Otras miradas

Los muertos piden subvenciones para el cine español

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

Foto de familia de los galardonados en la gala de entrega de los Premios Goya 2020 que se celebró en el Palacio de los Deportes José María Martín Carpena, en Málaga. EFE/Jorge Zapata.
Foto de familia de los galardonados en la gala de entrega de los Premios Goya 2020 que se celebró en el Palacio de los Deportes José María Martín Carpena, en Málaga. EFE/Jorge Zapata.

Los muertos hablan por los vivos, porque son el único medio que tienen disponible para comunicarse con las personas. Desde esta perspectiva, es comprensible que la mayor parte de la cultura y la ciencia sea producida por mujeres y hombres ya fenecidos. Los muertos nos utilizan para manifestar sus ideas, aunque en ocasiones los buscamos para darles una vida ilusoria, como aquellos científicos británicos que han logrado imprimir el tracto bucal en 3D de un sacerdote egipcio, llamado Nesyamun de 3.000 años de antigüedad. Así, han conseguido reproducir unos fonemas incomprensibles, que permiten escuchar la gravedad de su voz en el más acá. En el 2016, un equipo italiano "rehízo" la voz de Ötzi, un hombre asesinado en los gélidos Alpes hace 5.300 años. Tras estudiar a esta momia, los eruditos del aparato fonador lograron reconstruir el sonido de su voz. Dicen que a este hombre de hielo lo mataron por venganza, tras perseguirlo durante días.

Las consecuencias de una guerra abarcan varias generaciones. Los que sufrieron una muerte injusta, gritan a través de sus seres amados, por eso sus voces molestan a los censores actuales. Los memoriales son el depósito de la identidad social, sin embargo, el desgarro de los agraviados procede de sus conciencias, y es incontrolable. El cine, por sensibilidad, muestra estas vidas, lo que genera el rechazo de sus represores, como vimos en la gala de los Goya.

En la película El caso Waldheim, su directora Ruth Beckermann expone la vida de Kurt Waldheim, un ex nazi que fue secretario general de las Naciones Unidas durante nueve años (1972-1981). Lo hizo con toda impunidad, mientras inauguraba pomposas conferencias en los epicentros mundiales del poder. Nada parecía turbar su lacada sonrisa en los horrendos salones vieneses. Era necesario hacer una labor de centrifugado para digerir a los nazis, valiosos en su lucha contra la URSS. Según Ruth Beckermann, Waldheim presenció y tuvo conocimiento de crímenes de guerra en Tesalónica y Yugoslavia. Sin embargo, años más tarde, fue condecorado con la orden de la estrella yugoslava. Su carrera de éxitos no se limitaba a la ONU. Desde 1986 hasta 1992 fue presidente de Austria. La directora reconstruye así las vidas destruidas por aquellos que cambiaron el uniforme de combate, por una impostura colosal y consentida.

Es el estado el que da sentido a la historia de la nación, y ésta tiene que ser consensuada por los grupos de poder. En Austria eso no se produjo, debido a las contradicciones aún vivas en su sociedad. Algo similar sucede en España, donde ni siquiera hoy se ha alcanzado un consenso sincero entre lo sucedido en la guerra civil y la larguísima posguerra, de ahí la debilidad internacional de este país, siempre tan dispuesto al despedazamiento fratricida.

A pesar de las quejas, una buena parte de la producción cinematográfica española está relacionada con el trauma de la guerra, lo que provoca la pataleta de la derecha social, al grito de ¡subvenciones no! Sin embargo, son mucho mayores las ayuda al cine en los países donde sí han alcanzado un consenso político en cuanto a su historia más traumática. Así sucede en Francia, Alemania, EE. UU. o Inglaterra. La memoria se tiene que cuidar, preservar, difundir, poner en duda. Las memorias subjetivas, o las que se pretenden objetivar.

Los que rechazan el cultivo del recuerdo aspiran a una victoria perpetua revestida de ficción, aunque para eso sea necesario tapar la boca a los muertos y a los vivos. La represión les educó en ese silencioso desprecio hacia los que sufrieron el abuso y la humillación.