Opinion · Otras miradas

Nivel universitario. Lágrimas en la lluvia

Joaquín Ivars

Profesor titular de la Universidad de Málaga

“Yo he visto cosas que vosotros jamás creeríais… “. Como se puede ver, empiezo este brevísimo artículo de manera épica y un tanto pretenciosa y peliculera, y a continuación traslado una anécdota que tuve la ocasión de presenciar. Así: Asistí al relato en vivo de la máxima autoridad de una universidad española. Esta persona, rodeada de profesores y profesoras en un ambiente académico más o menos informal y público, comentaba que ese mismo día había tenido un encuentro de trabajo con un ministro. Hasta ahí, nada destacable. Pero a continuación, el hombre, comentó entre ufano y un tanto sarcástico que la jefa de gabinete que organizaba la agenda y las necesidades del miembro del gobierno era “de esas señoras que no pueden lucir minifalda”. Las miradas de los presentes se entrecruzaron fruto de la perplejidad y de la curiosidad, pero apenas hubo tiempo siquiera de preguntar la razón de semejante apreciación sobre la indumentaria de la citada señora porque el mismo narrador, nos esclareció el misterio ipso facto: la señora jefa de gabinete del ministro no podría llevar minifalda porque “se le verían los huevos”. (No hace falta explicar el manido chiste ¿verdad?). En ese instante, miré a los demás interlocutores y no sé lo que vi; es de esos momentos en los que tu cerebro te dice que lo que acabas de presenciar no puede estar sucediendo y que el resto de compañeros y compañeras deben estar en las mismas condiciones de shock cognoscitivo/emocional que tú mismo; pero luego, te das cuenta de que ese cortocircuito cerebral es asumido por todos como algo “natural” y que lo ocurrido forma parte intrínseca del aura del poder, del don de gentes y del gracejo campechano de la primera autoridad político/académica. Y continúas cavilando: por eso es él quien gana elecciones y tú un mindundi que estás allí sin merecerlo, y que no puedes más que celebrar que existan mentes privilegiadas como esa que, manejando presupuestos de vértigo, son capaces de tirar de semejantes carros del conocimiento para alcanzar un mundo más justo, empático, tolerante y sabio.

Hasta aquí el relato de una anécdota que pasó sin pena ni gloria y desapareció como “Lágrimas en la lluvia”. De Rutger Haure, con motivo de su muerte y de otras cosas, habló David Torres no hace tanto en un excelente artículo (Profecías de Blade Runner) de este mismo diario. Casi todo el mundo sabe que Rutger, interpretando al replicante Roy Batti en la peli de Ridley Scott nos dejó para la historia del cine la siguiente frase: «Yo he visto cosas que vosotros jamás creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir».

He tenido la inmerecida ocasión, no la fortuna, de tratar con máximas autoridades políticas de instituciones universitarias privadas y públicas en diversas circunstancias, y sé que los humanos, también los responsables de la educación superior, presentan sus vías de agua; todos lo hacemos. No me seduce el puritanismo ni la corrección política, y no tengo ninguna cuita ni desencuentro personal con ninguno de ellos, y tampoco con el protagonista de la anécdota citada más arriba (ni siquiera tengo una concepción buena o mala del personaje), y creo que es posible que sufriera un lapsus freudiano que al principio pude interpretar como leve pero que luego, con el pasar del tiempo, he visto que era más importante de lo que me hubiese podido parecer a simple vista; es decir, probablemente este sujeto que se llena la boca con la igualdad de género necesitaría sanación psicoanalítica o una cura chamánica, que para el caso que nos ocupa viene a ser lo mismo. Por otro lado, no estoy seguro de no ser un replicante, a veces pienso que es lo único que sé hacer: replicar; tendría que venir Rick Deckard (Harrison Ford, el Blade runner que busca replicantes rebeldes para eliminarlos) a estudiar mi caso, pero de lo que sí estoy seguro es de que a mi alcance no han estado sucesos tan grandiosos como los presenciados por el personaje de la peli encarnado por Haure. Apenas he tenido la ocasión de observar cosas cercanas, como el más común de los mortales, por eso tengo que sacarle punta a estas pequeñas peripecias universitarias que, si se miran con atención, atañen directamente a decenas de miles de personas y, de rebote, a la ética, al talento humano y a la producción de conocimiento de toda la sociedad.

