empeñen en ondear la bandera de Sem. Lo explica bien el profesor Shlomo Sand en su aclamada obra La invención del pueblo judío.

Los mitos fundacionales hay que cuidarlos. Retornar al origen en momentos de angustia y crisis tiene un efecto terapéutico. Los hispanos eran los marrani de Europa, y sin embargo sus tercios se convirtieron en guerreros de la ortodoxia.

Pero a los sefarditas les robaron sus propiedades e identidad. Y esto no era privativo de los reinos de las antiguas Españas, sino de la totalidad de Europa.

Si han reparado la memoria de Sefarad, tienen que hacer lo propio con los moriscos. El vínculo sentimental que tienen con la península es evidente. Algunos conservan las llaves de sus casas granadinas, papeles y títulos incluso después de la revolución católica. Los Torre, Sordo, Bermejo o Segura hablan con nostalgia de su vergel perdido, y respiran hispanidad en sus mejores sueños.

Los reconocimientos nacionales ya tienen consecuencias que van a perdurar. La expulsión de los herejes moriscos de Castilla y la Corona de Aragón descapitalizó la península y la empobreció. Reconocer esa injusticia implica revelar un doble daño: el que se causó la monarquía, y el monstruoso dolor a miles de familias.

La antigua monarquía católica sobrevivió al mentiroso anatema hebreo, aunque se ganó la animadversión de sus hermanos étnicos, aunque judíos. Los sefardíes han quedado desdibujados, pero si antaño era necesaria la homogeneización religiosa y política para afianzar el poder regio, hoy es justo lo contrario, y no hay país que sobreviva sin diversidad, como si la definición de las sociedades actuales fuera su permanente disolución, después del desastre de los experimentos de homogeneización social y política del pasado siglo.

Si el PP reconoció con justicia a los sefarditas, con el apoyo socialista, los de Sánchez podrían reconocer la memoria morisca, aunque es de esperar la negativa del yunque y la santa obra de la diestra más rebelde.  No importa la inexistencia del Estado Nación cuando eso sucedió, ni la imposibilidad de homologar confesión y ciudadanía. Las reparaciones éticas comienzan con la política, como debe de ser.