Otras miradas

Comederos de delfín y bebedores de mercurio

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

Imagen del documental 'The Cove'
Imagen del documental 'The Cove'

El ADN humano guarda una gran similitud con el de los delfines, aunque estos cetáceos viven en el agua. ¿Qué nos diferencia de los animales? Es posible que nuestra especie sea la única en recordar a sus antepasados, y también la única en utilizar todo su intelecto para someter a la naturaleza, e incluso a otras personas consideradas inferiores y volubles. Y no es seguro que esto último nos haga especiales. Se puede concluir que la capacidad para interrogarnos nos hace diferentes. Tal vez la admiración ante la belleza.

Según algunos estudios, compartimos la misma capacidad que los delfines para disfrutar del sexo. Además, las dos especies nos reconocemos ante el espejo, lo que indica cierto grado de conciencia. El gozo en sí es una forma de onanismo, cuyo resultado en ocasiones es identificarse con los otras/os, en una especie de fascinación por la imagen.

Simpatizamos con los delfines y el medio a través de la pantalla, pero las personas, al emanciparnos de la naturaleza, no vemos la verdadera dimensión del desastre, causado por la popularización de la codicia, respaldada legalmente por los regímenes "del libre mercado".

En el documental The Cove (Louie Psihoyos), disponible en Filmin, la sangre de estos cetáceos colorea  el mar de Taiji (Japón), en calas próximas a deliciosos paraísos, donde se masacran por miles en una orgia sanguinolenta. Cerca, los armoniosos templos y los budas sonrientes guardan silencio, porque su mundo no es el de los necios, y dan la espalda a los crueles.

En el documental, un angustiado Ric O’Brian se enfrenta a los pescadores nipones. Este ex entrenador de delfines siente verdadera devoción por ellos, sin embargo, tuvo una mala experiencia que martillea su memoria. Durante el rodaje de Flipper, la popular serie de los años 60,  la protagonista hembra delfín murió en sus brazos. "Estaba deprimida, lo podía notar". Estos animales son muy sensibles al ruido, y muchos han muerto así en los delfinarios.  La realidad es que O ‘Brian popularizó la cautividad de otros muchos flippers, lo que aún no se ha perdonado.

Aquel error le ha llevado a un activismo extremo por todo el mundo. Descubrió que los delfines eran inteligentes, y que un ser que disfrutaba tanto de su libertad no debía encerrarse en una pila de agua limitada con hormigón. Normalmente en los delfinarios se interpreta que sus saltos, piruetas y arrumacos se deben a la presencia humana, pero no es así. Su naturaleza jovial lleva a un error de juicio.

Hay animales totémicos, como los caballos, los gatos o los perros, y por eso consumirlos se asemeja a la antropofagia. Los delfines representan la libertad, la alegría y el gozo. Los tenemos en el palacio de Cnosos (Creta), coronados de un azul vibrante.

Toda la basura que genera este sistema de consumo coloniza lo lugares más bellos, transformados en insospechados vertederos de plástico. Por eso el organismo de los delfines está lleno de mercurio. La incineración, la combustión de carbón, la minería, y toda actividad industrial emiten mercurio a la atmósfera, que pasa a la cadena alimenticia. Las consecuencias del consumo de peces contaminados se vieron en Minamata (Japón). La empresa Chisso vertió mercurio, y contaminó las áreas de pesca. Las mujeres embarazadas lo consumieron, y muchos niños nacieron con problemas cognitivos y parálisis.

Centrarse en los problemas ambientales sin hacerlo en el modelo productivo es como intentar eliminar el humo sin apagar la hoguera. Los órganos más bellos suelen ser los más sensibles, los más delicados, susceptibles de convertirse en vertederos.

Si es necesaria una "revolución verde", es que el cambio solo puede ser radical. Y parece casi imposible llegar a un acuerdo real, como se ha visto en Madrid hace días. Actualmente el incremento del PIB es directamente proporcional a la destrucción de las libertades mayúsculas.