Otras miradas

La Europa de unos pocos o la Europa de todos

Manu Pineda

Eurodiputado de Unidas Podemos por Izquierda Unida

Un grupo de refugiados en el Campamento de Moria, en la Isla de Lesbos (Grecia), en el que actualmente viven más de 20.000 personas, en su mayoría afganos (49% de la población) y sirios (20%), según cifras de ACNUR. EFE/ Ingrid Haack
Un grupo de refugiados en el Campamento de Moria, en la Isla de Lesbos (Grecia), en el que actualmente viven más de 20.000 personas, en su mayoría afganos (49% de la población) y sirios (20%), según cifras de ACNUR. EFE/ Ingrid Haack

El Gobierno griego decretó el pasado lunes la suspensión del derecho a pedir asilo durante un mes. Una decisión que viola de manera clara la Convención de Ginebra y que ha recibido el apoyo total de las tres figuras clave de la política europea. El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, y el presidente del Parlamento Europeo, David Sassoli, se desplazaron a la frontera entre Grecia y Turquía el martes para, en una rueda de prensa con el primer ministro griego, Kyriakos Mitsotakis, mostrar el respaldo de las instituciones comunitarias a que un Estado miembro incumpla el derecho internacional. "Grecia es el escudo de Europa", llegó a decir una Von der Leyen que, como buena exministra de Defensa de Alemania, ha recuperado todo el vocabulario belicista que existe para hacer frente a la emergencia humanitaria que se vive de nuevo en el Mar Egeo.

Según los datos de la Organización Internacional de las Migraciones, desde comienzos de año y hasta el 24 de febrero habían llegado a Grecia 5.554 personas, 4.884 a travesando el Egeo, principalmente a la isla de Lesbos. Esas cifras han aumentado considerablemente durante el último fin de semana. El Gobierno de Mitsotakis, en lugar de poner en marcha los dispositivos necesarios para acoger a todas esas personas migrantes y refugiadas procedentes de Turquía, desplegó a la Policía y al Ejército y permitió el uso de una violencia inusitada hasta el momento.

El Estado griego ha empleado gases lacrimógenos, porras, ha permitido que sus patrulleras hostigaran los botes repletos de personas poniéndolas en peligro y hasta ha empleado fuego real para repeler su llegada a la costa. A su lado, hombro con hombro, grupos de neofascistas insultando y atacando a las personas migrantes y refugiadas y agrediendo a las ONG, activistas y periodistas que trataban de cubrir este negro episodio de la política migratoria de la Unión Europea. Esos mismos grupos, que han ido sembrando el caos en Lesbos ante la pasividad de los cuerpos y fuerzas de seguridad, prendieron fuego a un centro de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados y han forzado a las organizaciones humanitarias a salir de la isla.

Grecia, por tanto, sí es el escudo de la Unión Europea como dice Von der Leyen, pero el escudo contra los derechos humanos. La reacción de la Comisión Europea es doblemente peligrosa porque no sólo avala la vulneración de esos derechos, sino que va a dotar a Grecia de herramientas para que siga haciéndolo.

Von der Leyen anunció el blindaje de esa frontera en el Egeo con el envío de un buque, seis patrulleras, dos helicópteros, un avión y tres vehículos dotados de sistemas de termografía. Además, desplegará otros 100 agentes de la fuerza de acción rápida de FRONTEX, que se sumarán a los 530 que ya están en la zona. Por último, ofrece 700 millones de euros a Grecia para gestionar la migración. La Comisión de Von der Leyen, que hasta ahora se había mostrado como una gran agencia de marketing político, enseñó el martes su verdadero eslogan: el migrante es el enemigo.

Sin embargo, como ocurriera en 2015, este aumento en la llegada de personas a Grecia por el Egeo no es un fenómeno meteorológico. Tiene unas causas bien claras, que son fruto y consecuencia, además, de los errores en la política exterior y migratoria de la Unión Europea. Y todo pasa por Turquía.

