Opinion · Otras miradas

Análisis del 10-N: un epílogo a los años del cambio

Los candidatos de las elecciones del 10-N.
Los candidatos de las elecciones del 10-N.

Este domingo asistieron ustedes al fin de una historia, al fin de un periodo, uno que quizá comenzó con el paquete de recortes aprobados por Zapatero en mayo de 2010, el 15-M un año después, la aprobación del 135, en agosto de 2011 o la victoria de Rajoy en las elecciones de noviembre de ese mismo año. Un tiempo en el que muchas cosas han cambiado en este país, pero donde lo fundamental, la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo se ha mantenido escorada hacia los primeros. En el camino para esta estabilidad de clase se han creado las condiciones para que nuestra democracia lleve ya a la larva de Alien en sus tripas. Algún día, la distancia del presente nos hará contemplar estos días como se merecen.

El domingo 10 de noviembre de 2019 se celebraron en España las elecciones generales para elegir a las Cortes que pongan en marcha la XIV Legislatura y nombren presidente del Gobierno. No está de más recordar que nuestro país no cuenta con un sistema presidencialista, que lo que se vota son dos cámaras legislativas y que de ahí surge la conformación del poder ejecutivo. No es un detalle técnico: números había para arrancar la anterior legislatura, no voluntad política de quien creyó encarar unipersonalmente la voluntad popular.

Los resultados ya los conocen. El PSOE ha ganado los comicios con 120 escaños. Se ha dejado tan sólo tres diputados respecto a las elecciones de abril, cifra engañosa ya que gracias a los porcentajes, del 28,67 al 28%, se camufla la pérdida de más de 760.000 votos, concitando el partido de Sánchez 6.7529.83 papeletas. Un detalle para que vean el cambio al que aludimos hace un par de párrafos: las últimas elecciones que ganó el PSOE antes de este periodo fueron las de marzo del 2008, con más de once millones de votos, un 43,64% de los electores. Se gana, pero de una forma netamente diferente.

Sánchez tuvo poco tiempo para celebraciones, visiblemente incómodo mandó callar más veces a sus simpatizantes que agradeció sus aplausos desde el atril de Ferraz. Se ansía un Gobierno, pero el problema es que Sánchez pensó que en vez de estar en 2019 estaba en 2008. No es que la repetición electoral le haya complicado el panorama ostensiblemente (los números siguen dando de una u otra forma) pero no ha conseguido su principal objetivo: reducir a Unidas Podemos a la intrascendencia.

En el intento, además, se ha dado un balón de oxígeno a un PP moribundo, la extrema derecha ha pasado a ser la tercera fuerza política y Ciudadanos, el partido llamado a ser la bisagra del bipartidismo en la restauración tras los años de la crisis, se ha hundido. Sánchez no tiene responsabilidad directa en estos hechos, pero sí ha sido quien los ha propiciado con una repetición electoral. Resumen: hacer un pan como unas hostias.

Pedro Sánchez, aquel secretario general que fue purgado en septiembre de 2016 al no querer dar su apoyo a Rajoy, aquel que denunció los movimientos espectrales del poder económico y mediático, es hoy una figura bien diferente, ni siquiera ya del renacido tras esa gesta de ganar las primarias dos veces, ni del que alcanzó la presidencia tras la moción de censura promovida por UP, sino simplemente del que ganó las elecciones en Abril. Tiene el peso sobre los hombros de una equivocación flagrante que, recordemos, fue aplaudida por casi todas las principales figuras del tertulianato español. A pesar de todo, su electorado ha seguido confiando en él. Le toca mover ficha y hacerlo rápido.

Unidas Podemos ha quedado como cuarta fuerza política con 35 escaños y algo más de tres millones de votos, dejándose más de 650.000 respecto a la anterior cita de abril. Hay varias maneras de leer el resultado. La primera es que, de nuevo, se han salvado los muebles logrando un suelo de votos que, si descontamos además el medio millón obtenido por la escisión errejonista, parece que nos indica una estabilidad para la coalición morada. La segunda manera de leer el resultado, en perspectiva es que Podemos no ha dejado de retroceder posiciones desde su primeras generales en 2015. Ambas cosas son ciertas.

Unidas Podemos tiene en esta legislatura la oportunidad de configurarse como fuerza de Gobierno (con todas las ventajas y peligros que eso conlleva) pero también de ser la oposición de izquierdas a un posible Ejecutivo del PSOE en minoría. Sus tareas, sin embargo, deberían empezar a trascender lo electoral si quieren sobrevivir en el futuro. No se puede hacer política sin pensar en lo electoral, pero no se puede hacer política sólo pensando en los comicios, al menos en una organización de izquierdas que carece de respaldo mediático y simpatías por parte de los poderes económicos.

Unidas Podemos no tiene un discurso reconocible que compartan no ya sus dirigentes, sino los cuadros políticos de las diferentes organizaciones que lo conforman. Y por aquí pasa el eje de lo nacional, con un discurso de Colau en el cierre de campaña señalando las equivocaciones del independentismo catalán que si se hubiera hecho con mayor insistencia en las semanas previas hubiera alterado el resultado a mejor.

