Otras miradas

El futuro es verde, violeta y diverso

FJRebollero

@fjrebollero

Imaginemos, por un momento, que tenemos que hacer un viaje largo. A la otra punta del planeta, donde, después de atravesar los océanos y mares de nuestro mundo, nos espera un nuevo futuro en el que, sabemos, viviremos mejor de lo que lo hemos hecho hasta ahora. Iniciaríamos el camino solos, no sin antes contar con obstáculos que impidiesen que se llevase a buen término; y, al final, nos daríamos cuenta de que solas la vida es más difícil. Entonces, pensaríamos e intentaríamos convencer, que lleva consigo un acto de autoaprendizaje, a otras personas para que siguiesen nuestros pasos: "llegar a nuestra Arcadia nos beneficia a todas", les diríamos. No con éxito al principio.

Tiempo después, quizá mucho menos del que imaginamos, contaríamos con centenares de personas a nuestro alrededor que querrían, con más o menos éxito, pertenecer a nuestro sueño de alcanzar un mundo mejor. Con esa capacidad persuasiva, habremos conseguido que unas personas, quizá decenas, quizá más, se sientan atraídas y que quieran remar a favor. Entonces habríamos conseguido un viento de cola perfecto para conseguir nuestro objetivo: algo mejor de lo que tenemos que nos beneficia a todas, que nos hará dejar de soñar para empezar a vivir.

En definitiva, todos y todas soñamos con un mundo mejor, más justo. Un mundo que puedan heredar quienes nos suceden y que se perpetúe en el tiempo con una capacidad infinita. El vuelco hacia el individualismo, sin embargo, hace más difícil, por no decir imposible, que nuestro deseo, aquel deseo lícito de conquistar derechos y libertades en una sociedad restrictiva, se cumpla.

Hace unos días una chica me preguntó abiertamente y sin pudor que para qué sirve, en este siglo XXI, un sindicato. Y la entendí. Jóvenes; ese es nuestro mayor ‘error’, o quizá nuestra mayor fortaleza. Jóvenes e inexpertos. Jóvenes y vehementes, quizá demasiado, pero con capacidad y fortaleza, hemos sido educados en la cultura del ‘yo solito puedo alcanzar tal o cual cosa, no importan los factores ambientales, lo importante es que sé que tengo fuerza para cambiar solo el mundo’. Y así se nos ha adoctrinado desde el capitalismo más atroz, aquel que sabe que la única fuerza que tenemos los de abajo es la lucha colectiva.

Nos hemos preguntado no en pocas ocasiones que cuál era el sentido del individualismo. Nos convierten en máquinas complejas de pensamientos únicos, de líneas y líneas de caracteres en las redes, las corralas de este siglo, en las que suplimos nuestras carencias afectivas e intelectuales con perfiles anónimos. Perfiles que, con una voz aparentemente autorizada, critican aquellas cuestiones que hemos entendido que solo alcanzaremos unidas. Y si no, que se lo pregunten a la gran cantidad de personajes anónimos que salen en la defensa de la utilización que hace, por ejemplo, Ciudadanos con mi colectivo en relación a la mercantilización de la mujer y su cuerpo con el objetivo de perpetuar la única conquista que el capitalismo no ha alcanzado aún.

En este siglo XXI, sí, en el que se empieza a hablar de la eliminación de la brecha salarial o en el que la sociedad toma voz activa contra los abusos que se han visto como normales contra la mujer, las personas jóvenes dudamos más que nunca de lo certero que sería acudir todas juntas, de la mano, a hacerle frente a todos los problemas a los que nuestra generación tiene que dar respuesta. Y es esa quizá una de las conquistas más fuertes que ha conseguido el capitalismo, el canalla.

Nos dicen que el medioambiente está en un punto de no retorno. Y hemos, por primera vez para mi generación, avanzado un paso de la mano. Levantamos la voz conjuntamente contra ese Bolsonaro, Trump o Almeida que niegan lo evidente; y es que nuestra fuente de vida se muere. ¿Qué paradójico no? Que todas las voces que autorizadas contra la ecología sean de hombres. Hemos encontrado en el ecologismo un punto de no retorno que hacen que nuestra generación, la de los Milenial y los Z, empecemos a plantearnos que el colectivismo nos hace más fuertes frente a quienes tienen el poder de cambiar nuestras realidades. Es el ecologismo el movimiento más transversal, más incluso que la colectivización en favor del feminismo o de la diversidad, el único frente que puede paralizar todo el dolor que está produciendo un sistema económico que se basa en la creación de situaciones injustas.

Y es ahí donde entran los principios sindicales. En la colectivización. En la unión de las fuerzas. En sujetar la mano del de al lado. Levantarnos, sí, pero hacerlo en conjunto. Y es que nos han desactivado porque la lucha desde la unidad de quienes sufren las injusticias históricamente ha costado el reconocimiento de demasiados derechos. Derechos que mi colectivo, el LGTBI ha conseguido sistemáticamente por navegar con el apoyo de las feministas y de una sociedad que entendió, gracias a personas como Pedro Zerolo, que el mayor error que podría acometer la sociedad era dejar de entender que juntar las voces abría una brecha imparable.

Como dije unas líneas más arriba, la lucha feminista y por la diversidad tienen una nueva compañera: la lucha por nuestro planeta, que se muere a pasos agigantados porque un tal Trump y otro tal Bolsonaro han decidido que el planeta nos tiene que servir para todo lo que queramos, sin que importen las consecuencias. El futuro es verde; el futuro pasa por anexionar estas tres luchas y hacer un frente común y que nos demos cuenta de que con la unión podremos, claro que podremos. Y que todo aquello que nos ataca, cuando consigamos nuestro propósito, quedará en una anécdota de mal gusto.