Opinion · Otras miradas

‘Joker’ o los mensajes ambiguos de las distopías

Pilar Aguilar Carrasco

Analista y crítica de cine

Ante cualquier obra de creación, se abren dos ángulos de análisis: el de su calidad y el de su ideología.

No siempre coinciden, aunque también es infrecuente que el divorcio sea total.

Con todo, yo propugno que las críticas incluyan siempre esos dos enfoques (y como creo que nadie puede situarse al margen de la ideología, cuando no se emite opinión sobre la que concretamente sostiene una propuesta artística, pienso que se debe a que el enunciador coincide con ella, aunque no sea consciente).

No pienso que la calidad de una obra justifique sus barbaries o propuestas reaccionarias (si las tiene), pero tampoco pueda ser aprobada una obra plagada de buenas intenciones, pero de realización torpe.

Con todo, los casos extremos son raros y lo más habitual es que las propuestas artísticas se mantengan en una franja intermedia, tanto en su contenido como en su forma.

Eso ocurre con Joker, el film de Todd Phillips, León de Oro en Venecia.

Todd Phillips es mucho mejor director que guionista. Es decir, su puesta en escena tiene mucha más calidad que su guion.

La película, aunque a veces resulte de factura excesivamente manierista, algo facilona y suene a “ya vista”, tiene fotografía y iluminación excelentes, encuadres y posicionamientos variados y expresivos y decorados muy aceptables y bien explotados.

El guion, por el contrario, hace aguas. Así, y por solo citar algunas:

  • Presenta incongruencias. Verbi gratia ¿cómo no le quitaron la custodia a la madre? O ¿cómo una señora que es capaz de bailar (torpemente y con poca movilidad, pero capaz) es, sin embargo, incapaz de bañarse sola? Son dos ejemplos, pero no los únicos. Un guion puede ser loco, fantasioso, irreal pero no debe tener este tipo de incongruencias facilonas.
  • Sus trampas son tramposas (valga la redundancia). Verbi gratia, los episodios relacionados con la vecina. Una cosa es que un film juegue con las ambivalencias, las incógnitas, los desconciertos, y otra que claramente nos engañe. A mí, que intenten engañarme, me cabrea.
  • El protagonista está excesivamente cerrado y loco desde el principio. Crear un personaje monolítico es una opción totalmente legítima, pero, al hacerlo así, el film pierde progresión, pierde, por lo tanto, intriga (no hablo de intriga ligada a las peripecias, sino de intriga profunda y emocional, es decir, ligada al psiquismo de Arthur Fleck y, por lo tanto, al nuestro). No deja margen para la gradación en hondura. Desde el principio viene todo dado y es desmesurado. Tanto que imposibilita los matices, los márgenes, las inestabilidades, esas fallas por donde las espectadoras (en femenino porque hablo de personas) podríamos vernos reflejadas e intranquilizadas. Ante un personaje tan claramente loco, podemos preguntarnos qué nueva locura hará, pero no podemos inquietarnos ni perturbarnos en profundidad. Con cartas excesivamente marcadas, el juego queda limitado.

Pero en esta crítica quiero detenerme especialmente en analizar la trampa ideológica que nos tiende el film (y que, por otra parte, es muy común en las distopías).

Muestra un universo enfermo, despiadado, caótico (y feo, por supuesto), donde reinan la crueldad, el dinero y la estupidez. Así, a bote pronto, podemos pensar que estamos ante una obra crítica y corrosiva. Pero no.

No, porque ocurre algo similar a lo que dije anteriormente que ocurre con respecto al personaje: el exceso resulta un antídoto que desactiva la rebelión.

El mundo real, en el que vivimos, desborda de injusticias, arbitrariedades, desigualdades, atropellos. Es, de hecho, un mundo mucho más peligroso que el que nos describe el film (porque el nuestro está a dos dedos de cargarse el planeta) pero también es mucho más complejo.

En el film no hay matices y personajes son repugnantes y/o locos, moralmente sucios, agresivos brutales y sin sentimientos.

Un mundo así no tiene salida. Es decir, las únicas alternativas son la locura o el estallido de odio de multitudes, pero multitudes que son simplemente un conglomerado de individualidades desbocadas, sin lazos que las unan más allá de un afán destructivo, sin análisis ni objetivos políticos.

Todo lo cual conduce a una especie de resignación “cristiana” apocalíptica, del tipo: “La gente está perturbada, es egoísta y miserable. No tenemos remedio”.

Es decir, la película toma elementos de la barbarie real, pero los desenfoca, centra la mirada aspectos que distorsionan los verdaderos núcleos creadores de la brutalidad: el patriarcado y el neoliberalismo (no confundir con una madre o un rico) y oculta las posibles alternativas (que forzosamente han de ser sociales).

En conclusión: las distopías del tipo de las que nos muestra Joker desactivan las luchas porque siembran el desánimo y la resignación.

Y dos notas breves:

Una vez más: cherchez la femme en su variante cherchez la mère.

Joaquín Phoenix borda su papel.