Opinion · Otras miradas

Las orejas del lobo

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, saluda a la dirigente de Podemos Irene Montero mientras el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, besa a la vicesecretaria general del PSOE, Adriana Lastra, en presencia de Iván Redondo y Alberto Garzón, tras la firma del pacto para un Ejecutivo de coalición, tras las elecciones del 10-N.. EFE/Paco Campos
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, saluda a la dirigente de Podemos Irene Montero mientras el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, besa a la vicesecretaria general del PSOE, Adriana Lastra, en presencia de Iván Redondo y Alberto Garzón, tras la firma del pacto para un Ejecutivo de coalición, tras las elecciones del 10-N.. EFE/Paco Campos

La frase se le atribuye a Winston Churchill y esta vez, a pesar de la cantidad de apócrifos que circulan por ahí de él, sí es de Winston Churchill:

A lo largo de mi vida, he tenido que comerme a menudo mis propias palabras, y tengo que confesar que siempre lo he considerado una dieta saludable.

Pero Pedro Sánchez, al aceptar ahora la coalición, está yendo más allá. No solo se está comiendo sus propias palabras, se está zampando también propios actos. Y a juzgar por la cara que tenía el martes al firmar el preacuerdo, la dieta fáctica le está sentando de puta madre. ¿Por qué?

Vamos a verlo.

Los dos grandes partidos, PP y PSOE, siempre han considerado que los nuevos, Ciudadanos y Podemos, no eran una bendición del cielo para los demócratas, sino competidores indeseables, a eliminar a cualquier precio. Tengamos que en cuenta que los partidos son empresas, que se financian con dinero público: el Estado les paga por voto y por escaño. Piensan, pues como atracadores de bancos: si tenemos que repartir el botín electoral entre cuatro, tocamos a menos. O sea, que intentemos barrer del mapa a los recién llegados. Así podremos tener una sede más grande y/o saneada y aumentar el tamaño del pesebre nacional,  para que tó quisqui nos deba favores.

Lo que pasó tras el 28 de abril es que Pedro Sánchez, El Linterna de El Dúo Sacapuntas, intentó hacerle a Podemos lo que PP y Vox le han hecho a Ciudadanos: barrerlo del mapa. O al menos, jibarizarlo tanto que resultara inofensivo para sus arcas. Y no solo eso: al gobernar en solitario, el PSOE podría haber entrado en zona de confort y aplicar sin incordios podemitas esas políticas timoratas y pusilánimes que caracterizan desde hace lustros a la socialdemocracia española: se rebelan, sí, ante el abuso (de bancos, eléctricas, fondos buitre), pero lo justito para no enemistarse con empresarios y explotadores, que controlan los grandes holdings de comunicación y podrían desencadenar contra ellos temporales mediáticos difíciles de capear. O dicho de otro modo: su lucha contra los abusos, cuando avanza, lo hace a la velocidad de una lengua de glaciar, que es el ritmo al que quieren ir los abusones. A los hechos me deprimo: ¿cuánto tiempo lleva el PSOE diciendo que quiere un Estado Laico y haciéndose luego el sueco cuando llega la hora de apretarle las clavijas a la Santa Madre Iglesia? ¿Cómo es posible que la socialdemocracia española consienta un engendro como la Fundación Francisco Franco?

No tenemos tiempo de que el PSOE se podemice. Es más rápido que Podemos se socialice.

Que nadie albergue la menor duda de las intenciones de Pedro tras el 28–A: se tiró a degüello a la yugular de Pablo porque la moción de censura que lo llevó a la Moncloa le había hecho perder el norte. Pensó que era Felipe González, en vez de un mediocre economista venido a más, que no es capaz de escribirse ni sus propios libros. Y ofreció un pacto de coalición que caducaba antes que una oferta de Black Friday. Solo para poder vender a la opinión pública que la había ofrecido y se la habían despreciado vilmente ezo marditoh roedoreh moradoh (que diría el gato Jinks). Su plan era laminar a Podemos en las urnas con ese relato: son un puñado de ingratos, no tienen experiencia alguna (¿qué experiencia de gobierno tenía Pedro antes de la moción que le regaló Pablo Iglesias?), quieren todo el pastel para ellos, van a desestabilizar la economía de país para dar de comer a un puñado de perroflautas y a la menor ocasión, intentarán violentar la Constitución Española y montarnos  un referéndum en Catalunya.

Si la diabólica jugada les ha salido como el orto (que diría Gentili) es porque Podemos no es Ciudadanos. A pesar de los varapalos electorales y de los excesos y torpezas de Pablo Iglesias, Podemos sigue siendo una fuerza política imprescindible y conectada con las necesidades de una parte cada vez más importante de la población: en España hay ya trece millones de personas que viven en riesgo de pobreza y exclusión social y necesitan a un Primo de Zumosol que los defienda de los prepotentes y los abusones.

¿Por qué lo que es posible hoy no ha sido posible en 6 meses? –(se preguntaba ayer en su videoblog Iñaki Gabilondo). Muy simple: porque el intento de crecer a costa de Podemos y de Ciudadanos le ha salido mal al Gobierno en funciones.  No es que Pedro Sánchez se haya vuelto de repente de izquierdas, sino que le ha visto las orejas al lobo: en caso de haber forzado terceras, es hartamente probable que hubiese perdido La Moncloa.

Y la Moncloa es un manjar tan suculento, que con tal degustarlo cuatro años más, este inconsistente majadero es capaz de renunciar al sueño para siempre.