Otras miradas

Nosotros también queremos llegar a viejos

Diana López Varela

Periodista y guionista

Una pareja de ancianos pasa ante el Hospital de La Paz, en Madrid. EFE/Mariscal
Una pareja de ancianos pasa ante el Hospital de La Paz, en Madrid. EFE/Mariscal

Los días pasan y desde mi ventana soleada observo a los niños de los vecinos que siguen confinados en sus pisos de 70 metros mientras la primavera explota en las calles, en las plazas, y en los patios de recreo ahora vacíos. A veces ríen. A veces lloran. Siempre salen a aplaudir a la sanidad pública. La escena se repite en todas las ventanas España, de medio mundo. Los gobiernos piden a los jóvenes que se queden en sus casas para salvar la vida de los mayores, una especie de chantaje emocional que pone en los hombros de la generación más endeble de las últimas décadas la responsabilidad de parar una pandemia que tiene más que ver con la invasión de los humanos, que con no lavarse bien las manos. Los políticos nunca hablan para ellos. Parece que los niños y los adolescentes, los jóvenes, no existen más que para escuchar el sermón de turno. Nadie le da sentido al gigantesco esfuerzo personal que están haciendo las personas menores de edad. Como si no tuviesen entidad en si mismas. Desde el adultocentrismo se hacen cálculos y se dejan al margen las vidas agujereadas de aquellos que han dejado de ir al colegio, al instituto, a la universidad. De los que han perdido sus proyectos académicos, sus relaciones sociales. Amorosas.

Pero la realidad es que a día de hoy el problema más importante que tienen los jóvenes (y, por ende, el futuro de la humanidad) no es esta pandemia. Siguiendo el lenguaje bélico de estos días, la contienda más grande a la que jamás se ha enfrentado antes la civilización es el cambio climático y sus desastrosas consecuencias sobre la diversidad y la vida de las especies, incluida la nuestra. La alta velocidad de extinción de las especies es un fenómeno nuevo, y se estima que para el año 2100 la cantidad de especies extintas podría alcanzar a la mitad de todas las que existen actualmente. ¿El motivo? La actividad humana derivada del capitalismo más voraz que está dejando sin futuro y sin esperanza a esas cabecitas que ahora veo saltar en el salón del piso de enfrente. La sobreexplotación del ambiente, la contaminación y el calentamiento global, la destrucción del hábitat para actividades humanas como las agrícolas o forestales y la introducción de nuevos predadores como especies invasoras está acabando con la viabilidad de la vida en la Tierra.

Desde hace décadas, los adultos, especialmente los que dirigen grandes corporaciones y gobiernos suicidas, saben que el cambio climático niega el futuro a las nuevas generaciones. Que nos impedirá llegar a viejos o ver crecer a nuestros hijos en condiciones que no sean espantosas, como ya lo está siendo en muchos lugares del mundo en donde la sequía y la escasez hídrica matan mucho más que el coronavirus. Los científicos a los que ahora los gobernantes escuchan atentamente lanzan predicciones de lo más agoreras pero ningún país, hasta el momento, ha cumplido sus promesas de reducción de emisiones para evitar un desastre total que se producirá antes de 2050 si las naciones firmantes del Acuerdo de París no consiguen limitar la temperatura en menos de 2º grados. Estados Unidos con Trump a la cabeza, uno de los países más contaminantes del mundo, salió del acuerdo en 2017.

Sabemos que la descarbonización es el principal objetivo que las empresas deben cumplir para limitar el impacto del calentamiento global. En lugar de eso, nos encontramos con que el Banco Santander (muy blanqueado estos días por su pequeña aportación económica a la crisis del coronavirus) ha aumentado un 75% sus inversiones en combustibles fósiles financiando con casi 9000 millones de euros proyectos de energía sucia en solo un año, 23.000 desde el 2015. Le sigue el BBVA, con 16.000 millones de euros en los últimos cuatro años. Ambos bancos, los más grandes de España y de los más grandes del mundo, se pasan por el forro el acuerdo climático que salvaría la vida de los niños que hoy se sacrifican por los mayores, mientras anuncian, a bombo y platillo, medidas verdes con la excelsa colaboración de medios de comunicación y comunicadores que retratan a Ana Patricia Botín como Féliz Rodríguez de la Fuente en Groenladia. La industria textil que también anda estos días de salvadora del mundo no se queda atrás. Las prendas baratas y la "moda rápida" es la segunda industria más contaminante del planeta, emitiendo 1700 millones de toneladas de dióxido de carbono al año y siendo responsable del 20% de los tóxicos que se vierten al agua.

