Opinion · Otras miradas

La juerga de las rentas altas y los pobres de Vox

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

Manuel pasó decenas de años en la carretera. Recorría junto a su cuadrilla 390 kilómetros diarios para ir a trabajar a las grandes obras de Madrid. Salían del pueblo a las 4:00 de la mañana, para evitar así el atasco de la carretera de Andalucía. La meseta es como la extensión de su insomnio, y el pueblo, el lugar del constante retorno. Cuando se produjo la gran estafa del 2008, perdió su trabajo. Contaba con 58 años, y comenzó a sentirse inútil. Ahora gasta las mañanas de paseo como un anciano prematuro, sin esperar nada, entre resignado e iracundo. El empleo esporádico de María, su mujer, salvó a la familia. Todo se ha agrietado en la vida de Manuel, quien nunca imaginó las causas de este extraño final. Ha perdido toda reputación social y roza la pobreza.

El trabajo es una expresión de la vitalidad que estructura las relaciones, y su carencia daña el amor propio. La generación de Manuel fue próspera, aunque acabó humillada, mientras que sus hijos no ambicionan nada mejor que dejarse llevar. Para colmo, identifica su propia historia con la del país entero, con lo cual sintoniza con los tercios del capitán Abascal. Los inmigrantes son consumidores de subvenciones, delincuentes apostados en las vallas de Ceuta y Melilla. La calle es una batalla donde cada uno arranca lo que puede, por lo que la corrupción política es comprensible.

El índice Gini señala a España como uno de los países más desiguales de Europa, una situación que empeoró durante la crisis. La ruina del Jardín de las Hespérides se debe a la deuda privada y pública, aunque no afecta a todos por igual. Se han socializado las malversaciones y el rescate a la banca, mientras que unos poquitos golfos se reparten los beneficios, gracias a la ruina ajena. El Banco de España ya advierte: más de 50.000 millones de euros utilizados para rescatar a la Banca no se van a devolver. Bruselas apremia a pagar la deuda antes que a subir las pensiones. El negocio del euro no parece muy beneficioso, salvo para Alemania, el estado que más se ha lucrado tras la llegada de la moneda única.

Según Oxfam, la distancia entre ricos y pobres es parecida a los años 70, en tiempos del Opus tardo franquista. Por eso hay quien sueña con una nueva transición, y otros fantasean con un glorioso pasado, perdidos en su laberinto.

Un país es débil cuando sus trabajadoras piden prestado para llegar a final de mes. La cohesión social es imposible cuando un 10% de los españoles acaparan el 90% de la riqueza.

En estas circunstancias, hay oportunistas que consumen la frustración y la devuelven en forma de desprecio hacia adversarios equivocados, que suelen ser los que huyen de una corrupción normalizada, y una casi falta absoluta de oportunidades, como en el Norte de África.

Sugiere la filósofa Adela Cortina que la pobreza causa espanto incluso entre hermanos. Hay algo de irracional en el miedo a la escasez, un terror atávico, como el que produce la rata negra. El aliento de la pobreza es pavoroso. La riqueza es motivo de adoración y prestigio, y hasta un puerco adinerado puede ser venerado.

El 8% del PIB se pierde a causa de la corrupción, y esto afecta a una multitud desorientada. La desigualdad no surge de la nada, sino de la propia corrupción ética del conjunto. Laminar por la vía democrática a los aprovechados, y gravar las grandes fortunas y corporaciones tecnológicas necesita de una determinación política.

El ascensor social vía rentas está destruido. La pobreza es un martillo que golpea sobre la descendencia, un azote que deja una huella biológica y psíquica en quien la padece.