Otras miradas

Vivir, votar, gobernar… con la nariz tapada

Joaquín Ivars

Profesor titular de la Universidad de Málaga

Los humanos olemos, habitualmente mal. No solo olemos físicamente -algo que cualquier criatura dotada de sentido olfativo podría corroborar si además dispusiese de las facultades del habla-, sino que olemos éticamente. A cualquiera que se nos acerque brindamos involuntariamente un tufillo que delata nuestra calaña. No siempre estamos atentos a estas curiosidades o somos plenamente conscientes de los efluvios propios o ajenos, pero pertenece al saber popular que cuando alguien está metido en algo "sucio" solemos decir, consecuentemente, que esto o aquello nos huele mal. Así es. Y nos pasamos gran parte de la existencia ofreciendo y soportando olores que van de lo molesto a lo nauseabundo; acaso eso que llamamos amor nos libera por instantes de esas malas percepciones. Más a menudo de lo que quisiera yo huelo mal para los otros y los otros huelen mal para mí; conclusión: todos, en cierta manera y más comúnmente de lo que solemos creer, olemos mal. En muy contados momentos encontramos límpido o agradable el aire que rodea a otra persona, y en bastantes de esas ocasiones terminamos por atribuir a un cierto ambientador (artificial, por supuesto) el camuflaje de la fetidez que alguien, persona u organización, esconde. Todo un arte ese del perfume social y que tantos éxitos suele reportar a quien maneja con audacia y astucia sus físicas y químicas. Pero cuidado con las engañifas.

En su obra de teatro Huis Clos (A puerta cerrada), Jean-Paul Sartre sentencia que "el infierno son los otros" (l'enfer c'est les autres); en ella el pensador del existencialismo se ocupa de la eterna y diabólica proximidad del otro en nuestras vidas. Podemos interpretarlo como: las axilas o los intereses espurios, los pies o los deseos inconfesables, los anos o las frustraciones de los otros quedan demasiado cerca como para no percibir sus pestilencias. Y viceversa: además de la cautividad social que supone la presencia de un "otro", esta alteridad siempre nos recuerda que a pesar de que nos propongamos una cierta "distinción", somos tan parecidos que, como decía al principio, cualquier animal con sentido olfativo nos reconoce simplemente como humanos y, por tanto, peligrosos.

Entonces surgen asuntos a los que tal vez sería interesante prestarle atención. Cuestiones que el magnífico ambientador y lubricador social que fue el jesuita Baltasar Gracián probablemente no quiso preguntarse porque su libro Oráculo manual y arte de prudencia (publicado bajo pseudónimo en Huesca, que también existe, en 1647), según cómo se estime podría más bien cnsiderarse un tratadillo de El arte de la trepa, o del éxito. El también llamado, simplemente, Arte de la prudencia es una suerte de best seller de autoayuda bien aplaudido en los ochentas y noventas del siglo pasado por el mundo de los altos ejecutivos internacionales cuando el neoliberalismo recrudecía los instintos del capitalismo más salvaje. Este superventas acompañó la era Reagan/Thatcher (1979-1990) y el colofón de Francis Fukuyama que parecía autocumplirse en 1992 en su libro El fin de la Historia y el último hombre (The End of History and the Last Man). En esta edición el autor explicaba (tras el antecedente de un artículo publicado ya en 1989) cómo la Historia, en cuanto lucha entre ideologías, terminaba con la caída del muro de Berlín, el fin de la Guerra fría y el triunfo de las democracias liberales, capitalistas -y capitaneadas por los EE.UU.- sobre la égida del comunismo de una Unión Soviética comandada por los rusos. De aquellos polvos triunfantes nos vinieron casi a renglón seguido estos descorazonadores lodos que nos cubren el planeta en multitud de aspectos: mayores desigualdades sociales y económicas, precariados, terrorismos a mansalva, aumento de los conflictos territoriales, catástrofes ecológicas de carácter completamente apocalíptico, etc. Pero aquellos polvos, cosméticos, se nos presentaron perfumados y balsámicos, como si fuesen de talco; la nueva economía desregulada serviría para refrescar el crecimiento mundial y la Pax Americana -una vez desaparecidos los obstáculos de un enemigo feroz y totalitario que había tratado de parar el progreso humano hacia el bienestar social y la democracia desde sus gulags y sus corrupciones estatistas. Ya sin rémoras ni lastres, el Nuevo (y único) Orden Mundial dirigido por los bienintencionados políticos estadounidenses vendría a fructificar en una globalización de libertades y bienestar jamás conocidos.

