Opinion · Otras miradas

La obscena naturaleza de Chernóbil invita al turismo

Chernóbil se ha convertido en una obra célebre por su capacidad para contagiar sentimientos angustiosos. El mérito del creador de la miniserie, Graig Mazin y los chicos/as de HBO consiste en dotar de corporeidad a los inestables isótopos en casi todas las secuencias, hasta el punto de sentir como penetra la radioactividad en los poros de los expectantes personajes. La explosión de vapor que se produjo en el reactor número 4 expulsó una infinidad de partículas minúsculas y destructivas, que flotan en cada escena. Son el invitado invisible que deja un sabor a metal en el paladar.

El resultado del estallido fue que la nube radiactiva viajó desde la central, hasta la mesa de Gorbachov, y desde la Perestroika, al occidente capitalista.

Según medios rusos, la central proporcionaba el 10% de electricidad a Ucrania, sin embargo, no fue este el país que más sufrió la contaminación, sino Bielorrusia (Rus blanca). Parece ciencia ficción, pero su territorio quedó contaminado en un 70%.

No es el único accidente radioactivo. También Fukushima alcanzó el nivel 7 del desastre nuclear, lo cual sitúa al país del Sol Naciente como el lugar predilecto donde se execran radionucleidos. El vertido nipón fue digerido por el mar, y obtuvo el perdón de la comunidad internacional.  Los soviéticos no sabían quiénes eran los enemigos, pues no tenían un rostro definido al que enfrentarse. En realidad, estaba dentro. Fue la implosión de un sistema político que penetró en sus órganos sensibles hasta liquidarlos.

HBO muestra el desastre de Chernóbil desde el prisma anglo, por eso lo sucedido les parece la apoteosis de la corrupción, la pobreza y la inseguridad. Era más barato hacer los reactores RBMK, insinuó en el juicio para HBO Valeri Legásov. Este ingeniero estuvo al cargo del comité de investigación del accidente, y resultó un mártir ahorcado dos años después de la tragedia. Ni él ni sus colegas lograron sostener la reputación de la URSS, y menos tras el envío de miles de liquidadores que se convirtieron en enfermos crónicos o directamente en cadáveres.

Pero la mentira e irresponsabilidad también acompañan a las heroínas y a los héroes, que son los que chapotean en el lodo radiactivo. Tal es el caso de Legásov, y el de otros ingenieros/as que respiraron el veneno metálico, mientras buscaban una solución ante una hecatombe inédita.

Lo que pasó una noche del 26 de abril de 1986 pudo haber arruinado países enteros, pues la lava radiactiva estuvo a punto de filtrarse en los acuíferos y los grandes ríos hasta la siguiente era de los dinosaurios. Se puede hablar de los muertos, de cifras y mujeres que daban a luz aterrorizadas, pero el sufrimiento se caracteriza por el anonimato, algo que no es capaz de expresar ninguna serie cargada de clichés y falsos mineros desnudos.

En todo caso, no hay motivo para el desaliento, pues el accidente ha dado como resultado una exuberante vida salvaje. Lobos, alces, águilas, osos, caballos, nutrias y visones demuestran que no hay negligencia capaz de sobreponerse a la contumaz naturaleza, como si los cascos de Atila no sirvieran sino para abonar la tierra. Los bosques de Chernóbil serán un jardín para paleontólogos de la enésima generación del Homo Erectus. También la ciudad fue durante el siglo XVIII un centro jasidí, movimiento místico judío que se opuso al furor de las leyes de su creencia. Luego llegaron los polacos, masacres, y el Holodomor de Stalin. Es como si todos los extremos más salvajes tuvieran lugar en este norte de Ucrania.

Queda una metáfora para la historia, obvia e hiriente: los muertos quedaron embalsamados en hormigón, con el objetivo de no contaminar la tierra. No esperan esos heroicos cadáveres el paraíso entre la fría y gris roca artificial. Sus cuerpos merecen una pirámide indescifrable para las futuras humanidades.

Una de las características más sorprendentes de las personas es que volvemos con veneración al lugar del desastre. Miles peregrinan a Auschwitz, e incluso hay quien se saca un selfie. Por otro lado, el turismo ecológico radiactivo atrae a muchos curiosos. Es natural. En muchos cuentos europeos, en aquellos lugares donde se produce un crimen, un arroyo o un pozo brota súbitamente, lo que deviene en una redención masiva.