Opinion · Otras miradas

Machistas, estáis en nuestra lista

Diana López Varela

Guionista y periodista

¿Qué lleva a un tipo a interrumpir una performance en contra de las agresiones sexuales a mujeres con un original “y ahora para casa a hacer la cena” mientras decenas de personas corean “o violador es ti” en la Praza do Obradoiro de Santiago de Compostela? La sensación de impunidad, el me sale de los huevos, la calle es mía, aquí mando yo, soy superior a vosotras… el machismo. Hasta que la plaza se calienta y otros hombres se acercan a él al son de los tambores y de la rabia encendida. El cobarde, como todos, huye.

Pero, ¿qué frena a ese grupo de mujeres, considerablemente mayor en tamaño y fuerza, a no partirle la cara a un solo varón que las insulta mientras realizan un acto reivindicativo?¿Es la feminidad?¿Nuestra empatía altruísta y nuestra educación exquisitas? ¿El frou frou de nuestras faldas, que diría Simone de Beauvoir? “La acción de las mujeres no ha sido jamás sino una agitación simbólica, y no han obtenido más que lo que los hombres han tenido a bien otorgarles; no han tomado nada: simplemente han recibido” decía de autora de El Segundo Sexo.

Durante no pocos años años los varones tuvieron el monopolio de la violencia. A las mujeres no se nos dejó empuñar un arma en una academia o institución hasta hace tres décadas, y a día de hoy las féminas siguen siendo solo el 12,7% en el ejército, y las compañeras militares todavía están luchando contra el acoso sexual dentro de sus cuerpos con no pocas dificultades. Tenemos que recordarles a los chicos eso de no se viola, no se pega, no se acosa… pero basta ya de seguir instruyendo a las mujeres en la delicadeza, en el no molestar y en el no enfadarse más de la cuenta (si lo haces estás loca o con la regla, o ambas). Basta ya de esta farsa de la educación femenina.

Cuando necesitamos que alguien nos ayude o nos defienda casi siempre pensamos en un varón: un policía, un amigo, un desconocido… aunque haya más posbilidades de que nos cuestionen por razón de nuestro sexo. Pero las mujeres, unidas, tenemos la capacidad suficiente para defendernos. En la adaptación teatral de Fariña (inmensa, vayan a verla) el director Tito Asorey recuerda el momento en que las madres de la droga asaltaron el Pazo de Baión dispuestas a echarlo abajo hasta enfrentarse con el narcotraficante Oubiña. Siempre es una delicia escuchar a Carmen Avendaño, presidenta de la Asociación Érguete, contar cómo se enfrentó a narcos y a policías para salvar la vida sus hijos. Todo para los demás, casi nada para nosotras: esa ha sido nuestra ceguera y también nuestro mayor pecado.

No conozco a ninguna mujer que se haya zafado de la violencia machista a lo largo de toda su vida. La vivimos desde niñas en las familias, en las escuelas, en las calles, y después en nuestros puestos de trabajo y en nuestras relaciones de pareja. Muchas de nosotras hablamos sobre los comportamientos que hemos tolerado o dejado pasar de largo (sí, lo hablamos) porque aunque el miedo paraliza en un primer momento, en no pocas ocasiones es la vergüenza la que perpetúa la sumisión. No es la primera vez que mujeres muy jóvenes me cuentan casos de acosos sexuales perpetrados por parte de profesores o de superiores mientras realizaban prácticas becadas. Si cualquiera de ellas dijese en alto “o violador es ti” a los señores de turno se le hundía la carrera y la vida, pero el temor a las represalias académicas y laborales y la vergüenza de que familiares y conocidos vean aireada su intimidad en una sociedad que todavía nos juzga como provocadoras de nuestras desgracias (mención aparte el caso de Marta Calvo y el penoso seguimiento mediático que se está haciendo para justificar su asesinato) les salva a muchos el pellejo. A las mujeres nos sobran las agallas, y nos sobran los motivos: nos están matando.

Denunciar todas las actitudes machistas en público y en privado es la mejor autodefensa que podamos darnos. Por eso, cuando el tipejo de Santiago huía y las mujeres le gritaban “machista, estás en nuestra lista” yo que, vivo en esta ciudad, trataba de quedarme con su cara para no tardar mucho en saber quién es y poder compartirlo con mis amigas. Lo veremos en los bares y tendrá que agachar la cabeza.

Otras chicas y mujeres me han comentado situaciones de extorsión en que sus exparejas o examantes las amenazan con compartir fotos o videos íntimos si no ceden a sus chantajes. Nuestras capturas, nuestro relato y nuestros testigos valen, a efectos jurídicos, mucho más que todas las fotos de unas tetas y los videos de felaciones que podáis acumular. Es tan fácil destrozarle la vida a un cretino que no sé por qué no se habla más de ello cuando vamos por los institutos prodigando la autodefensa. Necesitamos abrir esa lista y apuntar a todas las ovejas negras que se pasean por nuestras universidades, por nuestros puestos de trabajo, por nuestras camas. Para prevenir a las siguientes. Para que no haya siguiente.

Queremos que los medios de comunicación nos lo cuenten todo sobre el agresor (quién es, dónde vive, dónde trabaja, su historial delictivo)  y nada sobre la víctima, más allá de lo estrictamente necesario para informar de las circunstancias del crimen o del abuso, y para que le podamos rendir tributo.

Queremos tener un portal con los nombres y los apellidos de los agresores y los violadores condenados, y queremos su cara en las comisarías de nuestras ciudades.

Queremos que los hombres tengan el espacio justito en las tertulias sobre feminismo porque al final, siempre, acaban erigiéndose representantes de sus intereses y una ya tiene el culo pelado de aguantar a señores que se creen “feministas” dando lecciones de paz social. Que Octavio Salazar, por ejemplo, hable de “tensiones, insultos, barricadas, negaciones, enfrentamientos, carnets, trincheras, cegueras partidistas, lobis vs lobbies” mientras se asusta de que el feminismo radical no es el feminismo dialogante que el aprendió y muchas compañeras sufren acoso en redes y en persona, es para hacérselo mirar. El feminismo ni es cuqui, ni pretende serlo. Esa feminidad mansa y domesticada de la que él habla la queremos abolir.

Claro que ocurren cambios cuando toda la sociedad sabe quién es el abusador o el maltratador, esa es la esencia del #metoo. Es Harvey Weintsein, es Plácido Domingo, son la Manada, es Pedro, es Pablo, es Iosu, es Carlos, es Alfredo, es Jose, es Matías y es Ricardo. El machismo también se palia con la legítima defensa. No hace falta mancharse las manos, sabemos vuestros nombres y tenemos 4G.

Machistas, estáis en nuestra lista.