Otras miradas

El abolovirus

Mabel Lozano

Directora de cine social

Este domingo, muchas de las luces de neón que anuncian los burdeles a lo largo y ancho de toda la geografía española aparecerán apagadas. Esto no es otra cosa que la consecuencia de lo que ha venido sucediendo esta pasada semana. Solo había que darse una vuelta por los diferentes puticlubs de carretera para darse cuenta de que los aparcamientos estaban vacíos y el exterior de los burdeles, triste, solitario, sin movimiento alguno.

Esto nos podría llevar a pensar en el civismo y la responsabilidad, tanto de los consumidores de sexo de pago como de los empresarios proxenetas de cara a la prevención frente al coronavirus.

¡Nada más lejos de la realidad! A los proxenetas, acostumbrados a obligar a sus mujeres a tener "relaciones" sin condón y a que les visiten con mucha frecuencia el VIH-Sida, el herpes genital, el virus del papiloma humano, la gonorrea y otros cuantos bichitos más, el que llegue ahora la amenaza de un virus que dicen que es el primo "matón" de la gripe o el constipado no les preocupa. Este civismo se lo pasan por el arco de triunfo, como hacen a diario con los derechos humanos de las inquilinas de sus locales.

Ahora no les queda otra opción que cerrar porque sus burdeles están vacíos y sus cajas registradoras hacen eco, a pesar de que su mercancía "supuestamente" está intacta y la siguen exhibiendo cada día. Es más, esta semana, a diferencia de algunos pequeños establecimientos que subían el precio de sus productos alimenticios, me cuentan que en los puticlubs había ofertas de dos mujeres por el precio de una. También se invitaba a copas a los pocos parroquianos que asomaban por los locales. En realidad, los proxenetas siempre han mimado mucho a su "clientela", pero esta semana han echado el resto y ni con estas han conseguido atraer a los prostituyentes.

En realidad, estos hombres no estaban dejando de visitar los putis alarmados por este nuevo virus con corona, por este nuevo aliado del abolicionismo. Al contrario, los consumidores de este tipo de servicios -que por la noche son por lo general trabajadores, "curritos", con sueldos más bien bajos y familia que atender, y a primera hora de la tarde (para llegar a casa pronto, sin dar explicación alguna) son oficinistas, empleados de banca, pequeños empresarios…- estaban más preocupados en acaparar el papel higiénico de las estanterías de las grandes superficies y cientos de víveres, con la consiguiente inversión económica que esto supone, por tanto no hay dinero para todo y en este caso es mejor dejar los vicios y los instintos más bajos aparcados por un rato, para tener la despensa y el retrete bien avituallados, no sea que cierren con tres candados la comunidad donde viven sin previo aviso.

Estos días los burdeles se quedarán vacíos de compradores de sexo, pero, ¿qué pasa con las inquilinas de estos lugares? Muchas de estas mujeres no tienen familia en España, amigos que les tiendan la mano o una vivienda donde ir a pasar su cuarentena como nos aconsejan. ¡Quédate en casa! ¿En qué casa?, se preguntarán estas pobres mujeres… Su casa, es la cárcel-burdel donde sobreviven y de la que no pueden salir, tampoco ahora.

Me imagino que los locales aprovecharán estas circunstancias para dar las vacaciones a buena parte de su plantilla, porque esto de las vacaciones pagadas no va con el espíritu de las mafias. Los locales se quedarán con los empleados mínimos para controlar a las mujeres que se quedan, entre estos me imagino que el portero del lugar, no sea que a alguien le dé por entrar a investigar o a consumir gratis carne o alcohol.

¿Pero qué pasa si una mujer contrae el virus? ¿Quién la cuidará? ¿Llamarán al 112? Yo estoy convencida de que no llamarán para que acuda nadie al club, para que nadie entre en la cueva y vea a las otras mujeres o le dé por hacer preguntas. Seguirán con el protocolo que utilizan normalmente y, en caso de una emergencia, acudirán a las urgencias de un hospital con la mujer. A la enferma en este caso se le aleccionará para que no diga dónde se ha contagiado, ya que esto supondría la cuarentena de la "puticárcel" y no poder abrir en los próximos quince días, por lo menos. Esta publicidad además es mala para el negocio, y esto los avaros proxenetas no se lo pueden permitir.

Espero y deseo que al menos no les cobren la diaria o la plaza a las mujeres mientras permanecen cerrados los locales, ni un precio abusivo por la comida. Es más, espero que no les cobren la comida por el miedo de que, en caso de enfermar, cuenten después como siguen haciendo negocio con ellas, incluso en caso de una emergencia mundial.