El pacto del Consejo en 2016 con Recept Tayyip Erdogan para deportar a su país a los migrantes y refugiados que llegaran a Grecia e Italia a cambio de 6.000 millones de euros, la externalización de facto a Turquía del control de los flujos migratorios hacia Europa, y la invasión turca del norte de Siria. Todo está relacionado y la Comisión Europea ha decidido convertir Grecia en el tablero de una partida de Risk, incluso si tiene que pisotear una vez más los derechos humanos.

A estas alturas de la película ya nadie puede dudar de que el sueño de Erdogan siempre fue el de hacer resurgir el imperio Otomano y eso requiere de unas dosis de expansionismo tal y como ha demostrado su papel activo y de agresión directa en la guerra de Siria.

Desde el anuncio del pacto migratorio con la UE (que hay que recordar no se puede definir como Acuerdo porque eso habría obligado a una ratificación parlamentaria en los Estados miembros), Erdogan ha hecho del chantaje a Bruselas su principal arma. Ayer mismo dijo que la UE tenía que "ayudar a Turquía en Siria si quiere una solución a la crisis migratoria". Es decir, que va a seguir poniendo en peligro la vida de miles de personas si no se le permite seguir anexionándose partes de Siria. Para ganar tiempo, el Consejo le ha ofrecido otros 170 millones de euros.

El papel de Erdogan en el conflicto sirio ha sido el de agitador desde el principio. Y hoy, tras la incursión en el Norte, no duda en apoyarse en grupos terroristas como Hayat Tahrir Al Sham (HTS) (de la que forma parte el Frente al-Nusra, filial de Al Qaeda en la zona, que comparte origen con el Daesh) para hacerse con el control definitivo de Idlib.

Erdogan ha sido el principal responsable de la ruptura de los acuerdos de paz de Sochi firmados en 2018, por los que los grupos terroristas se comprometían a cesar los ataques, a renunciar a su armamento pesado y a abandonar una franja de entre 15 y 20 km de todo el frente de la zona siria de distensión de Idlib.

El pasado viernes 33 soldados turcos murieron en enfrentamientos con las fuerzas sirias que están defendiendo su territorio ante las incursiones de Ankara. Erdogan se ha visto atrapado en su cruzada para hacerse ilegalmente con Idlib con el apoyo de los grupos terroristas y ahora utiliza a las personas refugiadas a las que la Unión Europea le ha pagado por custodiar sin importarle sus derechos, empujándolas hacia las fronteras para tratar de convencer a las fuerzas europeas de que se sumen a la ofensiva contra Siria.

Bruselas sí debe intervenir de una vez en el conflicto en Siria, pero con la paz como objetivo. La UE debe exigir a Turquía que se retire inmediatamente de Siria y cese su apoyo a los grupos terroristas que operan en Idlib. Cuanto antes se pacifique la región, antes podrán volver las personas refugiadas a su país de origen. Tenemos herramientas para ello, no olvidemos que Turquía sigue siendo un país candidato a la adhesión a la UE y como tal recibe importantes cantidades de fondos europeos.

Por otro lado, el chantaje turco no puede cubrir una realidad atroz: Grecia está violando las normas internacionales más básicas en materia de asilo y migraciones. La UE no puede avalar estas políticas, debe actuar con responsabilidad y condenar la conducta de Mitsotakis.

No puede aplaudir situaciones de desamparo contras las personas refugiadas. Europa debe asumir la responsabilidad que tiene con las personas refugiadas y migrantes, personas que se ven sumidas en situaciones de vulnerabilidad, de terror y de muerte, en muchos casos, por la desvergüenza de la aplicación de políticas criminales.

La UE no puede seguir permitiendo el uso de quienes huyen de las atrocidades de la guerra como moneda de cambio político para colmar los caprichos de Erdogan. Los Estados miembros, la Comisión Europea, deben tomar una decisión ya y empezar a actuar como la Europa de los pueblos que en un remoto tiempo prometieron ser. Debe, en última instancia, tomar las medidas necesarias para garantizar un sistema de asilo común, justo y efectivo con la creación de vías seguras y legales que protejan a quienes huyen del horror.

Nos lo jugamos todo y como estamos viendo en Grecia el fascismo no da tregua. Hacer políticas a la medida de la extrema derecha acabará aupando a esas formaciones a los gobiernos de la UE.