Otras miradas

La jauría de José María Aznar

José Ángel Hidalgo

Funcionario de prisiones, escritor y periodista

La imagen sombreada del entonces presidente de BBVA, Francisco Gonzalez, en la última junta de accionistas del banco en la que estuvo presente, en marzo de 2018. AFP/Ander Gillenea
La imagen sombreada del entonces presidente de BBVA, Francisco Gonzalez, en la última junta de accionistas del banco en la que estuvo presente, en marzo de 2018. AFP/Ander Gillenea

París era un enfermo voluptuoso, indolente y sucio, tumbado cuan largo era a ambos lados del Sena. Sobre sus calles deambulaban los vecinos, cada uno con su afán, ignorantes de las enormes riquezas que había bajo sus pies. ¿No estarían en realidad a la espera del cirujano que hundiera su bisturí en aquel enorme tórax, dibujando con sus cortes largos y profundos el trazado carnoso de los grandes bulevares del futuro?

Hendida como una pupa enorme, la gran ciudad iba a liberar todo el oro que oprimía su sangre y que nadie parecía querer recoger para llenarse los bolsillos.

Saccard era ese carnicero. El sí que anhelaba el oro sepultado en el suelo de París, el que brotaría pronto de su Bolsa. Y lo quería todo. Cuando el granuja llega a la capital de Napoleón III, casi con lo puesto y una mujer a la que no ama, enloquece de inmediato de avaricia: pasea arriba y abajo por la ciudad, trazando en su imaginación disparada el mapa de una metrópoli nueva: es su primer día una jornada febril, un ir y venir sin término, hasta que cae rendido ya a la noche, sudoroso y con los pies destrozados.

Nadie lo va a detener, será rico, inmensamente rico, se juramenta: una energía súbita le ha endemoniado, un ansia de depredación sin escrúpulos le alucina con la visión del brotar de chorros de riquezas que tan solo están esperando a que él las recoja debajo mismo del pavimento. La especulación bursátil y la inmobiliaria, los instrumentos del engaño y el crimen de Estado, le harán pronto nadar en la abundancia con la complicidad ministerial de su recto hermano Eugène.

Émile Zola nos contó en La Jauría la historia del carismático Saccard, un ser meridional, pequeño y moreno (también en su continuación, El dinero), un retrato feroz de los estragos que acarrea la ambición sin medida. Toda una crítica a la Francia corrupta posterior al golpe del emperador Napoleón III: un país que se inflamó ante la visión de una prosperidad basada en la corrupción política (exacerbada con el poder omnímodo del dictador), en una atroz especulación (siempre a costa del erario público), en las grandes exposiciones universales… ¡y en la invasión de Méjico!

Aquella Francia de cascos ligeros, hipnotizada con el cebo de la ganancia estratosférica y rápida, era el terreno fértil para que prosperara una especie oportunista como la de Saccard. Era el país que no paraba de festejar su propio engaño, y que ya era observado de reojo y con una sonrisa sardónica por quienes pronto lo iban a aplastar: la próspera Alemania de Bismarck.

La Francia de Zola, sobre la que cayó con sus garras el despiadado Saccard, es un trasunto literario inspirador de la España de 1996, la que José María Aznar convirtió en un lodazal de pelotazos, robos, canalladas y extorsiones, una lista de crímenes ésta muy bien documentada. El país entero, como aquella Francia loca de Zola, se puso a jugar a la Bolsa (capitalismo popular), a comprarse una segunda vivienda, a estrenar coche alemán. Hasta invadimos Irak y retomamos Perejil: ¿no teníamos al frente del Gobierno a nuestro pequeño Napoleón?

La caterva de miserables a los que se da vida en La jauría, podrían haber sido inspirados en la manada de cuatreros, policías y especuladores (a veces indistintos) que rodearon en todo momento y desde el primer minuto a ese ser meridional, moreno y pequeño llamado José María Aznar: Rato, Blesa, Zaplana, Trillo, Francisco González, Villalonga: caigo ya rendido ante la expectativa de los muchísimos nombres que hay que añadir.

Ay, si uno se pusiera a recordar los estragos que a España han acarreado esta cuerda de venales y que aún hoy seguimos pagando: Zola no hubiera dado crédito. Sí que pienso que a Francisco González, ex presidente del BBVA, hoy noticia, le hubiera ofrecido un destacado papel en El dinero: el alarido y desvanecimiento final que a Saccard le provoca la repentina fulminación en la Bolsa de las acciones del Banco Universal, su sueño de dominación financiera del mundo, esconde una lección que a nadie puede dejar indiferente. El gran periodista y escritor francés seguro que nos preguntaría por cuánto tiempo se puede engañar al accionista con una riqueza que ha sido construida con venalidad, corrupción y una alocada apuesta especulativa.

Y también nos llamaría la atención sobre otra cosa importante: al igual que al vil Napoleon III le perseguirá siempre su derrota y captura final en la batalla de Sedán (metáfora del fin de una época de depravación), a José María Aznar, nuestro pequeño ser abusivo, moreno y meridional, nunca le dejará ya de martirizar su caída fulminante tras las bombas del 11 M: tal que una rata envenenada con el queso de sus propias mentiras.

¡A cada Napoleón le llega su San Martín, que concluiría nuestro gran naturalista, Émile Zola! No es prudente dejar de leerlo.