Además queda pendiente el cultivo de un sujeto político propio que ya no puede ser el de la indignación o el primer Podemos atrapalotodo, pero tampoco siquiera el de estos últimos años basado en ir a remolque de lo que pasaba, feminismo y ecologismo, fundamentalmente. ¿Dónde quedan hoy los que a principios de octubre vaticinaban un nuevo 15-M con la cara de Greta Thunberg? Una cosa es ser el partido que represente institucionalmente las reivindicaciones de feministas, ecologistas y LGTBi, y otra cosa bien diferente es pretender vivir de un discurso basado en el fraccionamiento. Los sindicatos, las organizaciones más numerosas de este país, sin apenas presencia en la campaña, necesitan de alguien que llame a su puerta.

Para Errejón una breves líneas, tanto como su exigua representación, dos propios más uno de Compromís, muy por debajo de las ensoñaciones que les llegaron a dar 15 diputados, probablemente inducidas por los mismos que le animaron a dar el salto y le promocionaron denodadamente en sus televisiones. Errejón ha restado a UP tantos diputados como los que ha obtenido, en ese sentido ni siquiera ha cumplido esa parte de su misión. Los partidos-plataforma, la política uberizada, no funcionan cuando las cosas vienen mal dadas. Y si no que se lo pregunten a Ciudadanos.

El partido naranja ha sido el gran perdedor de estas elecciones. Ha quedado reducido a la intrascendencia y su líder, el histriónico Albert Rivera, dimite mientras que estas líneas se escriben. Es lo que tiene no cumplir las tareas para las que te nacieron y pretender pasar de ser un secundario necesario a un protagonista absoluto que comande no sólo la derecha sino que aspire a presidir un Gobierno. Los que le apoyaron, desde tribunas mediáticas y tabernáculos económicos, te dejan caer.

El suceso es de gran trascendencia porque cierra definitivamente la restauración tranquila que pretendía una vuelta de un bipartidismo aminorado y arbitrado no ya por los nacionalistas, sino por una opción de centro liberal que pudiera casar con PSOE y PP según las necesidades del momento. La arquitectura institucional-parlamentaria del Régimen del 78 sigue rota, pero es que además sus planes de reconstrucción, que parecían razonables sobre el papel, van a tener que postergarse.

Rivera no se puede despedir de la vida pública entre aplausos y discursos emotivo-cinematográficos diciendo que él no deseaba la vuelta de los rojos y los azules, cuando ha sido uno de los principales artífices del ascenso de la ultraderecha. Sus votantes, esa clase media desposeída pero aspiracional, han sido educados por su partido en un clima de excepcionalidad, banderas y blanqueamiento de los pactos con Vox. Los de espíritu más progresista se han ido al PSOE o la abstención, los que buscan pocas complicaciones y tan sólo tener el todoterreno del jefe al PP, los más aventureros a probar suerte con el voto a los ultras.

Precisamente quien estaba llamado a ser el representante de la generación pauer, desideologizada en la política dura, pero totalmente ideologizada en lo neoliberal, ha acabado por echarles en brazos de la reacción. Quién diablos quiere votar a la copia cuando tiene disponible el original. Ciudadanos no ha desparecido como organización y, posiblemente, ahora que el ambicioso Rivera ya estará buscando puerta giratoria, sus moldeadores les volverán a colocar el apelativo de centro reformista y a darles un masaje cotidiano. Con Arrimadas en Madrid era lo previsto, pero con unos cuántos diputados más.

Del Partido Popular es de quien menos se puede hablar en estas elecciones, ya que han mantenido un perfil bajo sabiendo que no eran los llamados a protagonizar ningún papel relevante en esta función. Tan sólo esperar, no hacer demasiado ruido y ver cómo los demás se hacían daño a su alrededor. Cinco millones de votos, 88 escaños con un porcentaje del 20%. Han mejorado el desastroso resultado de abril, pero sigue siendo el peor resultado de su historia si descontamos este.

Casado, con barba y sin Rivera soplándole al cogote tendría la opción de acaparar el centro derecha, de mostrarse como un hombre de Estado, de esperar que las contradicciones internas de los socialistas y sus posibles socios den al traste con el Gobierno, que venga una crisis. Todo eso si fuera el dueño y señor de la derecha, cosa que ya no sucede.

Los nacionalistas han obtenido unos buenos resultados en Euskadi, mejorando tanto el PNV como Bildu su representación parlamentaria. Los jeltzales serán indispensables tanto para la formación de Gobierno como para la estabilidad de la legislatura. En Cataluña se mantienen las fuerzas, con un trasvase de ERC a las CUP que entran en el hemiciclo y con un JxCAT a los que parece no haberles pasado factura la semana del vértigo. Más de 1.600.000 votos para el independentismo que jugará a un tira y afloja con el PSOE y entre sus propias filas, vigilándose de cerca como los ciclistas de una escapada, ¿dará ERC el primer paso para cerrar definitivamente el intento procesista del 2017?

