Opinion · Otras miradas

Un muro cae y otros más nos asfixian

José Ángel Hidalgo

Funcionario de prisiones, escritor y periodista

Foto de archivo de un grupo de turistas posa junto al Muro de Berlín, cerca de la Puerta de Brandenburgo, en junio de 1989. REUTERS/Fabrizio Bensch
Foto de archivo de un grupo de turistas posa junto al Muro de Berlín, cerca de la Puerta de Brandenburgo, en junio de 1989. REUTERS/Fabrizio Bensch

Conmemorar los treinta años de la caída del muro de Berlín está muy bien, siempre que no olvidemos que tras el derribo de esa última trinchera se comenzaron a levantar, con mucho fervor y empuje de capital, infinidad de otros muros tan criminales o más que éste. En Polonia por ejemplo, se alegraron tanto de la ayuda del papa Juan Pablo II para echar a los rusos que ahora no hay quien les quite de encima a ese par de tiranos gemelos y meapilas que tienen de presidentes: subido uno en los hombros del otro a modo de un escombro antropomorfo monumental, no hay guapo que ahora que los pueda derribar.

Nuestra misma democracia española, en Ceuta y Melilla, ha construido un par de tabiques afiladísimos para evitar a toda costa que nos vuelvan a civilizar los moros (lo cual estaría muy bien, viendo todos los días cómo menudean las certezas de involución cultural a las que nos ha llevado el catolicismo).

Con enajenación racista, Trump pretende también cortar flujos civilizatorios, emulando frente a México la profunda monumentalidad de la falla de San Andrés: quiere desviar la grieta natural con un corte a la altura estratosférica de su locura. Ese muro gigantesco e inacabable ya tenía precedentes de prestigio en la antiquísima tierra de Israel. Encerrar a todo un pueblo dentro de un recinto para cabras, que es el campo inhumano al que han reducido a Palestina con la acción combinada de la pala excavadora y el bombazo, fue una idea que ha hecho buena la impresión de que el pueblo elegido por Yahvé se ha convertido en el heredero de las perversiones de la utopía alemana que siempre triunfa en las librerías de viejo y en los documentales de la 2.

Hablando de muros de nazis y judíos, es muy curioso observar que la única sinagoga madrileña se encuentra a tan solo unos metros de la sede de VOX, otros que aspiran a erigir tapias inmensas como la que acorrala a Palestina si les dejan los españoles a partir del domingo meter sus manos en los presupuestos del Estado. La sinagoga parece un lugar discreto de reunión de catequistas mientras que la sede de lo más extremo y fascista (en calle Nicasio Gallego) se antoja más una sala de apuestas decorada con paneles de vivísimos colores que llaman a jugar fuerte, pero cuyos ventanales han tenido que ser enrejados por un temor creciente a que sus apostadores descubran un buen día la estafa de que en esa casa siempre gana la banca.

Estos de VOX viven en muy buena vecindad con los de la sinagoga: no son antisionistas, como sus muy bien inhumados abuelos, sino que, al contrario, pretenden emularles en lo de levantar muros que tan excelentes dividendos en terrorismo radical e infamia histórica están exportando los halcones de Netanyahu al mundo entero.

Siguiendo pues la estela sionista, VOX quiere duplicar la altura de las tapias que ya oprimen a Ceuta y Melilla, y esto tengo que decir que será un desastre sin paliativos, y no porque esa idea descabellada fuese a dejar con una menor ventilación ciudades ya de por sí hacinadas, sino porque cortando todo nexo con el continente hermano se perdería la última esperanza de regeneración civilizatoria que tiene este país. Vean si no la incipiente y renovadora pujanza africana en el programa Ritmo Urbano de TVE. Vean el gran cine que se hace en Europa, sincrético, comprometido, original.

¿Por qué pinzar brutalmente esa arteria de riqueza y comunicación libre con el único flujo de sangre que puede renovar esta vieja España? No aprendemos de expulsiones y mutilaciones históricas, del desastre que fuera echar a los moriscos, que junto a la expulsión de los judíos sefarditas, supuso elevar en torno nuestro un cerco de incultura que arrastró a España a una decadencia de la que ya nunca se recuperaría.

Ay, con lo bien que daría el pego Santiago Abascal en amigable concordia junto a Anguita y el gran Averroes, charlando los tres sobre poesía mientras se acarician las barbas (cada uno las suyas) sentados en un fresco patio cordobés: no se sabría distinguir quien es el almohade del almorávide, aunque yo a Abascal, a pesar de que es bilbaíno, lo veo sin duda etnológica alguna muy benimerín.

En todo caso, esa tertulia fantástica sería la representación metafórica del más longevo y glorioso periodo cultural que este país ha vivido sin tapia de por medio entre África y Europa (¡ocho siglos de higiene, poesía y matemáticas!)…  a excepción de la generación del 27, claro está, pero esta es una opinión muy personal.

¡No celebremos pues tan a ligera la caída de un muro sin condenar la construcción de otros tanto o más altos, brutos y criminales!