Otras miradas

Popper rechaza el método inductivo

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

Algunos atentados han sido producidos desde los Estados, servicios de inteligencia, o corporaciones de mercenarios. El terrorismo sirvió para liquidar gobiernos como el iraní (operación Ajax, 1953) destruir Vietnam (Golfo de Tonkin, 1964), acabar con Irak (1991, 2003), Afganistán (2001), desestabilizar Líbano, Palestina, Cuba, Israel, Turquía o Latinoamérica. El espionaje masivo de la NSA define esta era. El resultado es un control total, aunque consentido por la mayoría de los ciudadanos. El tirano no es un autócrata, sino muchos señores de la guerra cibernética que controlan los flujos de Internet. No hay "región" que no tenga su guerra total o parcial. En los últimos años la propaganda se ha concentrado sobre un enemigo que constituye muchas "franquicias", o bien son "lobos solitarios", acusados de auto adoctrinamiento.

La manipulación de las pasiones ajenas es la auténtica máquina criminal. Los sentimientos no respetan el estatus socioeducativo del individuo. En 1991 Nayirah al-Ṣabaḥ lloraba ante una comisión de derechos humanos en EEUU. Narraba como las tropas de Sadam desconectaban de las incubadoras a las niñas kuwaitíes. Centenares de informativos de todo el mundo difundieron el invento de la joven, y hasta Amnistía Internacional lo verificó. El público se indignó en la sobremesa, y deseó la destrucción de los perversos del bigote, mal que hay que erradicar. Tras los atentados del 11S, el sentimiento de odio fue análogo a la invasión de Afganistán. Si algunos bárbaros destruyen el Panteón de Roma, hay que castigar al conjunto. Quemar sus turbantes, sus sandalias, y aniquilar a sus familias. La venganza exige el sacrificio urgente. Solo así, las sociedades dañadas vuelven a su natural armonía.

La inmundicia propagandística con el objetivo de atentar contra los inocentes no tiene fin. Pero el objetivo exacto no es el de engañar al público, sino el de propiciar argumentos para el auto engaño, que es una forma de adoctrinamiento personal exento de responsabilidad penal. En algunos casos, son necesarios los verdugos simbólicos, porque la obscenidad no admite los reales, y destruye el piso donde se asientan las libertades. La verdad, aunque documentada, produce una amnesia generalizada, porque la desnudez de la brutalidad tiene el efecto mágico del olvido, y paraliza los miembros. El documental Faranheit 9/11 es un gran ejemplo. Mostrar las brillantes vetas de la maldad transforma en estatua de sal al espectador que las contemplan.

La clave para ganar las elecciones siempre ha sido utilizar el miedo, aunque los grados de sofisticación alcanzados son enormes, gracias a la manipulación de las masas sin educación digital ni audiovisual, pero con dispositivos móviles extremadamente vulnerables.

La simultaneidad entre el atentado y las elecciones ya es recurrente. El enemigo está marcado y reúne unas características perfectamente reconocibles. Estos presupuestos se alcanzan por inducción: parecidos rasgos faciales, consignas, religión y geografías. Sin embargo, Karl Popper rechazó el método del razonamiento inductivo, basado en conclusiones generales a partir de hechos particulares que se repiten. Para el filósofo, si uno solo de esos presupuestos se demuestra falsos, la teoría general queda anulada. En su lugar, buscó el error que destruye la certeza. La ciencia no era un valor acumulado de aciertos, sino conclusiones provisionales que han de refutarse.

Conocer de un modo empírico la perfecta autoría de un atentado es difícil. Sin embargo, los científicos sociales señalan a los mismos actores una y otra vez, lo que implica llegar a una conclusión general. Aplicar el método inductivo es muy cómodo, sobre todo porque aparecen certezas que funcionan como un mantra, y las ideas preconcebidas siempre ayudan.

Este tipo de atentados son materia reservada al escrutinio de unos pocos jueces, y es imposible verificar los resultados de un modo científico, y mucho menos someterlo a la democrática cadena de bloques o blockchain, lo que no implica un veredicto, sino más bien un conjunto de hechos cuantificables aprobados por la mayoría. Es necesario comprobar la trazabilidad de un acto violento desde su origen para determinar la responsabilidad. Toda superviviente necesita observar el rostro que ha arrancado con violencia una parte de sí, de lo contrario queda huérfana y confusa.

Según el Índice Global del Terrorismo (2019), publicado por el laboratorio de ideas Instituto para la Economía y Paz, la dinámica de invasión, ocupación, retirada, y vuelta a empezar, es un ciclo vicioso. No parece una conclusión brillante. Según el estudio, el acceso a Internet permite a los terroristas llegar a medios que antaño solo estaban en poder de los Estados. Lo cierto es que son conclusiones pueriles, pues todas las naciones son matrioskas de poder, y a veces, de corrupción y la más repugnante violencia.

El mantra de la autoría es una condena sobre sociedades y comunidades enteras. Si pensamos en la nacionalidad de un violento, su idioma, su religión y color de piel, la respuesta es instantánea.

Definir el terrorismo implica una posición política.