Vox, finalmente, queda el último para este análisis por la sencilla razón de haberse convertido en el ganador moral de estos comicios, aunque esta palabra case bastante mal con la formación ultraderechista. Lo que es indudable es que haberse convertido en la tercera fuerza política con más de 3.600.000 votos y un 15% de los votantes así lo atestigua. Hace un año Vox era aún una formación institucionalmente intrascendente, pero ya socialmente relevante, cosa que nadie parecía querer ver.

Vox es producto directo el Otoño Rojigualdo que sucedió al intento independentista de 2017, aquello que fue una especie de 15-M para la derecha donde en los balcones y en la calle se encontró mucha gente que hasta ese momento no se había reconocido públicamente como tal. El primer paso para poder ser algo es reconocerse en comunidad y aquel otoño sirvió para que la ultraderecha que existía en el salón de casa dando voces frente a las tertulias de 13TV, las diera a coro en las calles y plazas.

Los porcentajes de voto a la derecha se han mantenido en esta última década en la horquilla del 43% al 46%, lo cual se analiza con cierta displicencia con la frase de “son los mismos de siempre pero antes estaban todos dentro del PP”. Enorme error. Si antes estaban todos dentro del PP conformaban un cuerpo social diferente. El hecho de que ya exista una ultraderecha con fuerza en España confirma que esta opción política ha conseguido moldear a su propio sujeto político.

Vox se ha valido como acelerante del problema territorial, lo cual no implica que ese sea su único combustible. El progresismo, en su habitual fiebre fragmentadora, ya ha ido haciendo la lista de los perjudicados por la formación de Abascal. El teniente de alcalde del Ayuntamiento de Valencia, de Compromís, por poner un ejemplo al azar, ha resumido la manera en que el progresismo entiende a Vox: “Si no eres un hombre blanco, heterosexual, monolingüe, castellano, ultraconservador y españolista yo de ti me plantearia si ese a por ellos no significa a por ti”. Curiosamente el factor de clase está totalmente ausente de la descripción.

Vox, precisamente, se ha valido de esta confusión entre desigualdad y diversidad, en la que el progresismo está sumido desde hace un par de décadas, para comprender que el camino era la conformación de un bloque que apostara por la unión más que por la disgregación de un sujeto político donde fuera sencillo pertenecer, basado en el españolismo reaccionario y donde, además, hubiera un cierto sentimiento adulador y aventurerista, muy alejado del pacato y regañón activismo progre por la diversidad al que sólo parece importarle señalar los “privilegios” a ciudadanos con sueldos que no llegan a 1000 euros al mes.

Vox, al igual que las últimas citas electorales ha obtenido buenos resultados en los municipios de clase media pero se ha situado como tercera e incluso segunda fuerza política en varios grandes municipios de clase trabajadora del Sur de Madrid o en competencia directa con UP en comunidades históricamente izquierdistas como Asturias y Andalucía. Con la ecuación de clase desaparecida, en gran medida por el desprecio del progresismo en estas últimas décadas, Vox ha jugado una ligera carta anti-elitista y social, pero sobre todo ha puesto encima de la mesa una identidad política transversal, el rojigualdismo, que les vale para pescar en contextos muy diferentes y entre estratos económicos muy dispares.

Esto también es una contradicción en sí misma (Vox tendrá que tomar decisiones y posicionarse en lo económico en contra de muchos de sus votantes) que podrá ser utilizada políticamente si la izquierda consigue hacerla patente ocupando la posición que naturalmente le corresponde. Si a Vox no se le ha contestado hasta ahora con contundencia es, entre otras cosas, porque para ello hay que sacrificar gran parte de los consensos neoliberales que se han adueñado de nuestro país.

Por otro lado Vox ha disfrutado, contrariamente a la imagen victimista que ellos mismos ofrecen, de un panorama mediático totalmente favorable, en especial aquel que ha hecho de los sucesos la manera de llenar minutos de pantalla exagerando la situación de inseguridad del país, cuando no ofreciéndole sus programas de entretenimiento familiar con marionetas para normalizar su presencia en la vida pública. Los votantes de Vox no son en su gran mayoría ultras ni fascistas pero empiezan a ver con normalidad las propuestas asociadas a estas ideologías descivilizatorias.

El auge de Vox no es entendible, por otra parte, sin la campaña sostenida que se ha llevado a cabo para hundir las expectativas electorales de Podemos y disciplinar a los manifestantes que llenaron las calles en el periodo 2011-2014. Tras un momento irresuelto de auge de la izquierda siempre llega un Termidor que, aprovechándose del trabajo de los neoliberales por proteger sus intereses de clase, coloca en el centro del tablero político las ideas más reaccionarias disponibles para cada situación.

Estas elecciones han sido el epílogo para una época donde todo cambió, no siempre en la dirección que el poder ni quien lo enfrentaba tenía previsto. A partir de hoy comienza un nuevo ciclo donde el bipartidismo se mantiene en sus resultados más bajos, donde la izquierda resiste a pesar de no haber encontrado su personalidad, donde el nacionalismo y el soberanismo son actores cada vez más influyentes, donde la ultraderecha ha llegado con fuerza para involucionar el país. Alguien, bastante más inteligente y con olfato que los que hoy escribimos, llamó a esto correlación de debilidades.