Opinion · Otras miradas

La mayoría de los científicos estimó mal la velocidad del cambio climático

Antonio Ruiz de Elvira Serra

Catedrático de Física Aplicada, Universidad de Alcalá.

Aparece el día 11 de noviembre, en el New York Times, un artículo de Eugene Linden que denuncia los errores de “muchos científicos” acerca de la velocidad con la que se produce el cambio climático, ya que estimaron una velocidad mucho menor, más lenta, de la que estamos observando los últimos años.

En primer lugar, muchos de los científicos que han trabajado en el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) de la ONU se han retirado tras una única etapa en el mismo, pues dicen que no pueden aceptar las presiones políticas que se reciben a la hora de publicar el dictamen final en plazos de entre 4 y 8 años

Es un caso más de estupidez humana por parte de esos políticos. Reconocer la realidad del cambio climático es duro, pues obliga a modificar comportamientos. También lleva a un mundo mucho más rico y con la riqueza mejor distribuida, pues implica eliminar las fuentes concentradas de riqueza y establecer otras repartidas.

Implica que los políticos digan, por una vez, la verdad, y asuman la furia de una parte de la población, por ejemplo, ante la eliminación del diésel y los combustibles fósiles, el transporte de mercancías y los problemas con las pensiones de los jubilados.

La cirugía es mejor hacerla cuando el cáncer está en su estadio inicial. Las operaciones cuando ha metastatizado son mucho peores y, además, inútiles.

Desde 1998 he escrito artículos y dado más de cien conferencias para avisar de que el sistema climático es no lineal y se acelera. Que cada metro cuadrado de las tundras canadiense y siberiana que se deshiela un verano significa cuatro metros cuadrados sin hielo el verano siguiente. Que el calentamiento del Ártico implica un cambio en la circulación oceánica que aumenta la velocidad del calentamiento global.

¿Qué podemos hacer ante esta realidad?

La temperatura media global del planeta puede subir aún uno, dos y tres grados centígrados. Cada uno de ellos implica consecuencias cada vez más desastrosas y, además, no lineales. No estamos acostumbrados a las situaciones no lineales. Desde hace 400 años la física se ha centrado en los sistemas lineales, donde duplicar la causa implica solo duplicar el efecto.

Pero la realidad del mundo son los sistemas no lineales.

Una subida de 2 ⁰C tiene efectos unas cuatro veces más intensos que una subida de 1 ⁰C. Una de 3 ⁰C, efectos nueve veces más intensos.

Es urgentísimo frenar una subida que es ya inevitable. Para eso es necesario, ya, cambiar de esquema energético, a pesar de las salidas a bolsa de las grandes petroleras.

Parte del daño ya está hecho: se inundarán las costas y en las casas de primera línea se irán sus cimientos. A eso hay que sumar la destrucción de carreteras y parques costeros.

Para las ciudades costeras y llanas, como por ejemplo, Santander, San Sebastián, La Coruña y, posteriormente, Valencia y las demás, hay que empezar a diseñar los diques de protección a la manera de las costas holandesas.

Necesitamos, en todas las zonas propensas a las inundaciones procedentes de lluvias, como las de los meses pasados, construir vías de desagüe de tipo capilar, eliminar radicalmente los embudos, las ramblas que vierten en otras ramblas.

Debemos reconocer que las sequías en España irán aumentando su duración, y rediseñar las políticas de agua.

Una buena parte del territorio está amenazado de desertización creciente. Hay que diseñar una política rápida para aumentar su vegetación, y reforestar donde sea preciso.

Y muchas más actuaciones.

Mientras tanto, la política se concentra, como hemos visto en las últimas elecciones, en problemas de cierto impacto personal pero de nulo impacto para el futuro inmediato y más lejano.

Ante la realidad que se nos viene encima, podemos seguir jugando a “yo soy más guapo que tu”, o “dame una parte de la riqueza porque es mía”, mientras esa riqueza no hace más que disminuir.

O podemos empezar a colaborar todos para arreglar, juntos, el casi presente y el futuro cercano y más lejano.

¿Que elegimos?


Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

The Conversation