Otras miradas

Evitar la "metrópolis vacia"

Oriol Estela Barnet

Coordinador General del Plan Estratégico Metropolità de Barcelona

Vista de la ciudad de la Barcelona. EFE/Quique Garcia
Vista de la ciudad de la Barcelona. EFE/Quique Garcia

Barcelona se ha acostumbrado en los últimos años a destacar en un gran número de indicadores y rankings globales. En diciembre pasado, por ejemplo, se presentaba el informe del Observatorio Barcelona, ​​que situaba la ciudad en el top 10 mundial en términos de calidad de vida y empleo. El estudio Barcelona in the Ranking de Ideograma para Barcelona Global nos ayuda a tener una idea de las posiciones que ocupa en diversos ámbitos; algunas mejores que otras, pero en cualquier caso bastante por encima de lo esperable teniendo en cuenta el peso demográfico de nuestra ciudad y en cotas impensables, sin duda, hace 30 años.

Nos hemos acostumbrado también a noticias que ponen de manifiesto que la llegada de empresas en el 22@ es continuo, haciendo realidad la previsión de 5.000 nuevos puestos de trabajo anuales, o que el ecosistema startup crece aceleradamente, con puntales como los diversos hubs de Barcelona Tech City. Se siguen batiendo récords de afluencia turística y de precios de alquiler de la vivienda, dos signos de dinamismo económico que tienen, sin embargo, contrapartidas en la vida cotidiana; aún así, la población ha crecido en los últimos cinco años hasta situarse en el nivel más alto desde 1991.

En suma, Barcelona juega en la liga de las grandes ciudades según los parámetros que imperan en la economía global, y parece que se ha instalado en esta posición por mucho tiempo.

Si hacemos, sin embargo, una mirada al conjunto de la ciudad y, aún más, si la ampliamos y nos acercamos a la ciudad real, encontramos que en el territorio metropolitano existen determinadas zonas que quedan al margen de los signos de progreso, como mostró claramente el proyecto Barrios y Crisis del IGOP, y que se pueden ejemplificar en la lista de barrios que suelen ocupar el imaginario de la precariedad urbanística y la vulnerabilidad económica y social. Varios son los instrumentos que se han puesto en marcha para atacar estas situaciones, empezando por la Ley de Barrios y el programa de ayudas que fue asociado durante los años del gobierno tripartito en la Generalitat de Cataluña y, en el pasado mandato, el Plan de Barrios de la ciudad de Barcelona que se plantea ampliar a algunos municipios metropolitanos.

Pero también hay otras zonas que no suelen captar tanto la atención y que muestran signos de debilidad que pueden llevar a que, en un horizonte de medio plazo y haciendo un paralelismo con la idea de la "España vacía" tan en boga actualmente nos encontramos con una "metrópoli vacía", evidentemente con una dimensión y unas características diferentes a las de los entornos rurales. Me refiero a una parte importante de las urbanizaciones residenciales y los polígonos industriales.

En cuanto a las urbanizaciones, los factores de amenaza son principalmente el progresivo deterioro de un parque de viviendas que ya empieza a ser bastante maduro, así como el envejecimiento de las personas que resident en él, que deberán hacer frente a la falta endémica de servicios, a lo que la conocida como Ley de urbanizaciones de 2009 no ha dado solución efectiva, con una menor autonomía para desplazarse a obtenerlos.

Por otra parte, atendiendo a los cambios en el estilo de vida (preferencia por la vida en los centros urbanos, limitaciones y por el uso del vehículo privado, etc.), no parece que la gente joven tenga que presentar masivamente candidatura para ocupar estos espacios, a menos que la crisis de vivienda en los núcleos urbanos siga su escalada.

En el caso de los polígonos industriales, es bien conocida la fragmentación del espacio disponible y su mala calidad, sea por ubicación o por falta de infraestructuras y servicios. Este hecho, que viene de lejos, unido a los cambios en la actividad económica y al poder de atracción de los centros urbanos para las actividades de mayor valor añadido condena a muchos de estos polígonos a reinventarse o morir.

Un caso singular lo representan los grandes centros comerciales periurbanos ubicados en polígonos de actividad económica, que tanta competencia han hecho sobre el pequeño comercio de pie de calle durante décadas, y que ahora se encuentran amenazados de correr la misma suerte, como ya está ocurriendo desde hace años en Estados Unidos o Gran Bretaña, debido al embate del comercio electrónico. Una amenaza que evidentemente refuerza la presión sobre el comercio de los centros urbanos, que también se desertifiquen (de momento ya hay cada vez más municipios pequeños sin establecimientos) y que ha llevado a múltiples proyectos de reorientación en el uso de los locales comerciales.

Así pues, la capacidad de atracción de las zonas centrales de la metrópolis barcelonesa hace que el resto del territorio vaya a remolque y, en algunos casos, pierda dramáticamente población y, sobre todo, actividad económica. Un muy reciente ejemplo de esta fuerza centrípeta creciente es el "caso Hermitage": que un proyecto de este tipo sólo pueda ser viable en un emplazamiento específico, hipercéntrico, cuando tenemos una metrópolis de 2.500 Km2 donde viven 5 millones de habitantes, es una clara muestra de los desequilibrios territoriales existentes. Por eso también hace un cierto respeto hablar del impulso de planes para revitalizar económicamente el centro de Barcelona si no hay medidas análogas que ayuden también a hacerlo en otras centralidades (actuales o potenciales) metropolitanas.

Poner en marcha planes para hacer frente a este tipo de problemáticas es necesario, pero una de las claves ineludibles para corregir la situación se encuentra en el planeamiento a medio y largo plazo. Debemos ser conscientes de que hoy en día, en el ámbito urbanístico, todavía está vigente el Plan General Metropolitano de 1976. Un plan que se hizo pensando en una ciudad en expansión, vertebrada por la movilidad en transporte fundamentalmente privado y con segregación de usos del suelo (espacios exclusivamente residenciales, como las urbanizaciones o industriales, como los polígonos, por ejemplo). Es imprescindible, pues, disponer de un planeamiento urbanístico preparado para la movilidad, la actividad económica y, en general, la vida en el siglo XXI. Y diseñar entre todos y todas como queremos hacer la transición hacia la nueva movilidad, las nuevas actividades económicas y los nuevos estilos de vida.

En este sentido, estos días se está cerrando el proceso participativo del avance del Plan Director Urbanístico Metropolitano y en breve se pondrá en marcha la elaboración del nuevo plan estratégico metropolitano, que definirá objetivos colectivos en el horizonte 2030. Dos piezas clave para adaptar la metrópolis a los nuevos tiempos y para conseguir un territorio equilibrado y reducir las desigualdades. Evitar que esta "metrópoli vacía" se haga realidad debe ser una de las prioridades.