Otras miradas

El Gran Casino-Ateneo se abre a la Falange

José Ángel Hidalgo

Entrada del Ateneo de Madrid. E.P.
Entrada del Ateneo de Madrid. E.P.

Teniendo en cuenta que hasta Pedro Jota ha sido vicepresidente de la institución, cualquier esperpento podría esperarse del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid. Para no decepcionarnos, su presidente Juan Armindo, un arquitecto en la línea marañoniana de profesional muy metido en culturas, ha dado un paso al frente permitiendo que Falange, en un avance táctico de sus escuadras, ocupe esta sede del amor a las cosas de pensar con un golpe de mano fulgurante tras el que ha dejado sus salones infectados de un odio supino a la inteligencia.

Y lo permite Armindo justo en estos días de recuerdo a Unamuno, que fuera en su día presidente de esta alocada institución, algo que no deja de ser a su vez un gran homenaje a Valle-Inclán, otro que también fuera insigne titular de este gran casino manchego: en sus trifulcas, robos, embargos, olor a viejo y salidas de pata de banco esta (hoy) dudosa casa del librepensamiento se parece mucho a los avatares de sociedades de rentistas, cazadores y vinateros como las haya en La Roda o Tomelloso, y que ya nos contara con mucha retranca García-Pavón.

El Ateneo, objeto de robos sonados de cuadros, embargos de infarto y riñas faltonas entre sus socios (algunas de tan solo hace cuatro días), es como un caleidoscopio que nos indica por qué jamás podrá cumplir con el que debería ser su mandato principal: acercar la cultura al pueblo, desiderátum éste que no se cansaba de proclamar la figura más querida y añorada por el socialismo español, el senador José Prat.

Cuando a finales de los ochenta fue reelegido presidente del Ateneo (cargo que ejerció hasta su muerte) lo entrevisté en una de sus visitas a Albacete, su ciudad natal, y de las palabras siempre sabias de mi paisano deduje el cansancio que le procuraba afrontar las discusiones de unos con otros y, sobre todo, las dificultades casi insuperables para llevar adelante unas reformas para las que nunca terminaba de encontrar subvención adecuada.

El fino escritor Prat, de talante afectuoso hasta el candor, fue muy testarudo sin embargo en alcanzar (sin gran éxito) su objetivo de abrir unas instalaciones dignas a aquellos madrileños de inteligencia inquieta: por ello luchó y sufrió lo que no está escrito gobernando a señoritos y relajados que perturbaban sin fin el soñado cambio estético y funcional de semejante tablao.

El Ateneo es un pato feo que a pesar de las reformas sigue oliendo un poco a viejo, porque su olor es ontológico y penetra en la pituitaria de la Historia madrileña a pesar de barnices y pinturas recientes.

Según la circunstancia orteguiana, de este pato se ha ido dejando que aquel matarife más próximo al Gobierno o ese otro que es amiguete del alcalde, vayan haciendo fuagrás con sus esquilmados hígados.

Imagino que su presidente y arquitecto sabe de la historia de Falange, y de su gran afición a dejar sin vida terrenal a gente tan devota de los libros como lo fuera Lorca. Sabrá también de lo chusco de estos tiempos en España, agarrotada por la arritmia de himnos sincopados (a un lado y otro del frente del Ebro) y dejada de la mano de dios en lo que a propagación por la cultura se refiere. Así que si sabe todo eso este señor Armindo, no me explico cómo se puede hacer lo que ha hecho. No será por muchos duros, porque Falange no los tiene, ya que el grueso de la mamandurria se la está levantando cruda Abascal.

Debe ser por acercar la cultura al pueblo, como quería Prat, porque quién más necesitado de talante, cultura y conocimiento que aquellas malas bestias que no pierden ocasión de mostrar su radical desprecio por la inteligencia.

En este sentido, creo que ya falta poco para que veamos en nuestro querida institución librepensadora un acto de reivindicación de la figura excelsa de Millán Astray, aquel filósofo tuerto y manco, pero vitalmente privilegiado, que aportará mucha luz al abismo intelectual que será siempre para el hombre la fosa infinita de la muerte... la muerte ajena, como es natural.