Opinion · Otras miradas

Adalides de la libertad

Mario Martínez Zauner

Antropólogo e historiador

Uno de los fenómenos sociológicos más llamativos de los últimos años consiste en la proliferación de consignas por la defensa de la libertad en círculos conservadores, cuando no directamente reaccionarios. Esto conduce a situaciones paradójicas o absurdas en la definición que hacen de sí mismos un importante número de sujetos, como liberales en lo económico y anarquistas en lo político. Algo que ha dado lugar a etiquetas como la de “anarcocapitalismo”, que desde una perspectiva histórica supone una aberración, pero que apunta a un fenómeno real y existente que despierta curiosidad y estupor a partes iguales.

No cabe duda que empuñar y ondear la bandera de la libertad aporta legitimidad simbólica a casi cualquier causa, incluso la más ruín. Cuando Santiago Abascal y sus secuaces lanzan proclamas por la libertad ideológica ponen a un mismo nivel la defensa de valores democráticos y los de pureza nacionalcatólica, situando al conjunto de la sociedad ante la paradoja de la tolerancia, según la cual una sociedad ilimitadamente tolerante se vería destruida por no haber puesto freno a los intransigentes. El filósofo Karl Popper concluyó que para preservar su carácter abierto la sociedad habría de ser inflexible con la intolerancia, es decir, con la “libertad” para ser un fascista.

Pero los vericuetos y paradojas de la libertad no terminan con esta sencilla fórmula de autodefensa democrática. Si echamos un ojo al programa económico de VOX comprobamos que comparte numerosos elementos y propuestas con la ortodoxia neoliberal, y no deja de ser significativo que un economista como Juan Ramón Rallo alabara su formulación. Aquí la defensa de la “libertad” adopta un significado distinto, y hace partícipe de su causa a mucha gente que no necesariamente comparte un proyecto socialmente reaccionario, pero sí apuesta por un modelo económico libre de injerencias estatales. La lucha por la libertad y su concepto se desplaza del plano político al económico, y nos conduce a una larga tradición del liberalismo economicista que se remonta al “laissez faire” de Adam Smith y llega hasta Los fundamentos de la libertad de Friedrich Hayek. Aquí la libertad pasa a significar “ausencia de coacción” en una definición puramente negativa, que en su forma positiva se expresaría como libre prosecución del interés propio, y que en ese sentido se mostraría contraria a la fiscalización (y sobre todo, a la fiscalidad) de la actividad económica, a favor de su total desregulación.

Esa perspectiva sobre la libertad vendría además refrendada por la naturalización del orden espontáneo de la economía, cuya “mano invisible” se asemejaría mucho a sistemas auto-organizados como los que estudia Antonio Escohotado en su obra Caos y orden. No es casual la cita de este autor, puesto que su siguiente trabajo consistiría en una trilogía titulada Los enemigos del comercio, en la que desarrolla una historia crítica del socialismo desde sus orígenes cristianos hasta las expresiones más autoritarias del comunismo soviético. La tradición socialista se definiría por el rechazo al comercio como actividad humana fundamental y la apuesta por el igualitarismo frente al derecho a la propiedad privada, implicando un control coercitivo de la economía por parte del Estado y una peligrosa apuesta por la colectivización de los medios de producción.

De esta forma, los adalides de la libertad desarrollan un aparataje histórico-teórico que implica posturas conservadoras en el plano político (los derechos sociales recortan libertades económicas), deterministas en el cultural (no hay nada bueno fuera del capitalismo) y especulativas en el económico (el funcionamiento del “libre mercado” es óptimo si no se dan injerencias). Aunque para ello necesitan sostener una serie de prejuicios: 1) reducir toda actividad de intercambio al comercio mercantil, olvidando otras formas económicas basadas en la reciprocidad; 2) confundir la defensa de la libertad con un alegato a favor de la propiedad privada, omitiendo los mecanismos de acumulación y apropiación capitalista y su estructura de posesión asimétrica; 3) asociar igualitarismo con homogeneidad social, obviando que esa igualdad apunta a derechos y oportunidades y no tanto a formas de ser y tener; 4) omitir el papel central del Estado en el sostén del capitalismo, así como en la corrección de las desigualdades que genera en su desarrollo; y 5) utilizar el contraste con los horrores del comunismo para reforzar la idea del capitalismo como el mejor de los mundos posibles, ignorando sus crisis cíclicas, su tendencia expansiva e imperialista y el agotamiento de recursos naturales y sociales que con ello implica.

Así, al analizar con detenimiento la defensa de la libertad que de ella hacen sus lustrosos adalides, lo que acabamos por encontrar es una defensa del privilegio y una reivindicación de la desigualdad social, no en un sentido de diversidad y riqueza de sus manifestaciones, sino en otro más parecido al que allá por los años ochenta Mariano Rajoy sostuviera en un par de artículos publicados en el diario Faro de Vigo, en los que a partir de las leyes biológicas de Mendel afirmaba que “los hijos de buena estirpe superan a los demás”, dado que por esencia el hombre nace desigual y “predestinado para lo que debe ser”. Cualquier crítica al privilegio desde un punto de vista socialista implicaría un atentado contra el progreso y contra “el natural instinto del hombre a desigualarse, que es lo que ha enriquecido al mundo y elevado el nivel de vida de los pueblos”, y en consecuencia, cualquier fiscalidad progresiva supondría una injusta intromisión “para penalizar la superior capacidad, o sea, para satisfacer la envidia igualitaria”.

Nadie niega que la libertad incluya diferencia y diversidad, así como un mínimo de propiedad que garantice la intimidad y autonomía de los individuos. Pero asumir estos elementos no implica reducir su concepto a una “ausencia de coacciones” o a la constante persecución de un interés económico, sino más bien ampliarlo a un compromiso ético y solidario que permita la extensión social positiva de derechos sociales y ciudadanos. Porque uno es más libre en cuanto que los demás son más libres y su acción hace más libres a los demás. Y uno es más libre en cuanto que participa y tiene libertad de acceso a los distintos recursos materiales y simbólicos de una sociedad. En esa batalla por el uso y sentido de la libertad, frente a los que se apropian de su significado para defender el interés propio, nos jugamos realmente el poder habitar en el mejor de los mundos posibles.