Otras miradas

Crónica de una muerte anunciada: Qasem Soleimani

La muerte de Qasem Soleimani era previsible. Sobrevivió a la guerra de Irak e Irán diez largos años, marchó a las terrosas fronteras de Afganistán para luchar contra el tráfico del opio. Luego fue ascendido a jefe de las fuerzas Al Quds (1998). En la invasión del Líbano, logró que los israelíes fueran expulsados de la peor manera y por las bravas. Tras la nueva ocupación imperial pro los derechos de la mujer afgana, este comandante se alió con los hazara en contra de los talibanes, hasta que en el 2002 un bufón tejano situó a Irán entre los malvados.

Hablar de las guerras sirias e iraquíes es sinónimo de escuchar su nombre casi reverenciado. Al él se debe la unidad de acción contra el "Estado Islámico" tanto en Siria e Irak, y son muchos los comandantes fascinados por su audacia, cuando ya se cuarteaba Siria en un nuevo Sykes Picot, y se dividía Irak en estados confesionales, para regocijo de Israel y sus aliados providencialistas.

El comandante debió de sentir una gran libertad al percibir la fragilidad de la vida, lo que cada vez le hacía más osado. A veces la única política es la de las trincheras, y la calificación de terrorista va en función de la coyuntura política, que se utiliza tras un consenso de partidos, transmitido a la sociedad por los medios de comunicación afines.

El asesinato de un guerrero dotado con el don de la ubicuidad tiene una lectura muy sencilla: es una invitación a una guerra formal, pero ese conflicto se va a vivir en el proceso de destitución de Trump y en las elecciones del 2020, porque la sociedad imperial está muy enfrentada. Desde una perspectiva puramente democrática, todos deberíamos votar, porque un proceso electoral en el país del Mago de Oz implica unos pocos miles de muertos, a ser posible morenos al grito de ¡Allah Akbar!.

Pero la clave no está en lo que se ha perdido para siempre, sino en que será del mensajero. El imperio se adjudica el derecho de matar a quien desee en cualquier parte del mundo. Incluso es capaz de matar, sin juicio previo, a sus propios ciudadanos, como sucedió en Yemen con Anwar Awlaki.

La sensación de que algo carcome los cimientos del capitolio es certera, pero más reales son las 800 bases militares donde estos matones operan, y los 70 países en los que tienen presencia.

Los científicos sociales han advertido sobre las consecuencias del asesinato de Soleimani, porque el carisma está basado en la comunión con el héroe, y esto podría producir carreras parecidas. Una religión socializada basada en el martirio, con sus muertos y sus oprimidos, es difícil de destruir, porque es precisamente ese el impulso que la mueve. Sin embargo, los milicianos imperiales tomaron el joystick y dispararon como suelen hacer.

La cuestión es si lo han asesinado para dar comienzo a la batalla electoral, para aligerar el proceso de destitución de Trump, o lo es por debilidad, tras el asedio que sufren sus tropas acantonadas en los cuarteles-burdeles. Hay que recordar que un ataque de EE. UU. mató hace días a decenas de miembros de Kata’ib Hizbullah, tras lo que se produjo el asalto a la embajada, y el posterior asesinato de Soleimani. Sin embargo, la respuesta no es proporcional, pues el comandante es autor de épicas victorias en diferentes países.

Lejos de esta lógica de acción reacción, al margen de filias y fobias, hay un hecho difícil de contestar: EE. UU. no tiene legitimidad moral para intervenir, salvo para extirpar el tumor que carcome su sistema democrático. La arbitrariedad, la corrupción, y los asesinatos masivos, están descomponiendo su base ideológica. Es cierto que el petróleo importa, así como proteger a Arabia Saudí e Israel, pero la acción ideológica es determinante; y esta es protagonizada por unos fanáticos evangelistas, tipo Pence y Pompeo, quiénes sueñan con un único estado afín, desde el Éufrates hasta el Nilo, mientras su país se oscurece cada día, y la sociedad se hace cada vez más cínica.