Pero para repasar esas cuestiones de las que hablaba antes y que ahora parecen convenientes, para comentar esos temas acerca del olor que nos circunda, será mejor volver al presente. Acabo de leer en un diario económico de internet la siguiente frase de Warren Buffet (invariablemente colocado en el escalafón más alto de inversores y multimillonarios mundiales): "Siempre podrás decirle mañana a alguien que se vaya al infierno"; sentencia que él mismo expresa como una especie de guía vital y que parece extraída de una actualización del lenguaje utilizado por Gracián en el siglo XVII y que sugiere una suerte de procastinación del improperio o de la expresión agria (o simplemente franca) del desacuerdo. A lo largo del artículo citado, se explicita que el contenido de estas palabras se dirige a una cierta táctica de morderse la lengua o taparse la nariz porque así siempre te guardas la oportunidad de machacar al contrario en frío, sin las pasiones del corazón o de la sed de justicia que en un ataque de ira nos pueden nublar la visión o el cerebro (o sea, manejando los tiempos, como dicen que hacen los grandes políticos). El breve texto al que aludo además nos da referencias sobre las publicaciones de este magnate -icono de los CEOs y grandes inversores- desde cuyos párrafos hace recomendaciones altruistas para todo aquel que pretenda alcanzar grandes objetivos económicos. El artículo parece no tener desperdicio, pero huele mal, al menos a mí.

Vivimos tapándonos la nariz o mordiéndonos la lengua cuando vemos corrupciones a nuestro alrededor (no hay que irse muy lejos). Y lo podrido huele mal, ya sea en la familia, en el trabajo, en los lugares de estudio y formación, en el consumo, en los negocios, compraventas o prestación de servicios, en los espacios y redes de socialización y ocio, etc. También votamos tapándonos la nariz cuando sabemos que es mejor votar que ceder terreno al más pestilente de los putrefactos, pero siendo plenamente conscientes de que nuestro voto no lo otorgamos con la alegría y la esperanza de que sirva a aquellos que realmente van a pensar en el bien de todos y todas, eso que antes llamábamos "bien común"; vamos a las urnas con la nariz tapada porque la hediondez nos parece menos insoportable que la otra, pero tampoco nos resulta agua de rosas. Si esto nos pasa a nosotros, meros mortales que a diario hemos de vérnoslas con la eventual asfixia de tener que taparnos la nariz de vez en cuando ¿qué ocurrirá cuando han de hacerse acuerdos de gobierno para una legislatura con la nariz tapada? Ahora mismo, cuando se llenan las bocas de lealtades y protocolos para evitar traiciones… ¿es sano que los que nos gobiernen anden todo el rato tapándose la nariz o mordiéndose la lengua para que no se vaya todo al traste, o sería más eficaz limpiar de desperdicios y porquerías las casas y los egos de cada cual y afrontar los acuerdos y las tareas de liderazgo social con franqueza y sin las astucias del monje Gracián o del potentado Buffet? ¿Es imposible que Podemos y el PSOE, el PSOE y ERC o PNV, etc., solo por poner algunos ejemplos, puedan ser aliados en causas comunes para el beneficio de las mayorías sin tener preparado el puñal a la espalda del adversario político? ¿Han de recorrer necesariamente estos partidos los sinuosos caminos de la política tapándose los orificios nasales porque no soportan el olor del compañero de viaje? Esta semi-asfixia permanente que ellos van a sufrir cada día de la presente legislatura ¿no puede resultar demasiado peligrosa, un colapso? La toxicidad que emana de cada uno de los componentes de este puzle volátil pero legítimamente democrático ¿no nos llevará a todos a quedar amoratados por la falta de oxígeno y permitirá que de nuevo nos intoxiquen con gases mucho más perniciosos aquellos que esperarán sentados en el parlamento para ver pasar el cadáver de su enemigo o aquellos que saldrán a las calles a incendiar los ánimos, suministrar oxígeno embotellado y acelerar los explosivos sociales?

Cuidado con taparse demasiado la nariz, ni se ahoguen ni nos ahoguen, por favor. Es mejor, menos arriesgado, asear hogares e instituciones, cuerpos y espíritus, indicar claramente y al momento dónde nos parece que hiede y no esparcir ambientadores que disimulen el hedor de los muertos del armario. Ya sabemos todos que basta con esconder algún trapo sucio para que el mal olor nos lleve hasta él; las derechas y las izquierdas han tenido ya sus propias experiencias y saben que no existen el búnker o la cloaca suficientemente herméticos para contener la peste. Discreción sí, pero transparencia y honestidad también, por todas las partes, que corra el aire; de lo contrario acudiremos en breve al entierro de un gobierno muerto por sofoco o por falta de higiene y ventilación, democrática y mental. Y si eso ocurre, pasarán algunos lustros hasta que les sea permitido volver a intentarlo.