Opinion · Otras miradas

La ciudad del miedo, cómo el poder financiero hizo hincar la rodilla a la democracia

A mediados de la década de los setenta Nueva York atraía a diez millones de turistas al año: sus calles llevadas al cine cientos de veces, sus rascacielos y su ambiente cultural eran el reclamo de la primera ciudad del primer país de eso que se llamaba así mismo el mundo libre. Sin embargo los turistas que pisaron alguno de sus aeropuertos en aquel año se encontraron con policías de paisano entregándoles un inquietante folleto con una calavera encapuchada en la portada y un sonoro título: “Bienvenidos a la ciudad del miedo”.

En el folleto se daban consejos a los visitantes para sobrevivir, literalmente, a la visita. No salir a la calle después de las seis de la tarde, no coger bajo ninguna circunstancia el transporte público o tener siempre localizadas las salidas de incendios en el hotel eran algunas de las diez claves que se daban. Aunque el alcalde de la ciudad denunció a los sindicatos policiales que estaban detrás del panfleto, mitad protesta mitad realidad, un juez dictaminó que estaban en su derecho a repartirlo.

Nueva York se hundía en el abismo en todos sus frentes. Los asesinatos se duplicaron, pasado de 685 en 1965 a 1690 diez años más tarde. Los robos crecieron en una proporción exponencial, ya no sólo en asaltos callejeros, sino en las propias casas. Todo tipo de delitos sexuales amenazaban a las mujeres, la epidemia de heroína no había remitido y muchos veteranos de Vietnam se habían convertido en vagabundos que se arrastraban sin piernas sobre una tablilla con ruedas.

Los incendios eran algo común, bien por las deficientes instalaciones eléctricas, bien provocados por los propietarios de los inmuebles que incapaces de sacar rentabilidad a un mercado del alquiler desplomado preferían deshacerse de sus propiedades que tener que mantenerlas. El metro era una catacumba con vagones en un deplorable estado. Símbolos como Grand Central Station o alguno de sus puentes estuvieron a punto de declararse en ruina.

Todo aquello que se podía vandalizar, se vandalizaba. Había barrios que se parecían más a Dresde en 1945 que a una ciudad norteamericana. Ruina, fuego y crimen. Los únicos negocios que parecían ir bien eran los relacionados con la pornografía en vivo y la prostitución, entre ellos las tiendas para turistas hacían el agosto con una camiseta que llevaba estampado revolver y la leyenda “Bienvenido a Nueva York, arriba las manos, hijo de puta”. Todo un bonito de recuerdo de una estancia inolvidable.

El cine no fue inmune a tal fractura social. Si a finales de los cuarenta Frank Sinatra, Gene Kelly y Jules Munshin interpretan a tres marineros que pasan un maravilloso día en la Gran Manzana a ritmo de baile, las películas de los setenta eran sórdidas y violentas. Charles Bronson con su saga de El Justiciero, Malas Calles como ejemplo del crimen organizado de poca monta que hacía su agosto entre tal descontrol, The Warriors y su alucinada descripción de las pandillas de la época, French Connection con el español Fernando Rey haciendo de narco o Distrito Apache, donde Paul Newman era un policía perdido en el Bronx.

Aunque probablemente Taxi Driver haya quedado como el resumen de un momento donde una suerte de proto-fascismo nihilista se dejaba ver en las palabras de Travis Bickle, un personaje que había pasado de matar vietnamitas a describir así a su urbe: “Por la noche salen bichos de todas clases: furcias, macarras, maleantes, maricas, lesbianas, drogadictos, traficantes de droga…tipos raros. Algún día llegará una verdadera lluvia que limpiará las calles de esta escoria.” Los tres días de paz, música y amor de Woodstock eran una lejana bruma en la memoria.