Una de las zonas más amenazadas es la Antártida. En un documental de la BBC que tuve la oportunidad de ver durante este confinamiento (en Movistar) se señalaba que la población de albatros se había reducido en un 50% en los últimos años. El cambio climático ya está provocando fuertes tormentas que directamente arrancan a los polluelos de sus nidos, haciéndolos irreconocibles para sus progenitores que los dejan morir de hambre si no son capaces de volver por si mismos. Los pingüinos tampoco lo están pasando mejor. La subida de la temperatura hace que enormes trozos de hielo de los icebergs se desprendan impidiendo que naden para buscar comida o aplastándolos directamente en su travesía hacia una zona de alimento. La caza masiva de ballenas hasta el año 1986 llegó a reducir su población a 35 ejemplares. Pero la situación crítica de la Antártida hace que su desequilibrio afecte a todo el planeta y también a los seres humanos que lo habitamos.

El cambio climático matará a 250.000 personas al año por las altas temperaturas, la diarrea, la malaria y la desnutrición infantil según la OMS cuyas recomendaciones escuchamos estas semanas como el maná caído del cielo. Solo la contaminación del aire causa 10.000 muertes al año en España, y siete millones en todo el mundo. Mientras Díaz Ayuso añoraba la polución de Madrid, nos decían que reducir las emisiones de un día para otro era imposible. El sistema se caería  Y ahora vemos que sí era posible, tan solo hacían falta los muertos a montones encima de la mesa.

Muchos vivimos desde hace años con lo que se ha denominado ya como "ansiedad climática" no sin cierto cachondeo por parte de algunos mayores que ven en figuras como la activista Greta Thunberg un motivo de risa cuando no de una tremenda irresponsabilidad paterna. Cuántas veces habremos escuchado o leído "¿pero esa cría no tiene que ir a la escuela?" mientras ella, y otras muchas activistas, derramaban sus lágrimas en las puertas de los colegios a los que se niegan a entrar, y en todos los foros posibles, ante señores bien trajeados que han construido lujosos búnkeres para seguir viviendo al margen del destrozo planetario. Ahora son nuestros niños los que están sin colegio y con la vida parada, por un virus que no los matará pero empobrecerá enormemente sus vidas si no lo impedimos.

No todo es malo en esta situación en la que nos encontramos. La crisis del coronavirus está haciendo que muchos se den cuenta de la fragilidad humana, no solo como individuos, sino también como especie. De que nosotros también estamos expuestos, como los pingüinos y los albatros, a la extinción, con la salvedad de que somos nuestros propios predadores.

Estos días se habla mucho de la distopía que estamos viviendo, como si el mundo acabase de despertar de un maravilloso sueño Disney. Pero la distopía lleva años instalada en nuestras vidas. Los trabajadores jóvenes, que nos incorporamos a la vida laboral después del crac financiero de 2008, solo conocemos la precariedad y la desilusión. Ahora nos dirán otra vez, y les dirán a los nuevos, que tenemos que esforzarnos un poco más, mientras los bancos vuelven a parasitar la deuda pública sin devolvernos la suya cuya factura asciende a 60.000 millones de euros en España, y las multinacionales se esconderán todavía más en paraísos fiscales en la que nuestro emérito esconde sus ahorrillos, evadiendo cualquier responsabilidad tributaria con sus ciudadanos, tratados, cada vez más, por súbditos. Las grandes corporaciones y los fondos de inversión intentarán hacer lo que hacen siempre con las grandes tragedias: aprovechar para privatizarlo todo un poco más, hasta los recursos naturales como el agua, dispuestos a morir matando.

Por eso, cuando despertemos de esta mal llamada distopía habrá que repensar el mundo, no para refundar el capitalismo como dijo Sarkozy después del crac del 2008, sino para extinguirlo como el virus que es. Las generaciones jóvenes necesitamos a nuestros mayores para protagonizar una revolución climática y de clases sin precedentes en la historia.  Y necesitamos exigirles a nuestros líderes, los líderes de las democracias europeas, que den un paso al frente si de verdad quieren preservar la vida.

A todos ellos: haremos los sacrificios que hagan falta para salvarlos, pero cuando esto acabe, prométannos que nosotros también podremos llegar a viejos.