Opinion · Otras miradas

Bolivia, chispa y gasolina para un Golpe de Estado

Sergio Pascual

Miembro del Consejo Ejecutivo de CELAG y Diputado en el Congreso en las Legislaturas XI y XII

Ceñirse al marco constitucional durante la «transición» pide el Departamento de Estado de EEUU, contención y responsabilidad “a todas las partes” dice Moguerinni (Unión Europea) mientras el Gobierno español denuncia la “distorsión” del proceso electoral anunciado por Evo Morales.

Eufemismos. Lo cierto es que las fuerzas armadas en Bolivia pidieron al Presidente electo que renunciara. Lo cierto es que los mandos de la policía hicieron exactamente lo mismo. Y lo cierto es que la ultraderecha boliviana -ni siquiera el candidato opositor Carlos Mesa- encabezaron los días previos revueltas que llevaron a la quema de instituciones públicas y al cerco de la sede de Gobierno en La Paz.

Lo cierto es que el líder opositor Fernando Camacho -que repito, no se ha presentado a ningunas elecciones- tomó por la fuerza la sede de Gobierno y escenificó la toma del poder arrodillado ante una Biblia.

Parece un pato, camina como un pato y grazna como un pato. Es un pato. Por más que se nieguen a llamarlo Golpe de Estado.

Pero para que este Golpe de Estado haya triunfado ha sido necesaria mucha gasolina y algunas chispas detonantes. Veamos cuales.

La gasolina

Bolivia es el único país suramericano de mayoría indígena. Recuerdo bien que en mi primera visita, allá por 2008, pasé algunas semanas en el oriente boliviano, la zona del país de la que procede la oposición que ahora ha tomado el poder por la fuerza. En una de aquellas visitas, al departamento del Beni, una compañera nos contaba con cierta naturalidad compungida cómo su padre -blanco-, cuando ella era niña en los 70, aún conservaba un cepo de tortura para castigar a los trabajadores indígenas de la finca.

El oriente boliviano es un país dentro de otro país y un país hecho a si mismo. En un país con Estado débil los orientales se organizaron desde siempre a si mismos y lo hicieron en logias que aún hoy rigen la vida social de la élite cruceña. Los Toborochi y Los Caballeros del Oriente son las más representativas de estas agrupaciones socioempresariales racistas.

En 2008 estas agrupaciones, vehiculadas a través de reuniones de masas por los llamados Comités Cívicos -Fernando Camacho, el líder del levantamiento hoy es el Presidente del Comité de Santa Cruz-, ya protagonizaron una revuelta contra el Gobierno de Evo Morales, entonces recién elegido y al que no reconocían. En aquel tiempo el levantamiento acabó con la masacre de 13 campesinos en Pando, una masacre que horrorizó al país y les obligó a replegarse.

Dos características unen a esta región: son blancos de ascendencia étnica europea y están asentados en la zona más rica en recursos naturales del país. Nunca aceptaron que un campesino indígena les gobernara. En este punto encontramos el hilo conductor de la revuelta con otros dos sectores levantados hoy contra Evo Morales: el sur de la Paz, blanco y económicamente poderoso y la élite de las fuerzas armadas, que al contrario que la tropa, no solo no es mayoritariamente indígena sino que, al igual que el resto de fuerzas armadas latinoamericanas, es profundamente anti-izquierdista.

Finalmente el eje económico. Las élites económicas de la región latinoamericana son conscientes de que el ciclo de contracción en el que se adentra la economía mundial no les llega con buenas perspectivas en los precios de las commodities (gas, soja, minerales…). Tocará tomar decisiones de ajuste y está por verse si serán recortes por arriba o por abajo. Para sus representantes bolivianos resultaba urgente sacar del Gobierno a un Presidente que no habría dudado de qué lado ponerse cuando llegaran los malos tiempos.

Ya que nunca estuvieron con él la pregunta no es por tanto por qué los cruceños, las clases medias altas de la Paz y el ejército han dado la espalda a Evo Morales. La cuestión es qué ha sucedido con la policía y sobre todo con el pueblo humilde boliviano, aquel que resolvió la guerra del gas que le llevó al poder y apagó la revuelta cruceña en 2008-2009. ¿por qué no han acudido en defensa de un proceso de cambio que ha traído la estabilidad económica a Bolivia, los mejores índices de crecimiento, escolarización, accesos a salud y servicios públicos de su historia, el aumento de la capacidad de consumo de las clases populares hasta niveles inéditos en el país andino y a adelantar incluso en su salario mínimo a potencias regionales como Colombia y Argentina?

La respuesta, o parte de esta al menos, está en el 21 de febrero de 2016. En aquella ocasión, en un referéndum mal organizado y peor ejecutado Evo Morales perdió por muy poco la consulta sobre la posibilidad de una reforma que permitiera su candidatura a la reelección en las actuales elecciones de 2019. En una controvertida sentencia la justicia boliviana rehabilitó ese derecho a Morales ante la mirada perpleja de una parte importante de la población, que apegada a la moral ancestral del ama quilla, ama shua, ama llulla (no mentir, no robar y no ser ocioso) y a una cultura del consenso arraigada en sus usos consuetudinarios, no comprendió -o al menos no digirió- aquella decisión.