Pero qué había pasado para que lo que era una próspera ciudad, ejemplo del sueño estadounidense, se sumiera en este descenso a los infiernos. Quédense con una palabra: desindustrialización. La ciudad había perdido un millón de empleos en manufacturas desde el final de la Segunda Guerra Mundial, medio millón de ellos desde 1969. Sólo en 1975 la ciudad daba asistencia social a un millón de personas, aproximadamente un octavo de su población. La Crisis del Petróleo de 1973 agravó aún más la situación.

Además muchos de los habitantes, la clase trabajadora y las capas medias con mayor poder adquisitivo, abandonaron la ciudad para irse a vivir a las zonas suburbiales, que a diferencia de Europa significaban casas unifamiliares, mayor seguridad y un estatus de ascenso. Menos empresas y menos vecinos sin trabajo significaron que la ciudad rebajó ostensiblemente sus ingresos fiscales. Sin embargo, asesorado por la gran banca, el Ayuntamiento encontró la manera de seguir manteniendo sus ingresos: en vez de revisar su política de impuestos o sus estímulos a la industria comenzó a emitir deuda.

Mientras que en la radio se multiplicaba el pop dulzón de Love will keep us together de Captain & Tennille, el Ayuntamiento iba acumulando una cantidad cada vez mayor de bonos, alrededor de unos seis mil millones de dólares sobre un presupuesto de once mil, que le iba a ser imposible pagar en el caso de que la deuda se hiciera efectiva. Los propios bancos de inversión que habían alimentado al monstruo desde hacía una década dejaron de comprarla en 1975. Los yonkis y los camellos acaban teniendo una relación muy parecida.

Se creó entonces la Municipal Assistance Corporation, conocida popularmente como Big MAC, un organismo público que obligaría al Ayuntamiento a tomar una serie de medidas restrictivas del gasto. Esta institución estaría comandada por nueve personas, nueve influyentes vecinos de la ciudad. Ocho de ellos eran banqueros de inversión. El poder financiero controlaría la ciudad sin necesidad de presentarse a elecciones: había surgido la trampa de la deuda como bestia estranguladora de la democracia.

En este punto esta historia les debería ya resultar familiar y cercana. Lo que sucedió a continuación también. Las primeras medidas del MAC fueron subir el precio de los transportes, establecer un nuevo sistema de matrícula en la universidad, congelar los salarios de los funcionarios y el despido de decenas de miles de trabajadores públicos.

En la edición del 1 de julio de 1975 el New York Times se lo contaba así a sus lectores: “Cuando comience un nuevo año fiscal esta medianoche, los neoyorquinos se enfrentarán a la pérdida de servicios prestados por más de 40000 trabajadores municipales, entre ellos más de 5000 policías, más de 1500 bomberos y casi 3000 sanitarios, así como la perspectiva inmediata de una reducción importante de servicio de ferry de Staten Island”. Adivinen cómo se denominó a esta carnicería: “periodo de austeridad cívica”.

Curiosamente, como cuenta Luc Sante en Mata a tus ídolos, la ciudad de Nueva York era en la época un caladero de artistas, músicos y radicales de toda clase. Los bajos alquileres y el histórico ambiente bohemio y libre de la ciudad eran el reclamo perfecto para la promesa de poder vivir en un mundo al margen de las convenciones. La realidad es que ninguno de ellos se opuso a las medidas del MAC, tan sólo lo vieron como otro celebrable signo del caos, algo de lo que alegrarse sin entender, desconectados de la política real y ya inmersos en el individualismo aspiracional, cómo estaba empezando a funcionar el mundo más allá de sus performances y asambleas.

Los sindicatos, como siempre, fueron los que encabezaron las protestas no ya para salvar sus empleos, sino para salvar a la ciudad de sí misma. El folleto “Bienvenidos a la ciudad del miedo” era parte de la contribución de los sindicatos policiales, los basureros dejaron de recoger toneladas de desperdicios que empezaron a pudrirse en el húmedo y caluroso verano neoyorkino. Los profesores vaticinaron en sus protestas, después de la ciudad del miedo y la ciudad apestosa, una ciudad ignorante al quebrarse el pilar de la educación pública, esencial para enfrentar la gigantesca brecha de clase norteamericana.

