Opinion · Otras miradas

El protofascismo y la tarea ilustrada

Asier Arias

Doctor en Filosofía y autor de 'Economía política del desastre'

Simpatizantes de Vox, en el exterior de la sede del partido en Madrid durante el seguimiento de la noche electoral del 10-N. REUTERS/Susana Vera
Simpatizantes de Vox, en el exterior de la sede del partido en Madrid durante el seguimiento de la noche electoral del 10-N. REUTERS/Susana Vera

¿Ha alcanzado la mayoría de edad un millón de aprendices de fascista durante los últimos seis meses? ¿O más bien han logrado reunir los arrestos para salir de sus armarios? ¿O se trata, quizá, de una milagrosa conversión en masa? ¿O de una rara combinación de todas esas opciones y aun alguna otra? Puede que preguntas como éstas no tengan una respuesta muy definida, pero puede también que, con sólo retroceder un par de pasos, comiencen a advertirse determinados patrones con total claridad.

En este sentido, no es necesario incidir nuevamente en que las banderas y los chivos expiatorios delirantes han constituido una útil distracción frente a la quiebra de legitimidad ocasionada por cada nueva crisis económica en las «democracias» capitalistas. Hace cerca de un siglo que debiera considerarse una tradición la invitación a expurgar mediante el nacionalismo y el linchamiento de los más débiles el estrés social que no puede evitar provocar el ciclo de reparto de dividendos. Cualquiera que no haya vivido aislado en la selva debiera poder reconocer el patrón desde la Luna.

Resulta sin embargo manifiesto que la resurrección de la extrema derecha española tiene sus peculiaridades. Nada sorprendente: incluso los gemelos homocigóticos criados en el mismo ambiente las tienen. No obstante, quizá convenga analizar el carácter diferencial de esta resurrección, pues no sería extraño que pudiera sugerirnos antídotos contra el primitivismo y la irracionalidad.

Tal vez la menos significativa de las señaladas peculiaridades sea la más comentada: el franquismo sociológico. Por su parte, entre las capaces de ofrecer indicaciones en la dirección apuntada debiera anotarse en primer lugar la mecha del nacionalismo que encendiera el tándem Rajoy-Mas con motivos demasiado obvios para merecer glosa alguna. Luego vendría el consabido descenso del discurso político concomitante a una campaña electoral que, a lo largo de sus cuatro años de duración, terminaría por degenerar en un muy publicitado certamen al jingoísmo fanático. En paralelo, el auge de la «internacional nacionalista» coincidió con la clausurara de un «chiringuito» que durante cerca de un lustro retribuyera con un sueldo de 80.000 euros la inactividad de un tal Santiago Abascal. La suerte quiso que Steve Bannon, de gira por Europa tras aupar a la Casa Blanca a unos de los grandes pensadores contemporáneos, oliera nuevamente el talento: no dudó en meter bajo su ala al desamparado patriota para enhilarle hacia nuevas y mayores mamandurrias.

Esta fue la alineación estelar que regaló una extraña victoria estética al protofascismo español: de la noche a la mañana, las formas más grotescas del cavernicolismo adquirieron nueva carta de ciudadanía y hasta los más sobrios comentaristas parecen haberse acostumbrado ya a esa mezcla de hilaridad y estupor que produce todo aquello que no es posible que «vaya en serio».

¿Con qué tarea nos deja esto entre manos? Con una que comienza por evitar párrafos como el anterior. Sobra toda sorna: cuando de lo que se trata es de pedagogía, y de eso se trata ahora, sólo caben la empatía, la cuidada atención y el respeto.

Está claro que la era de las cámaras de eco virtuales, el marketing informativo y y la segmentación de audiencias no es el contexto más propicio para la pedagogía social. Tampoco cabe esperar que ofrezcan asideros las agencias de relaciones públicas del poder estatal-corporativo, aunque no estaría de más que los medios de masas alcanzaran de cuando en cuando a fomentar algo más allá del espurio debate identitario. Algún que otro vistazo fuera del fanatismo endogrupal y algún milímetro que otro más allá de la habitualmente velada ortodoxia neoliberal podría abrir un espacio en el que dar, acaso, un par de pinceladas ilustradas.

Y es que, en un momento en que las chaladuras infundadas de un charlatán suplantan a la crítica y la evaluación racional de evidencia y argumentos, la ilustración vuelve a presentársenos como nuestra única esperanza de colapsar un poquito mejor, parafraseando a Jorge Riechmann. La tarea de los partidarios de la civilización es la de dar cuerpo a una nueva ilustración radical que, como Marina Garcés ha acertado a indicar, tendrá la forma de «un combate del pensamiento en el que se confía una convicción: que pensando podemos hacernos mejores».

No obstante, no se trata de un combate meramente cognitivo: más allá de la recuperación del respeto por los hechos y los principios elementales de la lógica, habremos de avanzar también en una batalla estética y actitudinal destinada a depurar formas de relación (con los otros, con los datos) capaces de abrir huecos a formas de vivir y convivir propiamente humanas. La cotidianidad será el campo de batalla decisivo, un campo en el que habremos de intervenir no sólo con discursos bien trabados, sino asimismo con gestos: gestos de valentía y cariño animados por el propósito de usar lo mejor de nosotros para avanzar hacia un nosotros mejor.

Nuestra tarea ilustrada es una tarea de fondo y de forma. En cuanto al fondo, es claro que si una señora se atreve a defender en un debate televisado una «fiscalidad progresiva» para a renglón seguido anunciar que lo que va en su programa es una tarifa plana y una rebaja masiva a las rentas altas, la cordura exige que se le explique, a ella y a sus potenciales votantes, por qué esa cadena de palabras tan siquiera constituye un mal chiste. Y lo mismo vale para cualquier situación en la que se insulte al sentido común, ya se trate de la alarma ciudadana causada por niños extranjeros, de la desregulación del mercado como medio para la regulación de precios o de la etiqueta «socialista» en referencia a políticos cuyas propuestas económicas se ubican muy a la derecha del único pensador capitalista de relieve: Keynes.

Sea como fuere, y tal y como avanzaba, no bastará con el fondo. Por lo que a las cuestiones de forma se refiere, entiendo como prioritario el prerrequisito de la buena fe y el deseo sincero de comunicarnos y vincularnos con nuestros vecinos, voten a quien voten: necesitamos rebobinar la cinta de una polarización que del terreno del cliché viene deslizándose hacia el de la catástrofe. Diría que no es poco lo que está en juego: el no engañarse al llamar comunidad a nuestro agregado humano.