Se puede aducir como disculpa a lo sucedido que no es para tanto, que quién no cae en una cosa como esta, que errar es humano, que igual llevaba una copita de más, que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, que ninguna conversación cercana entre colegas aguanta la más mínima exposición pública, etc. Y creo que es así, que todos y todas cometemos errores de mayor o menor calado en función de nuestras circunstancias personales, nuestros cometidos y nuestra formación. Pero también creo que hay asuntos que deberíamos revisar, especialmente cuanto más alto sea el nivel de responsabilidad, que exige también cotas máximas de ejemplaridad, al menos durante el usufructo del cargo. Toda la llamada comunidad universitaria o tiene datos precisos o intuye multitud de casos de corruptelas menores o de graves corrupciones, pero la institución en la mayoría de incidentes de este tipo no facilita la corrección de semejante estado de cosas (últimamente se han aireado política y mediáticamente algunos acontecimientos con desigual fortuna, porque con más frecuencia de la deseable la educación superior resulta tan corporativista como las cadenas de mando del ejército, donde todo el mundo “cierra filas” no sea que se abran huecos por donde se escapen informaciones que deben quedar “en casa”).

La universidad española, lo vivo a diario, tiene aspectos más que excelentes, y en ocasiones tan buenos o mejores que cualquier universidad del mundo, pero también presenta caras que sonrojan la de cualquiera. Si modestamente refiero esta anécdota que puede parecer más o menos significativa y vergonzante, es porque todos sabemos que la universidad, como la política, supone el reflejo de toda una sociedad a la que se dice que ha de servir. Si alguien aún estima la meritocracia y el librepensamiento, supongo que está al tanto de que la universidad no es un ejemplo a salvo de actitudes deplorables y tramposas; muy al contrario, está bien nutrida de ellas -más o menos toscas o sofisticadas (la universidad suele pertrechar de armas muy útiles en el arte de la trepa)-, y es posible que debido a esas argucias algún impostor, ensoberbecido o incompetente esté ejerciendo su poder en los más altos cargos de los órganos directivos de la educación y contribuyendo a que estas instituciones del conocimiento y del saber lleguen a oler a podrido casi tanto como lo hacen las cloacas del Estado. Desconozco por completo a qué clase de político pertenece el autor del comentario antes citado, ni cuáles han sido sus méritos o servicios prestados para alcanzar ese estatus; mi trato con él no dio para más, pero no me cabe duda que en esa ocasión no fue ejemplar, y sospecho que cuando se permitió actuar con ese tono en un ámbito público aunque restringido, la probabilidad de que guarde algunos cadáveres en el armario aumenta notablemente.

Lo sucedido hace un tiempo -no he logrado borrarlo de mi memoria-, me ha requerido un proceso de reflexión para asumir la gravedad de un hecho que puede servir de mero ejemplo pero que también me ha sido útil para coger fuelle y sentir la necesidad de contarlo aunque sea tarde. Si alguien cuestiona -toda vez que no se registró audiovisualmente lo ocurrido- por qué no hice en su momento público, con nombre y apellidos, este asunto que relato, que se pregunte si los presentes hubiesen estado dispuestos a replicar o a dar fe de lo que escucharon. Pienso que en algún caso no lo hicieron porque pudieron quedar tan bloqueados como yo, y en otros casos silenciaron y silencian el suceso porque quizás sus carreras universitarias estén forjadas a base de esfuerzos burocráticos sin parangón, de ir cubriendo etapas gremiales y económicas con el mínimo de enfrentamientos posibles con los superiores, mirando para otro lado para que así nadie se meta en sus asuntos y aprovechando todos los resquicios que el sistema brinda a los más fulleros e incompetentes. De cualquier manera, al margen de lo que otras personas quieran o no admitir como responsabilidad propia o ajena, yo asumo el problema personalmente como una falta de destreza y rapidez de respuesta en el momento adecuado. Así que, mostrado mi arrepentimiento, la próxima vez que oiga a alguien de este nivel institucional expresarse en términos semejantes, procuraré que el shock no me cierre las entendederas y la boca y sepa actuar con los reflejos necesarios para decirle algo parecido a lo que, sin excusas, tenía que haber salido de mis labios en aquella deshonrosa ocasión. A saber: Le recomiendo, señor, que cuando toquen las próximas elecciones a rector no se ponga minifalda durante la campaña ni siquiera para conseguir votos del colectivo LGTBIQ, porque si lo hace (y siguiendo su propio y grosero hilo argumental), es probable que se le vea el culo chorreando caca arrogante, machista, misógina, tradicionalmente rancia y apestosa. Y que en el futuro, señor, como buen universitario, si tiene la humildad que proporciona la docta ignorantia (indispensable para un buen aprendizaje), rectifique su conducta, mejore sus modales y tenga a bien actuar como un político ejemplar que representa a una institución que también ha de serlo en todos los aspectos.