Otras miradas

La audacia vence a la pandemia

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

Un trabajador de mantenimiento utiliza una mascarilla protectora en Palma de Mallorca. EFE/ Cati Cladera
Un trabajador de mantenimiento utiliza una mascarilla protectora en Palma de Mallorca. EFE/ Cati Cladera

Las epidemias dañan sobre todo a los pobres, a los malnutridos y a los enfermos crónicos. Sin embargo, la pandemia pertenece al pueblo y a sus gobernantes, no discrimina y aterroriza a todos por igual. He aquí el milagro. No obstante, las clases altas tienen la posibilidad de refugiarse en Marbella y consultar a sus médicos personales, con lo que es más fácil sobrevivir. Esta crisis no remedia los abusos sobre los trabajadores, sino todo lo contrario.

Las desgracias sanitarias se alían con las calamidades políticas, y todo apunta a una sublimación de la raza y la nación. Es un buen momento para coagular las fronteras y manifestar con total libertad el miedo y la soberbia a partes iguales. Si visto en perspectiva, los nacionalistas del siglo XIX resultan un tanto ridículos, que decir de un tiempo como este, donde los ciudadanos somos clones en usos y costumbres.

Todo sigue igual, solo que peor, por eso carroñeros como Bridgewaters, Blackrock, o Marshall Wace se aprovechan de la incertidumbre y zozobra del mercado patrio, tal y como hicieron con la crisis del 2010 los buitres Cerberus y Blackstone. España no estaba en venta, decía la derecha. Tal vez se referían a la bandera.

La realidad es que los necesitados son los que sostienen el país. De la cuarentena no se salvan las cajeras, las reponedoras, los repartidores a los que llaman riders, las enfermeras, las auxiliares de geriatría, ni por supuesto las peluqueras.

Estas trabajadoras anónimas no tendrán una escultura. Les mueve la necesidad y carecen de voluntad política. Sin embargo, la solidaridad es instintiva, por eso las cajeras marcan los precios, las auxiliares limpian los pañales de los ancianos infectados, y los sherpas pedalean por las ciudades del apocalipsis mientras llevan la compra.

La disciplina de las sociedades está bajo un escrutinio universal. Se trata de un ejercicio sobrecogedor de obediencia a la autoridad, frente a quiénes no dudarían en celebrar la pandemia en la barra del bar. En todas las tradiciones culturales, la cuarentena es un periodo de reflexión tras una calamidad, un viaje a través de la sequedad del desierto. Por eso, purificar todas las excrecencias precisan de multitud de rollos de papel higiénico. Así, el conjunto expulsa multitud de escorias, para fundirlas luego en el crisol del orden establecido, y eso requiere de frecuentes deposiciones.

Es necesario el blanco papel, porque en la cuarentena se desprende el detritus acumulado durante toda una vida. Antes, las servilletas de la barra del bar cumplían la función del papel higiénico. Era la boca la que se enjugaba y se limpiaba, pero ahora son las vísceras las que se retuercen ante la inminencia del fin, lo que genera diarreas incómodas.

¿Cómo es posible que un virus paralice la economía, la vida pública? El poder de las infecciones es muy grande, pero llegará la depresión total si el gobierno no muestra audacia; es posible regenerar la economía a gran velocidad. El documental Espíritu del 45, (Ken Loach), muestra el esfuerzo entusiasta de una nación después de una guerra. De un modo sorprendente, Churchill perdió las elecciones, porque los ingleses se dieron cuenta de que era el tiempo de los trabajadores, que son la verdadera fuerza del país. Clement Attlee venció, y su gobierno sentó las bases de un gran estado del bienestar.

No hallaremos hoy los mismos desastres de aquel tiempo, pero desde el 2010 asistimos a una guerra sin tiros, cuyo resultado es un paro masivo, sueldos miserables y un claro aumento de la desigualdad. La única alternativa es que el estado estimule la economía, porque el libre mercado no lo va a hacer, y un virus cierra las fronteras entre los antiguos aliados.

Lo que se avecina puede ser más duro que estas dos semanas de confinamiento, pero tiene solución. Si Corea del Sur zanjó la epidemia en unos días, y Alemania tan solo contabiliza (hoy) apenas 7 fallecidos entre más de 3.000 infectados, ¿por qué no podemos salir de esto más pronto que tarde? La clave está en la reacción. Necesitamos rapaces, no palomas.