Otras miradas

Ahora que estamos todas, ahora que sí nos ven

Ana Villaverde

Portavoz de igualdad en el Grupo Parlamentario de Adelante Andalucía

Vista de la manifestación del 8M en Sevilla. EFE/Julio Muñoz
Vista de la manifestación del 8M en Sevilla. EFE/Julio Muñoz

A veces una consigna de un movimiento social que no tiene autora conocida, que es fruto de la imaginación colectiva, logra lo que una estrofa de una canción o una viñeta; y es capaz de sintetizar en muy pocas palabras un planteamiento político de gran calado que atraviesa los debates centrales que se dan en todo un movimiento social y político. "Ahora que estamos todas, ahora que si nos ven..." es el inicio de una consigna feminista que se grita al unísono en las manifestaciones del 8 de marzo desde Andalucía hasta Chile o Argentina y resume en tan solo dos frases la evolución acelerada del movimiento feminista durante los últimos años.

"Ahora que estamos todas" porque necesitamos un movimiento feminista integrador que atienda las múltiples opresiones que nos atraviesan a las mujeres, que no se olvide de ninguna y menos debido precisamente a su condición de sufrir una doble o triple discriminación. En disputa con un feminismo liberal que entiende la liberación de las mujeres como el acceso a la igualdad formal o lo que es lo mismo, a la igualdad ante la ley que posibilita la condición política de ciudadanas que solo puede otorgar el Estado, el movimiento feminista autónomo y más joven ha vuelto a recuperar de forma masiva en estos últimos años la tradición de un feminismo que se reivindica diverso, que habla de la coexistencia de varios feminismos porque entiende que el patriarcado no nos afecta por igual a todas las mujeres y lo hace de forma distinta en función de la clase social, el lugar de origen, la etnia, la cultura, la condición sexual y/o genérica o las diferentes capacidades de cada una. Abrir la puerta a la integración de todas las mujeres en el movimiento feminista no tiene nada que ver con incluir una mención a las mujeres migrantes, gitanas o con diversidad funcional como si fuera una lista de apellidos en declaraciones institucionales o manifiestos que son escritos y leídos por mujeres blancas, autóctonas y de clase media que siempre hablan en su nombre. Un feminismo realmente integrador requiere que todas las mujeres, desde su realidad concreta y con voz propia, devengan en sujeto político y encuentren su espacio en un movimiento que sigue siendo ajeno a la realidad de muchas, aunque en los últimos años se hayan producido avances muy positivos en este sentido.

La resistencia a la diversidad no es casual porque el reconocimiento implica conflicto. Reconocer a todas las mujeres en todas sus realidades y especialmente a las mujeres más golpeadas por la precariedad, implica necesariamente sumarse a la reivindicación de colectivos como las kellys que señalan las consecuencias de las reformas laborales en sus vidas cotidianas y demandan su derogación; implica posicionarse del lado de la recuperación para el sector público de todos los servicios que han sido externalizados, cuyo personal lo componen mayoritariamente mujeres en situación de extrema precariedad, tal y como reivindican las trabajadoras del servicio de ayuda a domicilio; implica oponerse claramente y sin titubeos a la política migratoria y señalar cómo las devoluciones en caliente afectan también a mujeres a las que se les niega la posibilidad de solicitar el asilo cuando vienen huyendo también, en muchos casos, de la violencia machista; implica denunciar que en lugar de promover la educación sexual y afectiva entre las mujeres con diversidad funcional, a día de hoy se siguen practicando esterilizaciones forzosas contra su voluntad; implica reconocer que lo que nos otorga la condición de mujeres no es nuestro sexo al nacer, sino la experiencia social concreta de ser leídas como mujeres en un sistema patriarcal que cosifica nuestros cuerpos y que empuja a la exclusión a las mujeres trans que se atreven a cuestionar los estrechos márgenes que vinculan sexo y género y supone, también, no negar la voz a las trabajadoras sexuales por temor a que denuncien públicamente que quienes otorgan licencias para la apertura de prostíbulos o aprueban políticas que arrojan a miles de mujeres a la pobreza y la exclusión dejándolas sin alternativa, son los mismos que las quieren silenciadas y lejos del movimiento.

"Ahora que si nos ven", dice también un movimiento feminista que recuperando la huelga como herramienta política y extendiéndola al trabajo de cuidados, ha puesto el foco en la necesidad de hacer visible y reconocer el trabajo imprescindible que realizamos las mujeres en la sombra. Y al mismo tiempo, ha sido capaz de relacionar la invisibilización de nuestro trabajo con las violencias machistas. En un mundo en el que todo se mide en términos de rendimiento económico, el hecho de que el trabajo de cuidados que socialmente se asigna a las mujeres no se valorice ni se reconozca, no sólo en el hogar, sino también en el mercado laboral, sumado a la cosificación permanente de nuestros cuerpos, guarda una relación directa con que nuestras vidas no tengan el mismo valor.

Es innegable que en estos años de removilización feminista se han producido importantes avances, pero también lo es que ahora enfrentamos el reto de mantener el pulso y no retroceder. El movimiento feminista se enfrenta a dos tendencias que operan en direcciones distintas pero que al final podrían llevar a un mismo punto: las renuncias en el discurso y en las reivindicaciones. En primer lugar, las expectativas generadas en torno al "gobierno progresista" y en concreto la posición de Irene Montero y Unidas Podemos al frente del Ministerio de Igualdad, conllevan el riesgo de obviar los obstáculos que pueden impedir que los avances legislativos que se produzcan lleguen de forma realmente efectiva a todas las mujeres, especialmente a las más precarizadas. En este sentido, la Ley de Libertades Sexuales o la anunciada ratificación del Convenio 190 de la OIT en relación al acoso laboral son avances positivos a celebrar. Pero no llegarán a todas las mujeres si no van acompañadas de medidas para combatir la violencia institucional en el ámbito judicial o si no se generan las condiciones para que las mujeres sientan la confianza necesaria para denunciar el acoso en el entorno laboral, lo que implica necesariamente reforzar la seguridad en el empleo mediante un nuevo marco de relaciones laborales que vaya en dirección opuesta a las dos últimas reformas laborales. En segundo lugar, hay otra tendencia que surge como reacción a la extrema derecha y que empuja al movimiento feminista hacia una posición a la defensiva, restándole capacidad de iniciativa. En la medida en que el movimiento se centre en responder a ocurrencias aberrantes como el pin parental, en pro de una supuesta unidad de acción frente a la extrema derecha, el feminismo más conservador y excluyente que se sustenta en un falso consenso irá ganando terreno y volveremos a dejarnos a muchas compañeras en el camino que no se reconocerán en las demandas del movimiento. En nuestra mano está seguir avanzando para que entre todas, algún día, hagamos realidad la profecía que completa la consigna: "ahora que estamos todas, ahora que sí nos ven: arriba el feminismo, que va a vencer y abajo el patriarcado, que va a caer".