Opinion · Otras miradas

Es más que Hong Kong

Xulio Ríos

Director del Observatorio de la Política China

El gobierno chino decidió suspender la revisión de solicitudes para hacer escala en Hong Kong de buques y aviones militares de Estados Unidos. China también tomará medidas en contra de algunas organizaciones no gubernamentales de dicho país (National Endowment for Democracy, el Instituto Nacional Demócrata para los Asuntos Internacionales, Human Rights Watch, el Instituto Republicano Internacional, Freedom House, etc.) por su supuesto rol en los disturbios en Hong Kong.

Llegan así las primeras muestras de las “contramedidas” anunciadas tras la aprobación de la Ley de Derechos Humanos y Democracia de Hong Kong, sancionada recientemente por el presidente Donald Trump. ¿Todo se quedará en esto o habrá más? El anuncio llega tras la presentación de “protestas enérgicas”, acusaciones de “interferencia en los asuntos internos”, de “violación del derecho internacional”, etc. Beijing ha pedido a Washington que no implemente la ley para evitar mayores daños a las relaciones bilaterales en “áreas clave”…

Desde el inicio de las protestas en Hong Kong, China acusó a EEUU de actuar como una “mano negra” en el fomento de los disturbios, poniendo más énfasis en la trascendencia de las injerencias externas que en las causas internas del malestar, una aseveración que no es del todo creíble.

Es sabido que en los últimos meses el Departamento de Estado ha emitido varias declaraciones oficiales y el conflicto en Hong Kong ha sido destacado en varios discursos de alto perfil y cuidadosamente elaborados, incluida la propia alocución del Presidente Trump ante la Asamblea General de la ONU. La declaración más extensa fue la efectuada por el vicepresidente Mike Pence el 24 de octubre en el Centro Wilson en Washington. Allí invocó las obligaciones de China en virtud de la Declaración Conjunta sino-británica de 1984 y expresó su abierto apoyo a los manifestantes.

Por su parte, el Congreso y el Senado fue siempre más allá, eludiendo la condena de los excesos de los manifestantes y deplorando la “intromisión” de China en la autonomía de Hong Kong.

La Ley de Derechos Humanos y Democracia de Hong Kong se enmarca en esta evolución y compromete a la Administración Trump a actuar no solo preceptuando un seguimiento del estado de las libertades en la ex colonia (que debe servir de base para decidir si mantiene o no el tratamiento económico y comercial favorable a Hong Kong) sino postulando, llegado el caso, la imposición de sanciones diplomáticas. Además, se ha prohibido la exportación de ciertas municiones no letales a la policía de Hong Kong, aunque estos suministros deben estar más que garantizados….

No se trata de Hong Kong, se trata de China.

Y estamos donde siempre. La decisión de Trump de rubricar la ley confirma la política de “brazo largo” estadounidense, con especial proyección en el orden jurisdiccional (el mismo que llevó a la detención en Canadá de Meng Wanzhou, la ejecutiva de Huawei, o que sirve de fundamento al asedio de las empresas españolas que operan en Cuba, por ejemplo) y alienta la crispación de las autoridades chinas. Y, por supuesto, constituye una muestra más de la aplicación de la tradicional doble vara de medir que connota de principio a fin la política exterior de la Casa Blanca.

La decisión de la Administración estadounidense no es, por supuesto, ajena al conjunto de políticas aplicadas en tiempos recientes para contener a China.

Beijing podría optar ahora por una cartera de medidas precisas que compliquen a meses vista una hipotética reelección de Trump, pero esta agenda será manejada con escrupuloso cuidado pues sus reveses también podrían afectar a China seriamente. Además, para las autoridades chinas, las luces cortas difícilmente aportan la visibilidad exigible en un pulso que va para largo.

Sea como fuere, la presión sobre China no cederá y el objetivo último se va precisando cada día con mayor nitidez. Bien claro lo dejó el secretario de Estado Mike Pompeo en su discurso en el centro de estudios de la Koerber Stiftung, ubicado cerca de la histórica Puerta de Brandeburgo de Berlín, el pasado 8 de noviembre: “Tras la caída del Muro de Berlín, el régimen chino es la mayor amenaza comunista”.

Ya no es EEUU contra China, dice Pompeo, sino EEUU contra el PCCh. Una significativa vuelta de tuerca en la pugna bilateral que obligará a Beijing a hilar muy fino. Las hipotéticas contramedidas que a mayores China pueda adoptar entrañarán, a buen seguro, dificultades para la Administración Trump. Pero el problema para China es otro. El incremento de la presión de EEUU sobre los “intereses centrales” de Beijing puede hacer zozobrar todo el sistema político. Y de eso se trata.