Este combustible esencial de la sospecha, esta herida abierta en la confianza, se ha mantenido viva durante estos tres años. Aún el pasado 20 de octubre, tres años y medio después, en la calle más concurrida de La Paz y desde la fachada de la Universidad Mayor de San Andrés un cartel de dimensiones ineludibles recordaba cada día la fecha del 21-F a los miles de transeúntes.

Finalmente la policía. El estamento más corrupto de la administración boliviana es un cuerpo que el gobierno trató de limpiar, eliminando su autoridad en aquellas competencias en las que las coimas (los sobornos) componían su principal sobresueldo y purgando a los mandos más corruptos del organismo. La inquina contra Evo Morales y el MAS está bien enraizada en este cuerpo que ha sido el más activo en el Golpe.

¿Pero qué hay de la chispa? ¿Cómo y por qué se han desencadenado a esta velocidad los acontecimientos?

La chispa

El pasado 20 de octubre Evo Morales ganaba las elecciones en Bolivia. Obtenía la mayoría en el Senado y el Congreso y rozaba los 10 puntos de ventaja que según la Constitución son necesarios para evitar una segunda vuelta. Nadie duda que las ganó, la cuestión se circunscribía exclusivamente a si efectivamente superaba los 10 puntos o no los alcanzaba por un puñado de votos.

¿de dónde partió la sospecha que se extendió en el Órgano Electoral, el Gobierno y la propia oposición y que llevó al caos comunicativo aquella noche?

En Bolivia tradicionalmente se realizaba un conteo manual de las actas electorales, un proceso que se demoraba días y que generaba zozobra en procesos electorales disputados. En estas elecciones generales sin embargo se estrenaba un nuevo sistema, la Transmisión Rápida de Resultados Electorales Preliminares o TREP.

El TREP, al contrario que el sistema manual funciona por medios electrónicos, cargando fotos de las actas en un sistema de cómputo centralizado a través de dispositivos portátiles. En la noche del 20 de octubre el TREP comenzó a cargar los datos de las ciudades, localidades en las que tradicionalmente Evo Morales ha tenido resultados similares a la oposición, al contrario que en la aún muy ruralizada Bolivia, en la que arrasa.

Estos resultados mostraban a primeras horas de la tarde un escenario lejano al de los 10 puntos de ventaja y por tanto acercaban a la oposición a su sueño, una segunda vuelta electoral en la que podrían sumar candidaturas divididas y superar a Evo Morales. La euforia se propagó rápidamente entre sus seguidores.

Entre tanto, en la residencia presidencial se extendía la sospecha. Pronto supieron que Marcel Guzman de Rojas, el dueño de Neotec, la empresa encargada de realizar el TREP, era un seguidor confeso de Carlos Mesa, el principal candidato opositor. ¿se podía confiar en que no participara de un fraude?

En este momento se frena el conteo rápido y se decide pasar al más seguro conteo manual tradicional. Esta decisión hace cambiar de sede la sospecha, catapultándola a los búnkeres electorales de la oposición. En las calles empezaban a agolparse los seguidores de la oposición y sus principales voceros comenzaron a llamar al desconocimiento de los resultados, resultados que a esas horas aún les garantizaban una segunda vuelta en la que tenían muchas oportunidades de obtener una victoria.

Es en ese punto en el que entra en juego la Organización de Estados Americanos (OEA) que lanza la última cerilla: “hubo fraude”, dice en la mañana del 10 de noviembre, a pesar de solo haber encontrado 78 errores entre su muestreo de las 33.043 actas totales. Se siembra la sospecha sobre todo el proceso y la insurgencia estalla. La policía y las fuerzas armadas se incorporan como cómplices pasivos y dejan hacer y la mayoría de las fuerzas sociales afines al proceso de cambio, paralizadas por la duda extendida en los medios de que sus dirigentes de nuevo hubieran podido defraudarlos como aquel 21F, bajan los brazos en shock.

Ante el seguro baño de sangre de un conflicto civil entre seguidores de ambos bandos Evo Morales primero trata de reconducir el conflicto convocando elecciones. La oposición golpista las rechaza. No aceptaría unas elecciones con Morales de candidato. La solución democrática nos les vale. A las puertas de la guerra civil Evo Morales toma la única decisión que le resta para frenar una masacre entre bolivianos y renuncia a la Presidencia denunciando el Golpe.

El candidato opositor Carlos Mesa entre tanto desaparece a su pesar de escena copada por el protagonismo de la ultraderecha del oriente boliviano que toma las riendas del país. Sus primeras decisiones tras jurar ante la Biblia son asaltar las viviendas de todos los ministros del Gobierno Morales, decretar sin orden judicial la detención del Presidente Evo Morales e instruir el uso de la fuerza a la policía, que ya está baleando a los manifestantes pro Morales en distintas zonas del país.

Abierta la caja de Pandora y consumado el Golpe. Algunos dirán que solo sembraron gasolina, otros que una cerilla no provoca un incendio de esta magnitud. Lo cierto es que la historia no les absolverá. Mientras tanto la comunidad internacional hace como si soplara para apagar un fuego que necesitaría un ejército de bomberos.

Años oscuros de nuevo en América Latina. Hay tiempo para reconducir el desastre pero se precisará de toda la inteligencia y sobre todo de toda la voluntad de los demócratas para lograrlo.