Otras miradas

El tercer policía

José Ángel Hidalgo

Funcionario de prisiones, escritor y periodista

El ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska, durante el acto de toma de posesión de su cargo. EFE/David Fernández
El ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska, durante el acto de toma de posesión de su cargo. EFE/David Fernández

Lo que desanima de los aparatos de seguridad del Estado es que, a pesar del nombre que les damos, su entraña no es mecánica; es decir, que cuando salta el chivato de la avería no es porque chirríen en su interior bielas, ni se desaflojen tuercas, ni se sobrecalienten cables. Al contrario, su naturaleza es muy humana, y el chivato saltará detectando debilidades como la codicia de lo ajeno, la ocultación del abuso, la traición al prójimo, en fin, todo un catálogo de miserias como indubitable guía rectora de sus más estropeadas voluntades.

Es inherente a esos aparatos lo diabólico, como muy bien nos enseñó mordaz Flann O’Brien en El tercer policía. En este libro inquietante, un comisario está obsesionado con reducir objetos como una caja de cerillas a nivel infinitesimal, y una vez así disminuida, abrir la cajita extrayendo lo que nos asegura que es un fósforo; y es capaz de convencernos de que la cerillita está ahí, ante nuestras narices, aunque no pueda verse ni con un potente microscopio… ¿no es algo maléfico dar a unos hombres el prodigio sobrenatural de reducir hasta ese punto la realidad?

¿Qué criminal podría zafarse, no caer rendido ante semejante y pervertido poder? Es una cuestión que da mucho miedo, como le sucede al asesino, ladrón y protagonista de El tercer policía.

Pues es esta condición humana, inherente a los aparatos estropeados de seguridad, la que hace que la labor de su desmontaje requiera habilidades muy por encima del técnico de mantenimiento al uso. Se precisan exorcistas políticos de coraje probado y moral intachable, comprometidos con valores constitucionales más allá de la unidad inquebrantable de España, que este lo vocea cualquiera.

¿Alguien duda de que Marlaska es el hombre providencial que podría reparar semejantes averías? No sé: como el personaje de OBrien, sabemos que se enfrenta a una perfidia muy grande, a un señorío envilecido por la conciencia de casta que viene de tiempos remotos, que sigue borracho de impunidad, debilitado un tanto con la caída de algún Villarejo que otro, pero nada más. Porque la memoria de los alardes de ese poder es reciente.

El ya ministro sufrió en su interinidad de casi dos años a una secretaria de Estado de Seguridad, Ana Botella, y a un director general de la Policía, Francisco Pardo, en alguna medida ambos chirriantes e indeseados.

Sabemos que Pardo y Botella procrastinaron, o hicieron decaer ánimo y argumentos, o entorpecieron hasta hacer parecida su indolencia a algo así como a una la rebelión en la cadena de mando política, la orden del ministro de expedientar y cesar al comisario Mariscal de Gante.

Yo creo que los dos se pasaron por el forro el deseo de muchos españoles de que Marlaska tomara justa represalia contra ese comisario de formidable apellido, y minúscula vergüenza, por recibir con un piscolabis de honor a Billy el Niño el día de los santos Ángeles Custodios, que en esa fecha fueron algo menos custodios y mucho menos santos.

Esa reticencia al trabajo de los subordinados del ministro le pareció a Pablo Iglesias entonces escandalosa. Marlaska parece que tomó nota de su actual colega de Consejo, pero solo a medias. Lo cierto es que ayer, ya ministro en firme, armado de valor y después de una reconfortante sesión de piscina, destituyó a la Botella, aunque mira por donde, el valor no le ha llegado hasta poner en la calle a su director policial.

Esto llama un poco la atención, pues Pardo era un grano infectado por la uña del maléfico Pepe Bono en el cogote de Pedro Sánchez. Se lo colocó venenosamente en alguno de sus cariñosos abrazos. El ex ministro de Defensa, que siempre cuida de los que bien le sirven, despeja con la confirmación en el cargo el incierto futuro profesional de Pardo, dedicado en cuerpo y alma desde hace más de treinta años a suspirar profundamente a su vera.

Hemos leído que siempre se atiene al guion, que jamás ha dicho una palabra más alta que otra, y que alcanzó su cima laboral justo cuando salió de Defensa junto a su señor: lo hizo como vicepresidente de una empresa contratada por su departamento cuando él aún estaba en el cargo, y eso estuvo muy feo, por lo de la puerta giratoria y otras molestias que para los indolentes y muy discretos ha traído el 15-M.

La presión de Bono para que se confirme a Pardo debe haber sido proverbial, porque éste es de los pocos peones del clan de los manchegos que le van quedando en la pomada madrileña. Raphael no cuenta. Yo creo que mientras siga Pardo al frente de la Policía debemos hacernos cargo de que es el travieso Pepe el que, como diablo cojuelo, anda por allí cuchicheando primicias, removiendo el fondo de los armarios, trasteando en los desvanes de un ministerio con tanta magia.

Ojo pues con Bono que, como el personaje maléfico de O,Brien, es capaz de reducir cajas de cerillas a nivel subatómico, y tras asegurarnos que saca de su interior un fósforo invisible, prender ante nuestras narices un veguero: la humareda apestosa del cigarro nos convencerá de su poder. Aquí huele pues a que con algún truco de contracción intelectual han convencido a Marlaska de que, con Pardo en el sillón, va a tener a los díscolos de la Policía comiendo de su mano, ay.

El caso es que mientras los muy discretos siguen medrando y sin dar un palo al agua, los que sí recibieron palos de Billy el Niño aguardan un gesto contundente de dignidad del primer gobierno de progreso desde los tiempos de la Segunda República. Y también una derogación limpia de la infame ley de Seguridad Ciudadana, y que se pongan a trabajar en tantos otros desafueros pendientes de reparación.

Como para no creer en la existencia del demonio.