Opinion · Otras miradas

La identidad nacional no es nuestro campo de batalla

Fotografía de archivo del Árbol de Gernika. EFE/Alfredo Aldai
Fotografía de archivo del Árbol de Gernika. EFE/Alfredo Aldai

Algo que viene ocurriendo en los últimos procesos electorales aquí en el País Vasco, es que cierta presunta izquierda se jacte de los resultados (0 escaños de PP, Vox y Cs) en términos de supremacía moral, cultural y política. Curiosamente, al hacer el recuento, Navarra desaparece del imaginario de Euskal Herria para muchos abertzales, pero eso es otra cuestión.

Con este alarde se pretende dibujar una línea imaginaria que separa un nosotros progresista y civilizado, en contraposición a esos otros pueblos de la profunda España repletos de gente descerebrada que vota a la extrema derecha y se limpia el culo con un canto rodao. Esta, aparte de ser una lectura incorrecta de la situación política, es un ejercicio de narcisismo nacional que se asemeja más al ideario de la derecha identitaria que a cualquier pensamiento que se pretenda izquierdista. Es una afirmación que, además, conlleva la negación de cualquier aspiración internacionalista al creer que la solidaridad de clase no aplica al otro lado del Ebro, y que la deriva fascista solo puede acontecer en unas naciones determinadas. Aquí, un ejemplo que lo desmiente: Mi calle, en Beasain, se llama Oriamendi. El tercio Oriamendi fue una columna de requetés vascos que luchó junto al fascismo español y se encargó de “limpiar” este pueblo de obreros antifascistas venidos a trabajar, en su mayoría, de la profunda España. Para saber quiénes somos también hay que hacer memoria.

Debemos entender que el parlamento no es una radiografía del esqueleto ideológico de una sociedad, y que la política trasciende el espectáculo que sucede el día que metes la papeleta en una urna. De hecho, la política es casi todo lo que pasa cuando no estás metiendo la papeleta en una urna. Política es cuando no llevas a tu niño a ese parque porque hay muchos rumanos. O cuando lo apuntas en la ikastola porque quieres que tenga esa educación “euskaldun” que no es lo suficientemente pura en la pública, con tanto hijo de inmigrante. Haces política cuando pones tu segunda vivienda en alquiler a un precio desorbitado aprovechando la ausencia de oferta, y pretendes, además, hacerlo sin contrato para no declarar. Política es cuando tragas todo lo que diga tu jefe, o cuando tratas mal a tu compañero de trabajo, o cuando acusas de holgazán a quien lleva demasiado tiempo buscando uno. Política es, en fin, todo lo que determina las circunstancias que vivimos. Y no tanto eso que habla la tele mientras tu mujer friega los platos y le cambia los pañales a ese niño en nombre de cuyo futuro declamas en contra del fascismo. ¿Y su presente, qué?

Es evidente que en Euskadi existe una voluntad política diferenciada, precisamente eso es lo que la convierte en una nación, y no al revés. O sea, no es que seamos muy particulares y diferentes y por eso votamos otra cosa. La nación surge de la voluntad política; y esta, de las relaciones sociales. No es porque seamos un pueblo genuino y milenario con un carácter específico cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, o tengamos un gen resistente, o seamos nietos de Eneko Aritza. Simplemente es que aquí la voluntad política se articula de una forma diferente. Por ejemplo, el espacio a la derecha no lo ocupa el españolismo, sino el regionalista y tecnocrático PNV; a su izquierda, socialdemócratas y socioliberales divididos por la fractura nacional. No. Los vascos no somos ni más antifascistas, ni más guays, ni más europeos, ni más cívicos, ni más tolerantes. Aquí también se expande la ideología que nutre de votos a la extrema derecha (como en Europa, como en el mundo), solo que aún no se ha materializado en escaños. Lo cierto es que tampoco se ha inventado un Vox con sensibilidad nacional euskaldun. Miedo me da el éxito que pudiera tener.

El hecho de que el sistema de partidos y el poder institucional en el País Vasco tenga una configuración diferente es por multitud de factores, algunos de ellos históricos, claro. Sin embargo, el aspecto económico es lo fundamental para entender por qué difiere tanto del resto del Estado; la boyante economía vasca y sus excelentes gestores del hegemónico PNV, nuestro partido institucional. Si Euskadi no tuviera solo un 9% de paro, frente al 22% de Andalucía, el 20% de Extremadura, el 16% de La Mancha… Si Euskadi no tuviera una PIB per cápita de 34.000 euros frente a los 21.000 de Murcia, los 19.000 de Andalucía, los 18.000 de Extremadura… Si Euskadi no tuviera un concierto económico hábilmente negociado por los representantes de las multinacionales vascas, que son también los nuestros… Euskadi padecería una situación de miseria parecida al de otros territorios del Estado: mismo paro, misma sanidad deficiente, misma inseguridad…; y quizá entonces, al igual que en esas otras tierras, muchos, errando en el señalamiento de los culpables, optarían por votar a Vox (o a su versión euskaldunizada, no importa). Pues si te fijas bien, maneras no nos faltan, para qué nos vamos a engañar.

El problema más allá de unas ideas compartidas sobre el ejercicio de la soberanía o la legitimidad democrática, es la patria como única ideología. Si la ideología es la patria, poco importa que sea española, vasca o catalana: no hay diferencia si no en la articulación política concreta del imaginario. Se puede hacer desde la izquierda o desde la derecha, pero en lo que a identidad nacional se refiere, todos los nacionalismos son análogos. No existen identidades nacionales mejores ni peores. En el País Vasco como en el resto del Estado, hemos de saber diferenciar la legítima expresión de un sentimiento de identidad nacional, de la amenaza fascista que decreta la radical exclusión del otro camuflada tras una bandera, sea cual sea esta.

Cuando la coyuntura política intenta explicarse recurriendo a algún tipo de particularidad cultural basada en una historia idealizada, gloriosa, sin mácula. Cuando la concepción de la comunidad es restrictiva, cerrada, incuestionable. Cuando se antepone la construcción de una patria singular a la voluntad política de la gente que la habita. Entonces, nos acercamos peligrosamente al programa de los partidos como Vox. La autocomplacencia no es el camino hacia una sociedad más justa. El onanismo nacional no puede ser antifascista.