Sin embargo estos recortes no frenaron las ansias de la gran banca, que tenía en sus manos un nuevo poder y estaba dispuesto a exprimirlo hasta las últimas consecuencias. El 16 de octubre de 1975 no se presentaron a la emisión de bonos, haciendo que estos cayeran de 1000 dólares a un valor de apenas 20. El alcalde, Abe Beame, estuvo a punto de declarar la ciudad en quiebra. El sindicato de maestros, de nuevo, salió en su rescate invirtiendo el dinero de su fondo de pensiones en unos bonos que apenas tenían ya valor.

A finales de octubre el presidente Gerald Ford volvió a rechazar en un duro discurso, pronunciado en el National Press Club, otorgar el rescate federal a la ciudad. Las excusas también les resultarán familiares: el despilfarro y la mala gestión de la corporación municipal. El sistema de deuda ofrecido por los bancos no ocupó una sola línea. Su secretario de prensa, Rod Nessen, no fue mucho más suave: “Esto no es un desastre natural o un acto de Dios. Es un acto autoinfligido por las personas que han estado dirigiendo la ciudad de Nueva York «.

El jefe de Gabinete de Ford, que se opuso duramente al rescate, era Donald Rumsfeld. El plan tras la quiebra consistiría en que el Gobierno Federal se hiciera cargo de los servicios básicos de la ciudad y trasladar el centro financiero a Chicago. Las declaraciones del Gabinete Ford dejarían un contundente titular en el Daily Newws el 30 de octubre de 1975: “Ford to the city: drop dead”. El mensaje parecía claro, se iba a dejar morir a Nueva York.

Sin embargo el propio sector financiero y algunos líderes internacionales llamaron la atención a Ford de lo que sucedería si el Ayuntamiento se declaraba en bancarrota y no se hacía cargo de las deudas: una reacción en cadena que podría incluso costarle la estabilidad al dólar. No en vano más de cien bancos eran depositarios de los bonos. Un mes después el Gobierno Federal aprobaba el primer rescate por valor de algo más de dos mil millones de dólares. Al fin y al cabo los objetivos ya se habían cumplido.

El rescate no fue para la ciudad sino para la propia banca. Los servicios públicos nunca se llegaron a recuperar como antes de la quiebra inducida, de hecho el nivel de delincuencia siguió en ascenso hasta los años noventa. Pero hubo alguien que sí se supo aprovechar del caos, un constructor que invirtió en viviendas y hoteles de lujo en Manhattan, en un suelo casi regalado y con la promesa del Ayuntamiento de eximirlo del pago de impuestos. Su plan funcionó y el barrio más conocido de la ciudad entró en una espiral especuladora y alcista. Él se hizo multimillonario. Su nombre era Donald Trump.

Pero lo fundamental en toda esta historia es que se había obrado un cambio de poder en la sombra y a la vez a la vista de todos. Se había dado una situación donde el capital financiero había conseguido poner de rodillas a la todopoderosa Nueva York, obligando a sus instituciones públicas a aceptar un modelo de recortes del gasto público que hoy se ha hecho global y que afectó a los países mediterraneos en la pasada gran crisis o actualmente está provocando un reguero de protestas en Sudamérica desde Ecuador hasta Chile. El mecanismo sigue el mismo modus operandi, dejar de lado las políticas impositivas y de control del tejido productivo para ceder todo el espacio a la emisión de deuda. Bola y cadena.

En noviembre de 1978 Felipe González pronunció su ya famosa frase: “Yo preferiría que me diesen un navajazo en el vientre entrando en el Metro de Nueva York, a las diez de la noche, antes que vivir treinta años con absoluta tranquilidad y seguridad en Moscú”. Cuatro décadas después millones de personas no pueden optar, ni siquiera, entre su seguridad o su libertad. El neoliberalismo es lo que ha pasado entre medias.