Otras miradas

Esta primavera se llevará la biopolítica

David Vila

Profesor de Filosofia del Derecho en la Univ. de Zaragoza

Si se trata de cuidar la vida, es hora de comprender que, por su propia naturaleza, nadie puede quedar fuera.

A finales de los años 70, Michel Foucault puso en circulación la noción de biopolítica. Uno de los conceptos que más han influenciado en la filosofía política contemporánea que la pandemia ha recuperado. Todo ello a condición de que advirtamos que el quid del concepto hoy no es que a la política le importe la vida y la muerte (qué otra cosa le iba a importar), sino que su objeto principal es producir unas determinadas condiciones de vida; algo que no se puede hacer desde fuera del objeto-vida, sino dentro de su funcionamiento y de manera activa.

Enfoque político es un plan sobre cómo producir esa vida, con sus correspondientes cálculos. El del neoliberalismo es que el mejor medio es producir libertad individual a partir de la generación de un entorno institucional y normativo de mercado. El welfarista, que las distintas incertidumbres de la vida pueden enfrentarse con un conjunto de dispositivos sociales de previsión, cuyo funcionamiento último se irá adaptando en tiempo real conforme al juego de fuerzas sociales. El basado en la austeridad es una biopolítica letárgica, que añade un dispositivo de seguridad destinado a reducir la excedencia que podría desbordar esa situación, produciendo formas "incontroladas" de vida.

Ante el COVID-19 estas racionalidades se han puesto en juego de distinta manera. Interesa sobre todo la contraposición de los modelos chino y británico, al menos en sus formas ideales. El primero recuerda a los enfoques modernos, en los que la población se considera una masa viva indiferenciada en lo básico cuyo sostenimiento equivale al de las fuerzas del Estado. De ahí se siguen las enormes restricciones a la vida, eficaces para la protección de la población, pero con un impacto económico enorme a corto plazo. El modelo británico, neoliberal, diferencia la vida en virtud cómo contribuye al funcionamiento de su dispositivo de seguridad por excelencia: el fluido funcionamiento del mercado, epítome de toda la economía. Podría parecer que este es un planteamiento nada biopolítico o contrario a la vida, pero lo singular de los enfoques neoliberales no es olvidar la vida, sino integrar sus dinámicas en los mismos cálculos en que incluye otros fenómenos, como los económicos o los sociales, y mirarlo todo dentro de una misma racionalidad de mercado.

Por su parte, los enfoques sureuropeos a la crisis han oscilado entre ambos modelos. En inicio han pretendido presentarse próximos al modelo chino, nutridos además por la experiencia acumulada y el plus de libertades públicas que componen nuestra idea de la vida como algo más que la vida socializada. Sin embargo, pronto se hizo evidente que lo singular de nuestra gobernabilidad desde hace una década no es ni la sacralización de una economía liberal ni el autorretrato welfarista que nos hicimos hace cuarenta años, sino la austeridad.

Inicialmente el cálculo español se ha basado en las siguientes premisas: 1) minimizar, a la china, la cantidad de muertes; 2) en el dilema entre reducir la calidad de a la vida cotidiana y sostener el funcionamiento de la economía, alcanzar un cierto equilibrio y 3) apostar, al menos inicialmente, por un régimen de privatización de las consecuencias, esto es, que cada palo aguante su vela. Se trataba de un enfoque austero porque, a diferencia de los neoliberales, bloqueaban cualquier despliegue de fuerzas, llámense inversiones, desde el Estado.

Todo ello viró cuando el martes 17 de marzo el Gobierno de España anunció un programa de inversión pública de 117.000 millones y el BCE un programa de compra de deuda pública de 750.000 millones al día siguiente. Francia e Italia ya habían cambiado el paso durante el fin de semana anterior, en lo que supone un giro, parece que homogéneo, pero aun escasamente coordinado, para dar la espalda a la austeridad. Este enfoque ha abierto un oasis de welfarismo y de neoliberalismo (he aquí la disputa) en un desierto que sigue siendo de austeridad. El apoyo se centra ahora en los tres pilares de empresas de cierta entidad, trabajadores formales y autónomos, así como los sujetos de protección social derivados de aquellos, sin interrumpir la inercia austera respecto al resto: personas sin vivienda en propiedad, trabajadores informales, sin papeles y todo tipo de economías que van de mes a mes y que carecen de apoyos familiares. En el horizonte inmediato se perfilan al menos dos batallas: en la que se pugnará por extender las protecciones y en la que se pugnará por dar este paso más allá de la austeridad a escala europea.

En esta circunstancia la economía aparece con toda su crudeza, como un conjunto de decisiones políticas sobre la vida. La única importante ahora es la que convoca a todo el cuerpo social a parar la pandemia. Si toda persona puede ser un agente de contagio o un agente de resistencia, toda persona debe convocarse en condiciones de igualdad al nuevo pacto social que deje atrás la austeridad, masiva o a la carta, como un error que nos hizo más débiles y apueste por la vida sin distinciones, porque sin distinciones fluye ésta.