Otras miradas

Se acabó la rabia

Rafael Jaén

Periodista y empresario

Dos trabajadoras de Inditex en la sede central de la empresa, que ha puesto en marcha esta semana el teletrabajo en algunos departamentos por el coronavirus. EFE/Cabalar
Dos trabajadoras de Inditex en la sede central de la empresa, que ha puesto en marcha esta semana el teletrabajo en algunos departamentos por el coronavirus. EFE/Cabalar

Soy un trabajador empresario. En nuestra empresa trabajamos unas cincuenta personas que desde hace dos semanas vivimos con angustia, al igual que el resto de nuestros conciudadanos, las noticias sobre el coronavirus. Pero el motivo de nuestro agobio, de mi preocupación, no es tanto la amenaza sanitaria que representa el virus, que existe y es digna de toda la atención médica que sea posible, como de la epidemia económica que se nos viene encima.

Nos encontramos en un escenario económico de enorme riesgo que parece no estar recibiendo la atención que se merece de los poderes y de la propia ciudadanía. La pequeña y mediana empresa está recibiendo las primeras y severas acometidas de lo que puede convertirse en una gran recesión si no tomamos una perspectiva adecuada desde ya. En nuestro sector, dedicado a los eventos y la comunicación, los clientes han entrado en un colapso total. Todo son cancelaciones o aplazamientos por miedo a que las convocatorias colectivas se conviertan en un foco de infecciones y, sobre todo, de denuncias por falta de diligencia a la hora de prevenir los contagios.

Ese mismo miedo está llevando a miles de empresarios a enviar a sus trabajadores a casa de forma preventiva. En la inmensa mayoría de los casos no se trata de profesionales enfermos, simplemente es el miedo el que los va a encerrar en sus casas durante semanas "teletrabajando" en un país que carece de una cultura, experiencia y hábitos para este tipo de sistema productivo.

Estamos ante un panorama que, en el mejor de los casos, va a durar unas semanas y que va a suponer, con toda seguridad, una reducción drástica de los volúmenes de negocio de miles de pequeñas empresas, el tejido que sostiene al 65% de los trabajadores en nuestro país. No cabe duda de que la demanda de servicios y productos se va a desinflar en un rango enorme de actividades si la población se encierra en sus casas con miedo.

¿Cuánto va a durar esto? Nadie lo sabe. Hemos entrado en un terreno desconocido para epidemiólogos y economistas. En un mundo absolutamente globalizado el tránsito del virus COVID-19 y del virus del miedo no acepta predicciones creíbles.

Así que, ¿Qué ocurrirá si la crisis sanitaria dura meses? ¿Existe alguna empresa, ya sea grande o pequeña, capaz de soportar sus estructuras durante meses de hundimiento de la facturación y con millones de trabajadores en sus casas? Y si llegado el momento, hay que reactivar como sea la actividad de la oferta y demanda de servicios ¿Quién va a ser capaz de pedirle a sus trabajadores que vuelvan al tajo con un escenario todavía más apocalíptico de decenas de miles o incluso millones de infectados? ¿Cuánto tiempo soportará nuestro sistema productivo este panorama sin que genere daños irreversibles para el empleo?

A estas alturas entiendo muchas cosas. Entiendo que hay que preservar al sistema sanitario del colapso ante una avalancha de decenas o centenares de miles de afectados. Entiendo que hay que tranquilizar a los padres que tenemos hijos escolarizados. Entiendo que nadie quiere asumir el riesgo de que un trabajador o un colaborador se infecte por una decisión difícil.

Pero, sinceramente, no acabo de entender que una gripe, que eso es lo que provoca el COVID-19 según la mayoría de los virólogos, que se trata en un altísimo porcentaje de casos con una baja domiciliaria y paracetamol, pueda conducirnos como sociedad a una nueva crisis económica igual o peor que la de 2008. Ya se venía anunciando desde hace dos años una nueva recesión, pero nadie quería enfrentarse de nuevo a un escenario de decrecimiento pues la experiencia de la última década ha dejado dolorosas cicatrices entre los empresarios y los trabajadores. Incluso, durante meses ha dado la impresión de que todos estábamos resueltos a evitar una nueva crisis invirtiendo, creando nuevos productos, abriendo mercados, contratando gente, trabajando duro… Pero, al final, la crisis tenía que llegar, claro. Incluso de una forma mucho más dramática y viral que si se tratara solamente de un problema monetario o de confianza de los mercados ¿Tal vez por ello, el petróleo se ha devaluado un 30%? ¿Quién se hará rico esta vez con la recesión del coronavirus?

Como empresario trabajador no quiero ayudas paternalistas por parte del Estado. Si vienen, serán bien recibidas pero lo que realmente pido es sensatez. Si paralizamos el sistema productivo por miedo al colapso del sistema de salud, el coste de esta crisis sanitaria será altísimo y duradero en términos económicos, de empleo y, finalmente de recesión y recortes en las prestaciones sociales y sanitarias como ocurrió en 2010.  Como ciudadano le exijo a los poderes públicos que gasten lo que haya que gastar en el refuerzo de medios y recursos en el sistema sanitario para atender a los enfermos y evitar un solo fallecimiento más. Pero también exijo sangre fría, responsabilidad y entereza. La misma que muestran miles de trabajadores que no se quedan en su casa cada día y que salen a proveernos de alimentos, atención médica o seguridad, por ejemplo. Sin duda, en un entorno de presión mediática y de cruzados intereses económicos, la decisión más fácil es paralizar a la sociedad siguiendo el principio incontestable de "muerto el perro, se acabó la rabia". Pero esta vez el perro somos todos nosotros y me pregunto cuál va a ser el precio que pagaremos por decir esta vez "se acabó la rabia".